Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Gallos y gallitos


En este pueblo en el que estoy los gallos cantan cuando les da la gana. No es nuevo de este verano. Desde que vengo por aquí cada mes de agosto me hago la misma pregunta: ¿estos gallos están sin educar, son de una variedad rebelde de gallo o han perdido intuición y responsabilidad de despertar a los lugareños con el alba? O resulta que esto es así de siempre y yo no tengo ni idea de gallos ni de medio rural.
 
Hay un estudio por ahí que recoge que estas aves no necesitan la luz del sol para despertarse (doy fe). Aseguran que los gallos tienen un reloj interno que les alerta a la hora del amanecer. De hecho, cantan dos horas antes del amanecer, ofreciendo así un margen holgadete para el pis de la mañana, el aseo personal y un cafelito con un cacho de pan. Con dos horitas da también para zumito natural con exprimidor de mano, incluso. 

Quizá el ser humano se haya servido de este despertador natural durante años, pero lo cierto es que el gallo canta durante todo el día y no lo hace para alertarnos de nada. Lo hace para demostrar su estatus de macho dominante que marca su territorio y a sus gallinas. Ahí un completo de testosterona que ya nos constaba, ¿no?

Una vez lanzado aviso a navegantes de que esta corrala es mía y sigo siendo el rey, leo que, con su canto, el gallo también se dirige a las gallinas para poner en su conocimiento que ahí está él, que tiene mucho que ofrecer y que está activo sexualmente. Todo va bien, porque “existen estudios que parecen probar que el cacareo emitido por el gallo es del agrado de las gallinas. Lo es hasta el punto de que estimula su ovulación y hace que se les acerquen”. 

Bueno, pues en el reino animal parece que todo el mundo conforme; gallos y gallinas dando y recibiendo lo que la Naturaleza ha previsto para un equilibrio en la especie. Bien.

¿Pero qué pasa con los otros gallos? Los de nuestra especie. Los gallitos. ¿Qué pasa con ellos? ¿Están sin educar, son de una variedad rebelde de gallo o han perdido intuición y respeto por toda la que se mueve? 

Aquí donde estoy -y no solo aquí- escucho a gallos jóvenes que cacarean a niñas que empiezan a asomarse al mundo. Lo hacen en grupo, con sus voces sin acabar de armar… Se les ve ufanos, seguros, herederos de la misión de mostrar cuanto antes a las niñas que la calle es de los machos y que tienen la patente para intimidar, asustar y violentar a las hembras, sean de la edad que sean. He sido plenamente consciente hace muy poco de lo pronto que las niñas aprenden esto que va a limitar su comportamiento como seres sociales durante toda su vida.

Me pregunto durante cuánto tiempo más tendremos que educar a nuestras hijas en la libertad personal y en la confianza, y ser capaces de hacerlo compatible con el kit de supervivencia en la calle que necesariamente pasa por la prudencia, el temor y la tutela: evita situaciones, no te quedes nunca sola y llámame si te vuelve a molestar. 

Si los que saben de fauna aseguran que a las gallinas les gusta el arrebato de los gallos y se sienten estimuladas con sus cantos, nada que decir. Todo tan natural, tan de toda la vida…

Pero resulta que tan de toda la vida es también esto otro que comentaba y ahí sí que tenemos mucho que decir niñas, chicas, mujeres, educadoras y educadores de niños y de niñas.Tenemos que ser capaces de decir con convicción a nuestras niñas que la calle también es su espacio, sin ponerlas en riesgo cuando lo hacemos. Tenemos que poner mucho esfuerzo en enseñar a nuestros niños que comportarse como un gallo en la calle no es de recibo, que la calle es de todos y también de todas; y que tenemos que poder compartirla en paz, armonía y libertad. Tenemos que echar toda la carne en el asador con las nuevas generaciones y procurarles modelos sanos de conducta respetuosa y compañera.

De lo contrario, nos vamos a pasar muchos años soportando gallitos que cantan a destiempo y fuera de lugar; que nos arrinconcan sin miramientos en cualquier calle y que se creen con derecho y saben de su impunidad.

2 comentarios:

Mentxu Ramilo Araujo dijo...

Afortunadamente, no he sido una polluela atemorizada por gallos/gallitos. Y tampoco soy madre. Pero mi sentido común me dice que tener una personalidad propia y conocer nuestros límites infranqueables (respeto, dignidad y libertad personal) es algo básico. Algo que no nos enseñan en las escuelas, ni en muchos hogares y mucho menos promueven en los medios de incomunicación.

Tu historia me ha evocado el gallinero de mi abuela. Ese lugar que siempre tenía que estar limpio, cuidado y bien cerrado para que no se colara la "zorra".

Mi abuela de pequeña no podía ir a la escuela cuando "la zorra" (como ella decía) merodeaba las gallinas y gallos de la familia: si se los zampaba, se quedaban sin alimento (huevos y carne). Mi abuela aprovechaba esos días de cuidado para pintar. Y pintaba gallinas, gallos, pollueles y zorras, muchas zorras. Cuando me escribía cartas, mi abuela me enviaba siempre un dibujo con gallinas, gallos, pollueles y una zorra pintada (estilo cubista), para ella era zorra, no zorro.

Así que... de verdad, me encantaría convertirme en "wonder fox" para zamparme algunos gallitos de esos de los que hablas... aunque, estaría encantada, si tuviera que ser eternamente una zorrita vegetariana.

Macarena dijo...

Mentxu, qué gozada de comentario-relato. Muchas gracias por compartir este pedacito de historia con tu abuela, tan al hilo de mi post. Cuando pienso en lo cracka que es tu abuela, entiendo lo grande que eres tú. Aunque está claro que lo tuyo además de genética es pura genialidad. Abrazo descomunal.