Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

viernes, 23 de junio de 2017

Un lugar a donde no sé ir

Se puede quedar una ciudad pequeña aún más chiquita, cuando no hay un lugar al que ir. He buscado un tramo recóndito en los parques, una esquinita que respeten otros pasos y otras voces, pero hay demasiada gente en todas partes.

No me ha quedado otra que apoyar mi bicicleta en un banco, sentarme a un lado y echar mis dedos sobre esta pantalla para contarle que no sé a dónde ir.

Se está haciendo de noche pero le cuesta. Es la noche de San Juan, de las hogueras, de las brujas. Pero la bruja que llevo dentro está consumida, con la cabeza metida entre las piernas, sola por opción, sola entre la gente.

Estoy haciéndome la loca, evidenciando concentración sobre el móvil para que nadie me moleste, para que quien quiera que me conozca no me salude, no me pregunte, no me mire más, no me intimide, no me rompa la escapada que pretendo así, a la vista de quien quiera que pase.

Hay un lugar a donde no sé ir donde hay personas que seguro entienden que la tristeza y la ira son la cara y la cruz de un corazón roto al que no le llega la sangre. Hay un lugar en alguna parte donde las cosas no se cuentan ni se comparten; un lugar donde no cabe ni la reclamación ni la protesta porque el silencio tras la derrota lo ha colonizado todo.

Hay un lugar a donde no sé ir que me espera para ayudarme a desaparecer de todas las miradas. Pero no sé dónde está.

Cojo la bicicleta y reanudo mi camino sin meta en esta noche de San Juan tan triste.

viernes, 16 de junio de 2017

Mediocres con poder

Esta mañana he vivido una situación que me ha puesto del revés. La escuela últimamente me da muchos quebraderos de cabeza. Me gustaría ser justa y no generalizar pero me cuesta. Durante este curso que parece que no vaya a terminarse nunca, me he topado con personajes a los que puedo etiquetar sin miedo a equivocarme de mediocres; mediocres con su pequeño poder en el mundo, con su invasivo poder en la vida de los niños y niñas que están a su merced en sus aulas.

Me pasa últimamente con el profesorado como con los profesionales uniformados: me provocan una rabia y una desazón infinita con su prepotencia y su sartén por el mango. Agentes de policía, de la OTA, médicos, incluso. Pueden hacer contigo lo que quieran porque estás a su merced. Da igual si aportas argumentos, sensatez, actitud de entendimiento, alternativas... Da igual, si el placer de dictar sentencia provoca una complacencia tal que el sentido común, la empatía y los valores se diluyen en la relación entre personas.

Si hay algo por lo que estoy agradecida en la vida es por la sólida educación en valores que he recibido de mis padres. A pesar de que me ha complicado y complica mucho la existencia, hace que me sienta merecedora de respeto y amor. Hace que sienta que pago a plazos el privilegio de mi existencia a este lado del mundo.

Pongo el máximo empeño en transmitir esos mismos valores a mis hijas pero, en días como hoy, me llego a plantear si no sería más humano dejarse llevar por el impulso defensivo-agresivo ante una injusticia empoderada e impertinente en su victoria frente al débil.

No lo hago porque estoy comprometida con mi rol de educadora. Me tanteo la espada en mi cadera y la dejo estar. Me retiro de escena derrotada, dolida y queriendo creer que quizá algo de lo que aporté en la confrontación dejó una pequeña huella, un pensamiento al que darle una vuelta, una duda sobre si fue correcto o quedó en lo que pareció: otra batalla ganada de alguien mediocre con un poquito de poder y un ser más pequeño en la escala sobre el que volcar la carencia de otras cosas.

jueves, 1 de junio de 2017

Los deberes que me ponen a mí en el cole

A mi hija de 10 años le han puesto como tarea escolar leer diez páginas del capítulo 35 de El Quijote. Del auténtico. Nada de adaptaciones. También tenía que sacar tres "reseñas" (vocablo de uso infantil común, como todo el mundo sabe) y relacionarlas con alguna referencia de su corta vida.
¿Lo dejo aquí o me desparramo?

Ya me conocéis así que voy. Era una tarea puesta ayer para mañana. Mi hija me había advertido de que iba a necesitar mi ayuda, como otras veces. He llegado a las diez de la noche y me he encontrado esta joya de nuestra literatura en manos de mi chiquilla: "Me he leído las diez páginas pero no he entendido nada". He entrado en cólera: "¡¿10 páginas?! ¡¡De folio!! ¿¡¡De El Quijote de verdad!!?"

Yo pensaba que después de haberme tenido que cascar un trabajo sobre el Barroco en Semana Santa (recuerdo: 10 años) nos habíamos ganado la exención de deberes para el resto de curso todos los padres y madres sometidos al despropósito de la docencia más desubicada.

Pero se ve que no. Las diez y pico de la noche, espuma por la boca, ojos encolerizados, sapos y culebras dando saltos y reptando por toda la cocina, y una decisión que tomar con los folios bailando frenéticamente en una de mis manos.

A la mierda. A mí no me pone más deberes una profesora ni me dice cuándo ni cuántas páginas voy a leer de El Quijote una noche de miércoles con la ropa de la lavadora por sacar y tender, la cena por preparar y el día por finiquitar.

Estoy en contra de los deberes escolares que, por sistema, dilatan innecesariamente las jornada de los niños y niñas. Pero nos toca tragar, como hacemos con tantas cosas que van en el mismo lote que esta sociedad que se pierde a pasos agigantados lo mejor de la vida dándole alas a valores que no lo son.

Estoy en contra de los deberes escolares pero se me saltan las lágrimas de tener que estar escribiendo sobre los deberes escolares ¡para padres y madres! Ya vale.

Ni la lectura de El Quijote ni "hazme un trabajo sobre el Barroco, del que no te he contado ni media palabra en clase, contestando unas "preguntitas" buscando en internet" son tareas apropiadas para escolares de 10 años. Huelga decir que es una indecencia pretender que las hagan los padres y madres, que ya son mayores para asumir mandaditos. Pero la auténtica perversión es el peligroso "juego" del camuflaje de autoría al que entramos para salvarles la papeleta a nuestros niños y niñas. Porque van con los deberes hechos (cohechos en el mejor de los casos) y legitiman esas encomiendas para las que no tienen ni capacidad ni recursos.

Me voy a la cama. Con los deberes sin hacer.