Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

sábado, 12 de agosto de 2017

Un indalo en la Playa de los Muertos

Me fascina este paisaje, estas montañas concatenadas que parecen pechos de mujer ofreciéndose al sol impenitente de esta tierra, con su cielo azul como paspartú.
Al pie de esta cordillera de paredes fascinantes, el mar. 

Estoy en Cabo de Gata, en la Playa de los Muertos. Hemos llegado aquí por un sendero pedregoso en bajada. Baloo feliz, subiendo y bajando con la locura de la energía que regalan la juventud y la libertad. Es hora tardía para playa y no hay apenas gente. 

Ahí la tenemos rugiendo, majestuosa: la mar que baña esta playa que recuerda la llegada de náufragos y navegantes muertos arrastrados por las corrientes marinas que se dan en esta zona del mar de Alborán.

Nuestros niños y niñas se dejan embaucar fácilmente por los susurros que llegan desde la orilla: les tienta con su espuma rota y su risa quebrada. Busca bañarles los pies, sentir la vida que desprenden sus correteos sobre el terreno de piedrecitas de la playa. 

Hay bandera roja en la Playa de los Muertos; viento, nubes sin autoridad, risas, anécdotas, avispas merodeando las bocas de las latas de los refrescos. Unos instantes con los ojos cerrados para escuchar... Pero quién se pierde durante más de ese tiempo el espectáculo de contemplar el mar...

Mis niñas tienen frío: se cubren y arremolinan junto a mí. La mayor me da besos y me mira como lo hace ella, con ese amor incondicional de pertenencia natural y sana entre madre e hija; la pequeña reserva sus besos como acostumbra, y pide atención arrimándome su carita preciosa, suave y siempre fresca. Quiero ir a pasear por la orilla pero me retiene: "Quédate conmigo, mami". Palabras mayores.

Paz, alegría y vida para compensar la historia de esta playa cuyas olas rugen el lamento eterno por la pérdida de vidas humanas en el mar: por aquellas que hace tiempo ocurrieron, por aquellas que ocurren cada día en nuestro Mediterráneo y en otros mares que tanto saben también de injusticia, pobreza e insolidaridad. Por todas esas personas surco con mi dedo índice un indalo entre las piedrecillas. Cuentan por aquí que este dibujo prehistórico propio de la zona protege contra las tormentas y la fatalidad. Sirva mi modesto indalo para guardar de tanto mal este bello mar.

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