Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

martes, 31 de enero de 2017

La rosca

Siempre que me ve escribiendo o leyendo sobre la cama, se sube de un salto. Sabe que, en teoría, no puede hacerlo, pero yo le dejo porque me encanta. Se arrima a mi cuerpo y se hace una rosca sobre sí mismo. Se mordisquea un rato y después posa su bonita cabeza sobre una de las patas delanteras. Su cuerpo se eleva al compás de su respiración y transmite... paz. 

Me tiro sobre él con suavidad y me abrazo, hundo mi cara en su pelo, lo beso, acaricio… siento su calor y su afecto cuando me mira. Enseguida se deshace para ponerse panza arriba y rendirse a una suave rascada de cuello y tripa. Sus ojos se entrecierran de placer… No hay un perro más bonito que el mío ni más cariñoso ni más tranquilo ni más zampabollos. Se lo comería todo si le dejara, pero ahí sí soy más estricta porque enseguida se pone malo de la tripa. Las renuncias tienen a veces su recompensa y aunque a Baloo no le compensen las privaciones, lo cierto es que tiene una bonita estampa: es un perro fuerte y fibrado y da gusto verlo correr, ir y venir.

Lo quiero con locura. En primer lugar porque sí: porque es de mi familia. En segundo lugar, porque no me da ni medio problema más allá de “fíjate en lo que queda de este algo no identificado que me he zampado” o “jo, es que era una perrita muy guapa” o “ese cachorro se estaba poniendo muy pesado y tiene que aprender a respetar espacios”.

Un perro es un compañero que te quiere porque sí, porque eres tú. Te acompaña y espera, respeta tus silencios, se suma a tu alegría sin pensarlo. No te juzga y si lo hace no te enteras, lo cual se agradece mucho en estos tiempos del gran hermano. Le da igual si estás guapa o fea; siempre te mira con devoción. Baloo es un bálsamo para mi alma porque tiene un carácter tan suave y brillante como su pelaje.

No digo nada que no sepa cualquier persona que tiene un animal en casa y lo quiere y lo cuida como yo. Pero hoy he querido plasmar que, en estos tiempos de sálvese quien pueda y mundo a la deriva, la sencilla estampa de un perro subido a una cama dejándose querer es lo más parecido a la serenidad que encuentro a mi alrededor. 

Si un día consigo hacer una rosca conmigo misma y abandonarme a un abrazo como lo hace Baloo, poco me va a importar que luego llegue quien yo me sé a reñirnos por haber dejado sobre la cama huellas evidentes de nuestro paso. Que nos quiten lo bailao´.

*Fotografía de Raúl Cerezo

miércoles, 25 de enero de 2017

Cuidados

Esta mañana casi he visto dos accidentes. Los dos desde mi bicicleta. 

Al otro lado de los raíles una niña y su abuelo cruzando, con el semáforo en verde, la carretera. Tras la carretera, un tranvía aproximándose. La niña echa a correr, porque los niños hacen eso a veces, inconscientes, seguros de su vida apenas estrenada... En un instante, las campanillas del tranvía están sonando sin parar y el abuelo grita "Maitaneeeeee...". La niña gira la cabeza, ve el tranvía y fuerza la carrera. El tranvía iba ya frenado sin dejar de tintinear. Maitane salva el peligro. El abuelo con el gesto congelado sin saber qué decirle; solo moviendo la cabeza de un lado a otro. La niña le sonríe queriendo librar la regañina con su encanto de nieta.

Maitane está bien porque la conductora del tranvía ha estado atenta y porque el abuelo le ha advertido a gritos.

500 metros más adelante, un claxon insistente irrumpe en mis pensamientos. A mi izquierda una furgoneta acosa con su cercanía y su pito a un turismo con el intermitente derecho marcado. No entiendo lo que pasa hasta que pasa. El coche gira a la derecha e inmediatamente da un volantazo y recupera el sentido de la marcha: se estaba metiendo en dirección prohibida. Yo estaba a punto de cruzar ese tramo de calzada. De haber seguido, me hubiera embestido. Me he librado yo y también los coches enfrentados porque quien conducía la furgoneta ha cuidado de todos nosotros.

Yo, que últimamente soy a menudo portavoz de la desesperanza, he sentido esta mañana que por encima (no sé si por debajo estaría mejor expresado) de las tropelías que esta humanidad tolera y perpetúa hay un sentido humano de protección mutua que se impone ante la alerta que provoca una amenaza. Es cierto que ocurre entre iguales: hombres, mujeres, niños y niñas que compartimos el tránsito en una calle, un determinado día; personas que no nos conocemos ni competimos por nada ni nos hemos hecho nada; que nos presuponemos gente de bien, con valores, principios...; llamados a ser comunidad y a contar los unos con los otros para sostener lo de todos. Es cierto que nos cuidamos... entre iguales. Pues ya es algo. Eso es que tenemos capacidad para hacerlo y que sabemos hacerlo.

Lo que nos queda ahora es trabajarnos el concepto de iguales y derrumbar todos los requisitos que ponemos a otros y a otras para ser merecedoras de nuestros cuidados.