Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Basta de gritos

Hay una serie de anuncios en los que se insta a grito limpio a clientes que intentan hacer pagos en efectivo, a que utilicen la tarjeta EURO 6000. Son insoportables. Estoy harta de los gritos.

A gritos nos venden las ofertas, las emociones deportivas, los contenidos de cotilleo, las actuaciones de cantantes e imitadores de cantantes. A gritos, los concursos (el de Jordi Hurtado, no); a gritos, reporteros en mitad de la nieve o informando de casi cualquier cosa, con ese cantar insoportable al que no escapa nadie del gremio.

A gritos pedimos por enésima vez lo que sea, a gritos pedimos respeto y menos soberbia a nuestros adolescentes, a gritos decimos "a mí no me levantes la voz".

A gritos se impone la sinrazón en muchos despachos, a gritos se celebra un premio y un guiño del chico o la chica que te gusta cuando acabas de asomarte a la vida. A gritos se saludan los hombres antes de darse un sonoro palmeo en la espalda.

A gritos se achanta a quien se ha liado en una rotonda, a gritos se intimida a quien piensa distinto y te hace dudar. A gritos se arrojan el dolor y el resentimiento; a gritos se zanjan los temas que no dan de sí.

Con cada grito se apaga la voz de otro, de otra. Y sí, ya sé que determinados contextos admiten el grito como forma de comunicación y no pasa nada. Pero para mí sí pasa porque el grito es violencia; es imposición de una idea, de un mandato o de una emoción. ¿Microviolencia? Pues depende. En algunos casos quizá esté más cerca de la mala educación, de la falta de autocontrol, del comportamiento en masa... que de la violencia. En otros, los gritos lastiman, dañan, enferman y matan.

De niña no soportaba los gritos porque los que he recibido han sido casi siempre para humillarme y someterme. Ahora -que a veces yo también grito- me irritan y me ponen muy nerviosa porque el grito tensiona y se reproduce como los piojos: cuanto más juntas están las cabezas, más.

Publicistas y creativos multimedia: boicotearé cada producto que intenten venderme a gritos. Ya he pasado por el cajero y a Dios pongo por testigo de que mi EURO 6000 y su Programa de Privilegios se van a perder las navidades.

lunes, 13 de noviembre de 2017

La peor. Sin paliativos.

Me dispongo a vomitar uno de mis dramas de baja intensidad; esos que tan buenos ratos os dan. Se me escapa qué sentido tiene este don natural que venía en mi equipamiento vital que hace que mientras yo expreso desazón y desamparo, os tronchéis visualizándome, y mi amiga Merche vaya un paso más allá y vea viñetas humorísticas con bocadillos que entrecomillan mis palabras. Debo tener una Mafalda talludita en mi interior.

Asumo que, por lo que sea, mis padecimientos cotidianos provocan despiporre y, oye, poner en cuestión la inteligencia colectiva está feo.

Hace unos meses escuché por mi primera vez la expresión "puntito en la boca". La dijo mi amiga Isabel acompañándose de un gestito muy mono simulando coserse un labio con otro. Entonces ya me quedé pensando cómo habría sido mi vida si las monjas en lugar de enseñarme a ejecutar una impecable vainica, me hubieran descubierto la herramienta personal (imprescindible para la vida, ahora lo sé) de darse un puntito en la boca antes de que sobrevengan la catástrofe y su banda sonora "Manolete, si no sabes torear a qué te metes".

Pero las monjas eran más de clases magistrales en torno a la vainica, el ganchillo y el punto de cruz y, sobre todo, de darle a todo este equipamiento para la buena esposa (o soltera bien) el nombre de "Pretecnología".

No os lo vais a creer, pero jamás puse en cuestión el nombre de la asignatura y solo ya siendo bien grande me fue revelado que la pretecnología era otra de las grandes estafas del currículo escolar que se gastaba mi colegio. Aprender a coser no fue el previo a que prendiera la llama del saber tecnológico en nuestras mentes inquietas. La costureta era tan pre tecnológica como aprender a dar el punto justo de horno a las castañas.

Las monjas han sembrado tanta inquietud en mi existencia que necesitaría crear un blog solo para titulares.

Pero lo que iba yo a compartir es aquel día en que, lejos de darme un puntito en la boca, levanté el dedito para preguntarle a mi jefe: "¿sería factible que yo estudiara euskera en horas de trabajo?" ¿Y a que no sabéis que me dijo? Pues me dijo que ¡adelante! y yo dije ¡yupi!

En octubre empecé a ir al euskaltegi. Contenta y agradecida como Lina Morgan saludando a su público después de la función. Ay, gente: cuidado con tus sueños que se te dan la vuelta y te potan. Estoy superada con los etxerako lanak y con la impotencia de tener tan escasos recursos para hacerme entender en la lengua de mis ancestros. Estoy como Sansón sin su melenita. Si no puedo comunicarme no soy nadie. Metafraseando a San Pablo: "si me falta el hiztegi, nada soy".

Pero no queda ahí. El euskaltegi está poniendo a prueba mi autoestima ya bastante vapuleada porque una tiene ya una edad. De toda mi clase, yo soy la peor. Sin paliativos. Una es periodista y se esfuerza por hacer afirmaciones desde el rigor. ¿Y sabéis que pasa? Pues que no estoy acostumbrada a ser la peor (tampoco la mejor) y es que no quiero ser la peor.

En este punto, saco la ficha de "Empoderarse en diez minutos. Tú también puedes hacerlo" y asumo el ejercicio de humildad al que me enfrenta la vida y cada martes vuelvo a levantar la cabeza. Los lunes voy "bururik gabeko txita bezala", kar, kar, kar... porque es el día de la semana en que me toca fracasar estrepitosamente ante mi clase intentando contar "con mis palabras" una noticia. Y es que "mis palabras", hoy por hoy, son en castellano y con ellas voy que vuelo.

La célebre Rachel Green de la serie Friends recuerda en un capítulo una frase recurrente de su padre: Los Green no nos rendimos!". Bueno, yo no sé si me viene de sangre o no, pero yo tampoco me rindo. Soy una inconsciente pero apechugo y agradezco esta oportunidad de morir a pokitos en el euskaltegi para acabar resurgiendo como el Ave Fénix con mi B1 aprobado. Resistiré :-)

miércoles, 25 de octubre de 2017

Cuando yo era mariposa

Y pensar que en otra vida yo era mariposa... Era chiquitina, de alitas azulinas con manchitas color ámbar. Y aleteaba entre las flores, saludando a las abejas... Vivía en los alrededores de Nanclares de la Oca. Nacía y moría cada día en los mismos montes, pero nunca lo supe hasta hoy que se lo he contado a mi hija mayor. Hay verdades que solo nos son reveladas ante un cuaderno con ejercicios de matemáticas de Secundaria sin hacer cuando ya el día no está para farolillos.

Pero es así: yo en otra vida fui mariposa y no tenía otro quehacer ni otro placer que el mero instante. Me sentía bella por defecto; la naturaleza no entiende de patrones porque lo bello es ser, estar y formar parte. Siendo mariposa me sentía importante sin hacer nada para ganármelo. Siendo mariposa la luz era suficiente y volar era... obligatorio.

jueves, 19 de octubre de 2017

Sueño, red de Cercanías y un informe inofensivo

Apenas he dormido cuatro horas esta noche. He madrugado para coger un tren y me he dicho "dormiré en el viaje". No ha podido ser. Dos hombres han decidido echar ese primer rato charlando. No les debía parecer demasiado temprano. No es que hablaran excesivamente alto, de hecho había varias personas dormidas. Pero cuando quieres discriminar un sonido, es imposible. Como cuando quieres quitarte de la cabeza una imagen... La negación se revuelve sin resultados y el objeto de nuestro rechazo se burla fijándose en nuestros sentidos con contundencia.

Como no he podido dormir me he puesto a trabajar: correo electrónico, las tareas del euskaltegi, lectura de dos documentos y un informe... Con todo mi empeño a favor y todo mi sueño en contra. Se acostumbra una a vivir cansada pero es muy mala vida.

Bajarme del tren y correr... Odiar la red de Cercanías como lo hago siempre. Salir a la calle y correr más... Mis pies... Deben odiarme: tan dañados y yo faltándoles al respeto de esta manera.

Llegar al fin, aunque muy tarde, y ser acogida con sonrisas, café con churros y un resumen de lo hablado para poder seguir la reunión. Buena gente.
Tras el trabajo en equipo, un picoteo y una cañita en buena compañía. Se hace tarde. ¡Me voy! De nuevo, la inseguridad apoderándose de mí ante el mapa de Cercanías. Nadie sabe nada en esta ciudad. Al menos, nada de la red de Cercanías.

Me subo con fe ciega en intuiciones que me fallan casi siempre cuando trato de orientarme. ¿Mi brújula necesita quizá una pila? Así, tal cual, no me ilustra nada.

Me apeo una parada antes. ¡No voy sobrada de tiempo! Sapos y culebras de nuevo para la red de Cercanías. Sé que la culpa es mía por haberme despistado, pero ella ni siente ni padece y debe estar acostumbrada y yo tengo mucho sueño.

Espero al siguiente pero no llega, no llega... Y voy a perder mi tren. Pregunto a un uniformado que ¡sí sabe!: "En cinco minutos". Quedan doce para que salga mi Alvia. Si cuando al fin llegue no acierto pronto con el andén, lo perderé.
Oigo que lo anuncian y en nada lo veo venir. Me subo y me escucho decir "venga, venga, venga...". En pocos minutos estoy. Bajo y echo a correr. ¡Mis pies! ¡Qué dolor! ¡No puedo! Sigo corriendo, cojeando, como soy capaz. Otro uniformado que sabe: "Andén 16". Corro, corro, corro hasta que me paran en la garita: billete. Saco mi teléfono y un uniformado más lee el código BIDI de mi reserva. Vuelvo a correr. Me detienen. Quedan 2 minutos para que el tren se vaya. El bolso tiene que pasar por la cinta para que puedan ver que lo que llevo es pirotecnia: un informe de pobreza de ayer del que hoy ya se ha olvidado casi todo el mundo. Inofensivo. Me permiten pasar. Vuelvo a correr porque hay dos trenes y el mío es el segundo y mi vagón es el primero de todos.

Cuando freno en seco para subir por la escalerilla del vagón quisiera hacerlo a gatas. Me siento sin mirar dónde. Necesito parar. Pinchazos en mis talones, satisfacción por mi proeza: miro el reloj y es justo la hora. El tren arranca. Busco mi 7B y me dejo caer.

Si pudiera dormir un poco... El vagón está muy tranquilo. Mucha siesta y gente sola. Es la mía. Cierro los ojos, me predispongo, pasan los primeros minutos. Pasan los siguientes y unos cuantos más. No puedo dormir.

Empiezo a ver una película pero la mente se me va al dolor de mis pies, al informe de pobreza y a la diabólica red de Cercanías. Me rindo. A Morfeo le pasa algo conmigo. Hace tiempo que deja en "visto" mis guasaps y no me contesta.

domingo, 15 de octubre de 2017

Cuando llega el dolor para quedarse

Acabo de terminar de leer "Martes con mi viejo profesor". Este libro me ha llegado por recomendación y, como me ha ocurrido en otras ocasiones, ha venido a ofrecerme un enfoque diferente, líneas de argumentación, inquietudes nuevas.

Agradezco al Universo que me aporte tantas veces aquello que necesito a través de personas de mi entorno. Es reconfortante sentirse escuchada por el Universo en este tiempo de profundas soledades en los corazones.
Hace unos días, a raíz de varias dolencias que se han instalado en mi cuerpo en los últimos meses, expresé un temor que me rondaba: me preocupa tener que vivir con dolor.

Mis dolores son persistentes pero no incapacitantes, pero me viene a la mente la actriz Silvia Abascal, que vive con un ruido permanente en su cabeza. Lo contó en una entrevista de televisión hace unos años y yo me quedé impresionadísima. ¿Quién quiere vivir en esas condiciones?

El profesor Morries de la novela padece la enfermedad de ELA. El libro recoge las conversaciones que cada martes tiene con un ex alumno periodista que, a petición del maestro, graba lo que se cuentan en cada visita con el fin de escribir una tesina cuando el viejo profesor muera; una tesina sobre el sentido de la vida.

Mitch, el narrador de esta historia real, nos invita a asistir a la decrepitud de Morries y a su involución corporal, de tal forma que puede sentirse la danza de la muerte rondando al viejo profesor; podemos sentir su asfixia, su tos, sus dolores y su necesidad de ser tocado y querido hasta el fin de sus días.
Tras acompañar al alumno Mitch en el relato de las últimas semanas de vida del profesor Morries, no consigo ponerme en el otro lado. Consciente del debate moral abierto sobre el derecho a morir, no consigo encajar que Dios y/o ley puedan imponer una vida con dolor, una resistencia heroica y desesperanzada a la que indefectiblemente seguirá la muerte.

Por mucho provecho que Mitch sacara de las enseñanzas fundamentales que le trasmitió su moribundo profesor en su preparatoria para la muerte. Por valioso y humanitario que fuera el intento de Morries de presentarnos la decrepitud y la dependencia como un estado que ha de entenderse digno y natural, consecuencia involuntaria de una vida avasallada por la enfermedad. Por mucho tesoro antropológico que haya en el talante, positividad, resignación y esmero en el autoconocimiento del que hace gala Morries... asistir a la desintegración del cuerpo de una mente despierta me parece de una crueldad superlativa. Ser la propia mente despierta atrapada en un cuerpo que te abandona y somete a tutela hasta el último aliento, debe ser desgarrador.

Pienso mucho en la vejez últimamente. Pienso en lo que está por venir a mis mayores y a quienes ya tenemos años suficientes para poder mostrar algunas cicatrices y síntomas de afecciones nuevas.

Siempre me había parecido absurdo tenerle miedo a la muerte: llegará sin avisar cuando menos la esperes y será definitivo. Sin embargo, la edad me plantea un escenario posible por el que no había transitado: la muerte puede venir con enfermedad, con dolor, con agonía, con soledad, deshumanizada y cruel.

En "Martes con mi viejo profesor" Mitch no da cuenta de que en ningún momento Morries verbalizara su deseo de morir. Al contrario, el moribundo comparte con su alumno su ejercicio de enfrentarse a la amenaza y reconocerla en el temor que le provoca, para después tomar distancia de la angustia vivida desde una serenidad que le permitirá controlar el temor cuando vuelva a producirse de nuevo.

Tengo que pensar un poco más sobre esta tesina Sobre el Sentido de la Vida. Estas primeras líneas me han surgido a borbotones por la emoción de haberle conocido, acompañado en el dolor y perdido, profesor, en poco menos de 200 páginas.

miércoles, 30 de agosto de 2017

La trampa de la gobernanza

Llevo dos días en casa y ya me han vuelto las ganas de salir corriendo. Volver de vacaciones no es algo que desee nadie pero hay algo de tirón en aquello de recuperar la casa propia. Los espacios creados, experimentados, validados... El aire que se respira, los ruidos o la ausencia de ellos, el arrope del hogar... Es reconfortante volver si se tiene a dónde y ese dónde se siente como propio.
Ay... Pero es que una vez recuperado el hogar vuelve el pack completo: los roles, los vicios convivenciales, la incompatibilidad de los desórdenes confortables de cada cual, la evidencia del desigual afán por el cuidado de lo comunitario, la finísima línea entre el respeto y lo inaceptable. Vuelve la batalla y vuelve la peor versión de mí a sacar las tablas de la ley y a liarla parda por los rincones.

Yo, que me tengo por feminista y observadora permanente de la desigualdad, no me explico cómo caigo una y mil veces en la trampa de la gobernanza del hogar. Da igual que las tareas estén convenientemente repartidas y que la pareja lo asuma con naturalidad, sin pataleos por la pérdida de privilegios. Da igual, porque millones de mujeres del mundo civilizado podemos asegurar que esto no nos libera de liderar la gobernanza del hogar. Aquello que no es particularmente de nadie pero que es sumamente necesario, es nuestro. Adelantarnos a las dificultades que se apuntan, promover la convivencia entre las partes en este mundo tan en red que genera tanta soledad, hacer seguimiento de los temas, espolear a las criaturas para que alguna vez lleguen a tiempo a alguna parte, llevar la agenda de cumpleaños y celebraciones, llamadas que se deben, corresponder a detalles que se esperan... Y sí, también cambiar las sábanas, las toallas y ordenar los armarios.

Hay quien dice que nos arrogamos esta responsabilidad porque tenemos un orgullo patológico transmitido de generación en generación que nos tiene convencidas de que hay cosas que nadie las hace como nosotras... de bien, claro. Niego la mayor. Mi sensación es que hay cosas que nadie las hace si no las hacemos nosotras. Sin más. Si quieres que algo esté hecho hazlo tú. He ahí la trampa.

Una intenta educar a todo quisqui con quien comparte techo, con muchas dudas de que realmente le corresponda hacerlo. Y no sale bien. Es una tarea infructuosa, no resulta, el mensaje no llega, no conmueve, no llama a ser parte de la transformación del hogar. La familia es un organigrama perverso para las mujeres. Se nos ha confiado la tarea imposible de que todo, todos y todas estén bien. Pero entérense: no podemos hacerlo sin renunciar a nuestra estabilidad y salud mental.

Podríamos simplemente dejar de hacer todas esas cosas y que se queden sin hacer... Que levante la mano quien sepa cómo y que proponga un curso online. A mí el espíritu no me permite sumarme a la dejadez y a la indiferencia ante los cuidados que precisan las personas a las que quiero y el entorno en el que vivo.
De toda la pelea por la igualdad, la del hogar me parece la más dura. Cuesta mucho identificar al enemigo dentro de casa.

viernes, 25 de agosto de 2017

Chito y la vuelta al cole

¿Recordáis los gallos de los que hablaba a principios de mes? ¿Los de este pueblo, los que cantan desde que se les pone hasta que se les pone? Bueno, pues se me va terminando el mes y no acabo de acostumbrarme a esta peleadera que se traen entre sí tan de mañana. No conté entonces que un ratito después de la amanecida de la comunidad de la cresta, comienza la happy hour que organizan colectivamente con los perros de caza. Un auténtico festival de la convivencia interracial. Sea. Todos los intentos de acercamiento entre culturas me parecen bien por coherencia personal. Así que, media vuelta en la cama, y a seguir haciendo como que escucho delicados jilguerillos.

Ladridos, cacareos, el sol colándose por las rendijas de las persianas, ese cálido ambiente siendo tan solo las diez de la mañana… Mi perro, que ni se menea porque está pasando unas vacaciones muy duras, el pobre; todo el día por ahí sin parar de marcar territorio y perdiendo una y mil batallas con los gatos, que son mucho más perros que él y no le respetan en absoluto. Es un espectáculo ver a los mininos clavados en las calles, impertérritos ante los aullidos pretendidamente intimidantes de Baloo con los que pretende hacer como que amenaza con exterminarlos. 

El medio rural es territorio hostil para mi perrete. La gente en los pueblos -la de una cierta edad, fundamentalmente- no mira bien a los perros de compañía, no digamos ya si van sueltos. Y Baloo que desde que nació va pidiendo amor por las esquinas, no entiende bien por qué le miran raro los abuelos y abuelas del pueblo que, además de llamarle “¡chito!” le intimidan batiendo bastones al aire, antes incluso de que Baloo haya decidido presentarse con sus ademanes de perrito urbano que se sabe encantador.

En cualquier caso, la capacidad de adaptación de Baloo es admirable. Podría dar talleres a más de uno y a más de una que me vienen a la cabeza de pronto. Así pues lo tiene claro: chito y atado, entre las calles del pueblo; libre y feliz, por las eras, corriendo tras de los ratoncillos y los conejos, llenándose el pelaje de pinchos y pétalos de flores.

Vamos a tener que ir contándole a Baloo que nos estamos terminando de zampar agosto y que, en breve, el solecito que se cuele por las rendijas va a tener que ser en sueños. El año pasado cuando hicimos el último viaje de ascensor subiendo bultos y maletas de vuelta a la rutina, Baloo se quedó mirando el umbral de nuestra casa, se dio media vuelta y se metió de nuevo en el ascensor. No he visto nunca una “vuelta al cole” peor asimilada.

Lo cierto es que el verano está siendo fantástico. Estoy cargada de sol y calor y cuando, en breve, la ciudad me reciba lloviendo como lo hace cada final de vacaciones la muy p., creo que seré capaz de fusionarme con el emoji de la flamenca y ¡que me quiten lo bailao’!

Me voy con el chito a tomarme una cervecita con limón a la plaza del pueblo. Y en tirantes. Flipad. De camino, purita paz. No hay un solo escaparate en todo el pueblo que nos amargue los días que nos quedan con la amenaza de la vuelta al cole. Y eso no tiene precio.