Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

miércoles, 30 de agosto de 2017

La trampa de la gobernanza

Llevo dos días en casa y ya me han vuelto las ganas de salir corriendo. Volver de vacaciones no es algo que desee nadie pero hay algo de tirón en aquello de recuperar la casa propia. Los espacios creados, experimentados, validados... El aire que se respira, los ruidos o la ausencia de ellos, el arrope del hogar... Es reconfortante volver si se tiene a dónde y ese dónde se siente como propio.

Ay... Pero es que una vez recuperado el hogar vuelve el pack completo: los roles, los vicios convivenciales, la incompatibilidad de los desórdenes confortables de cada cual, la evidencia del desigual afán por el cuidado de lo comunitario, la finísima línea entre el respeto y lo inaceptable. Vuelve la batalla y vuelve la peor versión de mí a sacar las tablas de la ley y a liarla parda por los rincones.

Yo, que me tengo por feminista y observadora permanente de la desigualdad, no me explico cómo caigo una y mil veces en la trampa de la gobernanza del hogar. Da igual que las tareas estén convenientemente repartidas y que la pareja lo asuma con naturalidad, sin pataleos por la pérdida de privilegios. Da igual, porque millones de mujeres del mundo civilizado podemos asegurar que esto no nos libera de liderar la gobernanza del hogar. Aquello que no es particularmente de nadie pero que es sumamente necesario, es nuestro. Adelantarnos a las dificultades que se apuntan, promover la convivencia entre las partes en este mundo tan en red que genera tanta soledad, hacer seguimiento de los temas, espolear a las criaturas para que alguna vez lleguen a tiempo a alguna parte, llevar la agenda de cumpleaños y celebraciones, llamadas que se deben, corresponder a detalles que se esperan... Y sí, también cambiar las sábanas, las toallas y ordenar los armarios.

Hay quien dice que nos arrogamos esta responsabilidad porque tenemos un orgullo patológico transmitido de generación en generación que nos tiene convencidas de que hay cosas que nadie las hace como nosotras... de bien, claro. Niego la mayor. Mi sensación es que hay cosas que nadie las hace si no las hacemos nosotras. Sin más. Si quieres que algo esté hecho hazlo tú. He ahí la trampa.

Una intenta educar a todo quisqui con quien comparte techo, con muchas dudas de que realmente le corresponda hacerlo. Y no sale bien. Es una tarea infructuosa, no resulta, el mensaje no llega, no conmueve, no llama a ser parte de la transformación del hogar. La familia es un organigrama perverso para las mujeres. Se nos ha confiado la tarea imposible de que todo, todos y todas estén bien. Pero entérense: no podemos hacerlo sin renunciar a nuestra estabilidad y salud mental.

Podríamos simplemente dejar de hacer todas esas cosas y que se queden sin hacer... Que levante la mano quien sepa cómo y que proponga un curso online. A mí el espíritu no me permite sumarme a la dejadez y a la indiferencia ante los cuidados que precisan las personas a las que quiero y el entorno en el que vivo.

De toda la pelea por la igualdad, la del hogar me parece la más dura. Cuesta mucho identificar al enemigo dentro de casa.

viernes, 25 de agosto de 2017

Chito y la vuelta al cole

¿Recordáis los gallos de los que hablaba a principios de mes? ¿Los de este pueblo, los que cantan desde que se les pone hasta que se les pone? Bueno, pues se me va terminando el mes y no acabo de acostumbrarme a esta peleadera que se traen entre sí tan de mañana. No conté entonces que un ratito después de la amanecida de la comunidad de la cresta, comienza la happy hour que organizan colectivamente con los perros de caza. Un auténtico festival de la convivencia interracial. Sea. Todos los intentos de acercamiento entre culturas me parecen bien por coherencia personal. Así que, media vuelta en la cama, y a seguir haciendo como que escucho delicados jilguerillos.

Ladridos, cacareos, el sol colándose por las rendijas de las persianas, ese cálido ambiente siendo tan solo las diez de la mañana… Mi perro, que ni se menea porque está pasando unas vacaciones muy duras, el pobre; todo el día por ahí sin parar de marcar territorio y perdiendo una y mil batallas con los gatos, que son mucho más perros que él y no le respetan en absoluto. Es un espectáculo ver a los mininos clavados en las calles, impertérritos ante los aullidos pretendidamente intimidantes de Baloo con los que pretende hacer como que amenaza con exterminarlos. 

El medio rural es territorio hostil para mi perrete. La gente en los pueblos -la de una cierta edad, fundamentalmente- no mira bien a los perros de compañía, no digamos ya si van sueltos. Y Baloo que desde que nació va pidiendo amor por las esquinas, no entiende bien por qué le miran raro los abuelos y abuelas del pueblo que, además de llamarle “¡chito!” le intimidan batiendo bastones al aire, antes incluso de que Baloo haya decidido presentarse con sus ademanes de perrito urbano que se sabe encantador.

En cualquier caso, la capacidad de adaptación de Baloo es admirable. Podría dar talleres a más de uno y a más de una que me vienen a la cabeza de pronto. Así pues lo tiene claro: chito y atado, entre las calles del pueblo; libre y feliz, por las eras, corriendo tras de los ratoncillos y los conejos, llenándose el pelaje de pinchos y pétalos de flores.

Vamos a tener que ir contándole a Baloo que nos estamos terminando de zampar agosto y que, en breve, el solecito que se cuele por las rendijas va a tener que ser en sueños. El año pasado cuando hicimos el último viaje de ascensor subiendo bultos y maletas de vuelta a la rutina, Baloo se quedó mirando el umbral de nuestra casa, se dio media vuelta y se metió de nuevo en el ascensor. No he visto nunca una “vuelta al cole” peor asimilada.

Lo cierto es que el verano está siendo fantástico. Estoy cargada de sol y calor y cuando, en breve, la ciudad me reciba lloviendo como lo hace cada final de vacaciones la muy p., creo que seré capaz de fusionarme con el emoji de la flamenca y ¡que me quiten lo bailao’!

Me voy con el chito a tomarme una cervecita con limón a la plaza del pueblo. Y en tirantes. Flipad. De camino, purita paz. No hay un solo escaparate en todo el pueblo que nos amargue los días que nos quedan con la amenaza de la vuelta al cole. Y eso no tiene precio.

miércoles, 23 de agosto de 2017

El crujido

Anteayer volví a mi ciudad por unas horas para acompañar a una amiga en la despedida de su madre fallecida. Estoy revuelta desde que conocí la noticia. Mi generación tiene ya padres y madres mayores. Eso es así y nos vamos haciendo a la idea; aunque resistiéndonos, es verdad. 

Nos cuesta dejar marchar nuestra juventud y tanto o más asimilar que -si no lo hemos hecho ya- el momento de llorar a quienes nos dieron la vida está más cerca, y saberlo no te prepara para esa pérdida irreparable.

Incluso en el caso de que la relación con la madre, el padre, ambos quizá, no hubiera sido buena, pienso que la ruptura de esa soga original desgastada por el roce de cada minuto compartido debe ser demoledora

Dejar marchar... Aferrarse a una voz, a las facciones, los gestos, los andares, miles de recuerdos. Pedirle todo el esfuerzo posible a la memoria para retener, repartidos entre cabeza y corazón, los pedacitos de vida en común que nos hicieron ser como somos.

Saber que todo aquello que en vida no hicimos ni dijimos nos pesará para siempre cuando ya no quepa volver atrás, y no quedará otra que aliviarnos con el débil pensamiento de haber hecho las cosas como mejor supimos o pudimos.
Puedo imaginar ese frío y ese dolor de haber sido arrancada de la raíz. Puedo imaginar el crujido del alma en el momento del adiós al padre o a la madre.
Hacía muchos años que no veía a Mari Carmen pero la recuerdo muy bien. Siempre me llamaba "Maca". Sonrío pensando por qué a ella nunca le dije que no lo hiciera. Era la madre de mi amiga; simpática, acogedora y muy fumadora. La recordaré siempre con el pitillo en la mano y con el perrillo, ¡que vivió una porronada de años!

El sacerdote que ofició el funeral dijo que podíamos despedir de este mundo a Mari Carmen al tiempo que celebrar su vida: lo que nos aportó, lo que compartimos con ella directamente o a través de la familia que formó. Y creo que es la única manera de esperar que el cielo vuelva a ser azul cuando deje de llover sobre los corazones rotos que ha dejado la pérdida de Mari Carmen. Descanse en paz.  

jueves, 17 de agosto de 2017

Los temores de Maya

Cuando de pequeña veía los dibujos de la abeja Maya, me llamaba mucho la atención que la encantadora abejita y su amigo Willy tuvieran tanto miedo de los humanos. Lo tenían porque habían sido alertados sobre el peligro que corrían si entraban en contacto con esta especie de seres despiadados.

Hoy que ya soy grande, confieso que mi admiración por las abejas y su licenciatura comunitaria en geometría, arquitectura y gestión de equipos no resta un ápice del temor que me producen ellas a mí. Me inquietan porque no puedo decirles amablemente “¿puedes apartarte de mi melón?” y esperar que me entiendan. Por lo tanto, me queda palmear el aire que nos rodea y exponerme a que me piquen. En cualquier caso, no tengo ninguna duda de que si alguna abeja me hiciera daño sería como respuesta a un sentimiento de amenaza.

Después de la noticia que conocí ayer no me ha quedado más remedio que ponerme del lado de Maya. Los humanos y humanas somos muchas veces terribles en nuestra relación con otros seres vivos. La alta estima que nos tenemos por encima de todas las especies nos convierte en déspotas, egoístas, carentes por completo de empatía con el sufrimiento animal.

El pasado viernes una cría de delfín perdida murió en una playa de Mojácar, víctima del acoso al que fue sometida por un grupo numeroso de bañistas que la gozaron haciéndose selfies con ella, sacándola del agua, mostrándola a sus niños y niñas… Hasta que de purito estrés la cría murió. 

Conocí la noticia por un informativo de televisión y pude escuchar un par de voces que decían con preocupación “Devolvedlo al mar…”. La voz de alarma definitiva la puso, al parecer, un socorrista que llamó al 112 y se hizo paso entre la multitud para auxiliar al delfín lactante que ya había sufrido un fallo cardiorrespiratorio irreversible.

¿Qué nos pasa? ¿A alguien se le ocurre hacerse un selfie con un niño perdido o enseñarlo como trofeo a las amistades? Si, ya sé, ya sé. Ya sé que no es exactamente lo mismo porque un niño no es una especie exótica difícil de tener ante los ojos. Pero también porque en un niño perdido vemos automáticamente a una personita desamparada que sufre, y también a una madre o a un padre que lo buscan con desesperación. Activamos todos nuestros protocolos de emergencia para reagrupar a esa familia sí o sí. 

¿Qué ocurrió para que toda esa gente que se acercó a ver al delfín desenfocara el hecho y viera un espectáculo familiar donde había una cría perdida sin posibilidades lejos de su madre? ¿Qué pasa con la empatía, la responsabilidad comunitaria del cuidado de la Naturaleza y sus especies? 

Estaba en Almería cuando ocurrió esto; en Mojácar, la víspera. Podría haber estado en esa playa cuando arribó el delfín. Creo que me hubiera puesto como una loca si llego a ver lo que la televisión me mostró días después. Porque no alcanzo a comprender cómo pasó. ¿Dónde estaba la gente con sentido común y sensibilidad que podía haber frenado a la pandilla de cafres del selfie con todo y en todas partes? ¿No es de cajón avisar al socorrista o llamar a emergencias, Policía, no sé… pedir ayuda? 

Yo pensaba que habían quedado lejos aquellos tiempos en los que la chiquillería se entretenía metiendo petardos a las ranas por el ano, arrancando las alas a las moscas, cortando el rabo a las lagartijas, echando pintura sobre el pelo de los gatos… Pero, visto lo visto, no sé… Me preocupa la vigencia de los temores de Maya y que sigamos teniendo sin aprobar esta asignatura pendiente tan, tan básica.

sábado, 12 de agosto de 2017

Un indalo en la Playa de los Muertos

Me fascina este paisaje, estas montañas concatenadas que parecen pechos de mujer ofreciéndose al sol impenitente de esta tierra, con su cielo azul como paspartú.
Al pie de esta cordillera de paredes fascinantes, el mar. 

Estoy en Cabo de Gata, en la Playa de los Muertos. Hemos llegado aquí por un sendero pedregoso en bajada. Baloo feliz, subiendo y bajando con la locura de la energía que regalan la juventud y la libertad. Es hora tardía para playa y no hay apenas gente. 

Ahí la tenemos rugiendo, majestuosa: la mar que baña esta playa que recuerda la llegada de náufragos y navegantes muertos arrastrados por las corrientes marinas que se dan en esta zona del mar de Alborán.

Nuestros niños y niñas se dejan embaucar fácilmente por los susurros que llegan desde la orilla: les tienta con su espuma rota y su risa quebrada. Busca bañarles los pies, sentir la vida que desprenden sus correteos sobre el terreno de piedrecitas de la playa. 

Hay bandera roja en la Playa de los Muertos; viento, nubes sin autoridad, risas, anécdotas, avispas merodeando las bocas de las latas de los refrescos. Unos instantes con los ojos cerrados para escuchar... Pero quién se pierde durante más de ese tiempo el espectáculo de contemplar el mar...

Mis niñas tienen frío: se cubren y arremolinan junto a mí. La mayor me da besos y me mira como lo hace ella, con ese amor incondicional de pertenencia natural y sana entre madre e hija; la pequeña reserva sus besos como acostumbra, y pide atención arrimándome su carita preciosa, suave y siempre fresca. Quiero ir a pasear por la orilla pero me retiene: "Quédate conmigo, mami". Palabras mayores.

Paz, alegría y vida para compensar la historia de esta playa cuyas olas rugen el lamento eterno por la pérdida de vidas humanas en el mar: por aquellas que hace tiempo ocurrieron, por aquellas que ocurren cada día en nuestro Mediterráneo y en otros mares que tanto saben también de injusticia, pobreza e insolidaridad. Por todas esas personas surco con mi dedo índice un indalo entre las piedrecillas. Cuentan por aquí que este dibujo prehistórico propio de la zona protege contra las tormentas y la fatalidad. Sirva mi modesto indalo para guardar de tanto mal este bello mar.

martes, 8 de agosto de 2017

Otros mundos que están en este, si.

El parón de las vacaciones es también el arreón de otras cosas. Aquellas que durante el curso no encuentran fácilmente su espacio: la lectura, el cine, las series... A mí me cuesta mucho rascarle tiempo de calidad a la lectura, la tele no me cae demasiado bien, el cine no me suele cuadrar y las series... las series son mi asignatura pendiente... ¡Hace falta mucho tiempo para ver con continuidad una serie! Hay un montón a las que me apetece hincarles el diente, pero me suelo limitar a mirarlas de reojo mientras se me abre un bocadillo sobre la cabeza que reza : "Ya te pillaré".

Pero llegó agosto y con él la posibilidad. Así que me he tirado al libro electronico como una loca y he reservado unos momentos de tranquilidad para una de las series que tenía por recuperar: "El cuento de la criada" y "Narcos". Sí, si. Purita violencia en contraste con el remanso de paz que supone cualquier retiro vacacional que se precie. La primera, violencia psicológica del más alto nivel; la segunda: violencia, violencia, de la clásica. Si habéis oído hablar o visto "Narcos", ya sabéis: "plata o plomo". Si no tenéis referencia alguna de la serie, solo con el título...

"El cuento de la criada" es puro terror. Las páginas de esta novela muestran un mundo en el que, en el marco de la dictadura puritana que domina la República de Gilead, son suprimidos todos los derechos de las mujeres. Pierden hasta sus nombres. Su único valor (y bastante relativo) reside en la capacidad que tengan de ofrecer niños y niñas sanos a parejas estériles. Cuando digo ofrecer es justo eso. La mujeres potencialmente fértiles (porque han debido tener previamente al menos un hijo) son acogidas en casas de las familias de mayor estatus para que el cabeza de familia las monte y las preñe. Una vez parido el bebé es entregado a la señora de la casa para ser criado como hijo o hija legítimo. Las mujeres que tras tres intentos no son fecundadas, son rechazadas y degradadas a la categoria de "no-mujer". Lo peor. O casi lo peor. Hay otras castas de mujeres con sus respectivos uniformes y cometidos perfectamente definidos, sometidas a una violencia estructural brutal. No destriparé más. 

Este es el planteamiento central de la novela, pero es mucho más que eso. Margaret Atwood describe una sociedad patriarcal, esclavista, alienante -incluso para los propios varones-, que recupera mucho de lo peor de las sociedades que nos han precedido hasta lograr la nuestra que, con sus carencias y retos pendientes, es para mirarla con cariño, leído lo leído.

Lo más inquietante de la narración, a mi modo de ver, es que la protagonista nos hace saber desde el principio que lo que ocurre no ha sido siempre así. Es una mujer joven, pero tiene la edad suficiente para haber conocido nuestra sociedad tal como era antes de que todo el mundo quedara preso de una histeria colectiva por la supervivencia de la especie, el sometimiento de las mujeres como arma absoluta de control y la regulación represiva de todos los ámbitos de comportamiento social.

La protagonista va y viene del pasado reciente al presente y confronta los tiempos de tal forma que transmite una claustrofobia insoportable y el drama de una tragedia personal y social silenciada que busca rebelarse.

Sumergirme en historias como estas me hacen sentirme a salvo y agradecer la suerte y la oportunidad de vivir como vivo y dónde vivo. Pero también me hace renovar la consciencia de que hay otros mundos cerca del nuestro que requieren nuestra visión crítica, nuestro apoyo y nuestra denuncia permanente. No están demasiado lejos los pueblos y las personas que viven bajo el yugo de múltiples violencias. Quienes crean historias que suceden en entornos tan hostiles y asfixiantes como el de la criada del cuento beben de ahí, de esa realidad insoportable que se muestra cuando tenemos la valentía de asomarnos al mundo real y dejarnos tocar y conmover.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Gallos y gallitos

En este pueblo en el que estoy los gallos cantan cuando les da la gana. No es nuevo de este verano. Desde que vengo por aquí cada mes de agosto me hago la misma pregunta: ¿estos gallos están sin educar, son de una variedad rebelde de gallo o han perdido intuición y responsabilidad de despertar a los lugareños con el alba? O resulta que esto es así de siempre y yo no tengo ni idea de gallos ni de medio rural.
 
Hay un estudio por ahí que recoge que estas aves no necesitan la luz del sol para despertarse (doy fe). Aseguran que los gallos tienen un reloj interno que les alerta a la hora del amanecer. De hecho, cantan dos horas antes del amanecer, ofreciendo así un margen holgadete para el pis de la mañana, el aseo personal y un cafelito con un cacho de pan. Con dos horitas da también para zumito natural con exprimidor de mano, incluso. 

Quizá el ser humano se haya servido de este despertador natural durante años, pero lo cierto es que el gallo canta durante todo el día y no lo hace para alertarnos de nada. Lo hace para demostrar su estatus de macho dominante que marca su territorio y a sus gallinas. Ahí un completo de testosterona que ya nos constaba, ¿no?

Una vez lanzado aviso a navegantes de que esta corrala es mía y sigo siendo el rey, leo que, con su canto, el gallo también se dirige a las gallinas para poner en su conocimiento que ahí está él, que tiene mucho que ofrecer y que está activo sexualmente. Todo va bien, porque “existen estudios que parecen probar que el cacareo emitido por el gallo es del agrado de las gallinas. Lo es hasta el punto de que estimula su ovulación y hace que se les acerquen”. 

Bueno, pues en el reino animal parece que todo el mundo conforme; gallos y gallinas dando y recibiendo lo que la Naturaleza ha previsto para un equilibrio en la especie. Bien.

¿Pero qué pasa con los otros gallos? Los de nuestra especie. Los gallitos. ¿Qué pasa con ellos? ¿Están sin educar, son de una variedad rebelde de gallo o han perdido intuición y respeto por toda la que se mueve? 

Aquí donde estoy -y no solo aquí- escucho a gallos jóvenes que cacarean a niñas que empiezan a asomarse al mundo. Lo hacen en grupo, con sus voces sin acabar de armar… Se les ve ufanos, seguros, herederos de la misión de mostrar cuanto antes a las niñas que la calle es de los machos y que tienen la patente para intimidar, asustar y violentar a las hembras, sean de la edad que sean. He sido plenamente consciente hace muy poco de lo pronto que las niñas aprenden esto que va a limitar su comportamiento como seres sociales durante toda su vida.

Me pregunto durante cuánto tiempo más tendremos que educar a nuestras hijas en la libertad personal y en la confianza, y ser capaces de hacerlo compatible con el kit de supervivencia en la calle que necesariamente pasa por la prudencia, el temor y la tutela: evita situaciones, no te quedes nunca sola y llámame si te vuelve a molestar. 

Si los que saben de fauna aseguran que a las gallinas les gusta el arrebato de los gallos y se sienten estimuladas con sus cantos, nada que decir. Todo tan natural, tan de toda la vida…

Pero resulta que tan de toda la vida es también esto otro que comentaba y ahí sí que tenemos mucho que decir niñas, chicas, mujeres, educadoras y educadores de niños y de niñas.Tenemos que ser capaces de decir con convicción a nuestras niñas que la calle también es su espacio, sin ponerlas en riesgo cuando lo hacemos. Tenemos que poner mucho esfuerzo en enseñar a nuestros niños que comportarse como un gallo en la calle no es de recibo, que la calle es de todos y también de todas; y que tenemos que poder compartirla en paz, armonía y libertad. Tenemos que echar toda la carne en el asador con las nuevas generaciones y procurarles modelos sanos de conducta respetuosa y compañera.

De lo contrario, nos vamos a pasar muchos años soportando gallitos que cantan a destiempo y fuera de lugar; que nos arrinconcan sin miramientos en cualquier calle y que se creen con derecho y saben de su impunidad.

sábado, 29 de julio de 2017

Mi verano

Desde hoy es verano en mi corazón. Hoy arrancan mis vacaciones, mi paréntesis, mi recompensa. El verano empieza para mí cuando pongo kilómetros de por medio, me coloco la tobillera y me pinto de nuevo las uñas de los pies.

Para mí el verano no es una estación. Es un estado mental que permite reconciliarse con el modo de vida y, sobre todo, con la forma de ser. El verano me da todos los permisos, no me pone hora, acaricia mis ganas de sentir y me arremolina la melena con una pinza. Me agranda los ojos y me sopla sobre las pestañas; dora mi piel y arropa mis destemples vitales con abrazos de limpio sol.

Mi verano es una pedorreta ruidosa a las nubes de mi ciudad, al viento norte y al reloj. Mi verano es un silencio conquistado en mi cabecita repleta de discursos. Mi verano es una escapada consentida y breve que me concede la tregua necesaria para escuchar lo que mi cuerpo intenta contarme durante todo el año. Mi verano es casi creerme que vuelvo a ser yo. Mi verano es una voz dulce que me pregunta: ¿Qué te apetece hacer?

Mi verano es una añoranza tierna de mis amigas, a las que tanto -y cada vez más- debo y quiero. Mi verano es ocasión, lectura, descanso, mar, sandía y melón todos los días. 

Mi verano es el regodeo de tener castigada y sin salir a la rutina. Mi verano es escuchar a Javier; recuperarlo y pasear juntos. Es contemplar con devoción lo grandes que están ya mis hijas y sentir que merece la pena. Sé que mi verano es así porque los quiero tanto.

Mi verano es Baloo en la calle a todas horas; tener tiempo de mirarle con regocijo, de acariciar su pelaje maravilloso y de agradecerle que sea parte de mi vida y me acompañe como lo hace, desde su calma y su afecto.

Mi verano es pasearme por esta placita de "Ya sé yo mis cosas" para compartir mi paz, mis palabras, mi corazón contento y el dibujo expandido de mi sonrisa.

viernes, 23 de junio de 2017

Un lugar a donde no sé ir

Se puede quedar una ciudad pequeña aún más chiquita, cuando no hay un lugar al que ir. He buscado un tramo recóndito en los parques, una esquinita que respeten otros pasos y otras voces, pero hay demasiada gente en todas partes.

No me ha quedado otra que apoyar mi bicicleta en un banco, sentarme a un lado y echar mis dedos sobre esta pantalla para contarle que no sé a dónde ir.

Se está haciendo de noche pero le cuesta. Es la noche de San Juan, de las hogueras, de las brujas. Pero la bruja que llevo dentro está consumida, con la cabeza metida entre las piernas, sola por opción, sola entre la gente.

Estoy haciéndome la loca, evidenciando concentración sobre el móvil para que nadie me moleste, para que quien quiera que me conozca no me salude, no me pregunte, no me mire más, no me intimide, no me rompa la escapada que pretendo así, a la vista de quien quiera que pase.

Hay un lugar a donde no sé ir donde hay personas que seguro entienden que la tristeza y la ira son la cara y la cruz de un corazón roto al que no le llega la sangre. Hay un lugar en alguna parte donde las cosas no se cuentan ni se comparten; un lugar donde no cabe ni la reclamación ni la protesta porque el silencio tras la derrota lo ha colonizado todo.

Hay un lugar a donde no sé ir que me espera para ayudarme a desaparecer de todas las miradas. Pero no sé dónde está.

Cojo la bicicleta y reanudo mi camino sin meta en esta noche de San Juan tan triste.

viernes, 16 de junio de 2017

Mediocres con poder

Esta mañana he vivido una situación que me ha puesto del revés. La escuela últimamente me da muchos quebraderos de cabeza. Me gustaría ser justa y no generalizar pero me cuesta. Durante este curso que parece que no vaya a terminarse nunca, me he topado con personajes a los que puedo etiquetar sin miedo a equivocarme de mediocres; mediocres con su pequeño poder en el mundo, con su invasivo poder en la vida de los niños y niñas que están a su merced en sus aulas.

Me pasa últimamente con el profesorado como con los profesionales uniformados: me provocan una rabia y una desazón infinita con su prepotencia y su sartén por el mango. Agentes de policía, de la OTA, médicos, incluso. Pueden hacer contigo lo que quieran porque estás a su merced. Da igual si aportas argumentos, sensatez, actitud de entendimiento, alternativas... Da igual, si el placer de dictar sentencia provoca una complacencia tal que el sentido común, la empatía y los valores se diluyen en la relación entre personas.

Si hay algo por lo que estoy agradecida en la vida es por la sólida educación en valores que he recibido de mis padres. A pesar de que me ha complicado y complica mucho la existencia, hace que me sienta merecedora de respeto y amor. Hace que sienta que pago a plazos el privilegio de mi existencia a este lado del mundo.

Pongo el máximo empeño en transmitir esos mismos valores a mis hijas pero, en días como hoy, me llego a plantear si no sería más humano dejarse llevar por el impulso defensivo-agresivo ante una injusticia empoderada e impertinente en su victoria frente al débil.

No lo hago porque estoy comprometida con mi rol de educadora. Me tanteo la espada en mi cadera y la dejo estar. Me retiro de escena derrotada, dolida y queriendo creer que quizá algo de lo que aporté en la confrontación dejó una pequeña huella, un pensamiento al que darle una vuelta, una duda sobre si fue correcto o quedó en lo que pareció: otra batalla ganada de alguien mediocre con un poquito de poder y un ser más pequeño en la escala sobre el que volcar la carencia de otras cosas.

jueves, 1 de junio de 2017

Los deberes que me ponen a mí en el cole

A mi hija de 10 años le han puesto como tarea escolar leer diez páginas del capítulo 35 de El Quijote. Del auténtico. Nada de adaptaciones. También tenía que sacar tres "reseñas" (vocablo de uso infantil común, como todo el mundo sabe) y relacionarlas con alguna referencia de su corta vida.
¿Lo dejo aquí o me desparramo?

Ya me conocéis así que voy. Era una tarea puesta ayer para mañana. Mi hija me había advertido de que iba a necesitar mi ayuda, como otras veces. He llegado a las diez de la noche y me he encontrado esta joya de nuestra literatura en manos de mi chiquilla: "Me he leído las diez páginas pero no he entendido nada". He entrado en cólera: "¡¿10 páginas?! ¡¡De folio!! ¿¡¡De El Quijote de verdad!!?"

Yo pensaba que después de haberme tenido que cascar un trabajo sobre el Barroco en Semana Santa (recuerdo: 10 años) nos habíamos ganado la exención de deberes para el resto de curso todos los padres y madres sometidos al despropósito de la docencia más desubicada.

Pero se ve que no. Las diez y pico de la noche, espuma por la boca, ojos encolerizados, sapos y culebras dando saltos y reptando por toda la cocina, y una decisión que tomar con los folios bailando frenéticamente en una de mis manos.

A la mierda. A mí no me pone más deberes una profesora ni me dice cuándo ni cuántas páginas voy a leer de El Quijote una noche de miércoles con la ropa de la lavadora por sacar y tender, la cena por preparar y el día por finiquitar.

Estoy en contra de los deberes escolares que, por sistema, dilatan innecesariamente las jornada de los niños y niñas. Pero nos toca tragar, como hacemos con tantas cosas que van en el mismo lote que esta sociedad que se pierde a pasos agigantados lo mejor de la vida dándole alas a valores que no lo son.

Estoy en contra de los deberes escolares pero se me saltan las lágrimas de tener que estar escribiendo sobre los deberes escolares ¡para padres y madres! Ya vale.

Ni la lectura de El Quijote ni "hazme un trabajo sobre el Barroco, del que no te he contado ni media palabra en clase, contestando unas "preguntitas" buscando en internet" son tareas apropiadas para escolares de 10 años. Huelga decir que es una indecencia pretender que las hagan los padres y madres, que ya son mayores para asumir mandaditos. Pero la auténtica perversión es el peligroso "juego" del camuflaje de autoría al que entramos para salvarles la papeleta a nuestros niños y niñas. Porque van con los deberes hechos (cohechos en el mejor de los casos) y legitiman esas encomiendas para las que no tienen ni capacidad ni recursos.

Me voy a la cama. Con los deberes sin hacer.

domingo, 9 de abril de 2017

Atrapado entre las costillas

Me cuesta aceptar que cada trama ha tejido y rematado su propio cierre. No ha quedado un pie que ofrecer para una segunda parte.

Me he atrevido a abrir los ojos y a mirar de frente el nubarrón que se acerca. No sé si lo has visto, pero al sentir las primeras gotas he tirado mi paraguas. No te importa que me moje, ya lo sé. No suficiente. Tampoco te inquieta que esté menguando tan deprisa la luna.

Te intuyo detrás; nunca delante, no a mi lado. Me enojo porque no soy capaz de verte. Un poco más de tiempo, un poco más triste, menos luz, más sola la noche en vela.

Me cuelo entre las líneas intentando provocar el giro inesperado. Pero entre las palabras ha dejado de soplar el viento. Están quietas, cansadas y quizá en paz.

Lágrimas también desde mi cielo. Caen sobre los dedos de mis pies y se forman charcos que piso sin saber que eso les humilla. Se sacan la espina salpicando mis pantorrillas.

Pienso en aquella promesa pronunciada con fe y esperanza y en lo que queda de ella después de tantos años. Me atormentan las confesiones que aún no he hecho, las que hacen que me tiemble la voz y el corazón se me quede atrapado entre las costillas. Siento dolor pero no es nuevo; es más libre así, sin los efectos de los calmantes.

sábado, 25 de marzo de 2017

Una cosita

Hay una cosita. Un destemple, un dolorcito, un sueño sostenido, una pena, un temor, un recuerdo, un escalofrío, un tropezón, un ataque de tos, un dolor de cabeza, un llanto amordazado, una canción, una mirada, una carencia, una ilusión que se aleja, una ausencia.

El sonido olvidado de una risa, el gesto torcido de un rostro apretado, un cortocircuito, una preocupación a plazo fijo, el invierno tras la ventana, la llamada ignorada, las cosas fuera de sitio, un grito, unos minutos robados, una conversación sin interés, el Mediterráneo, Trump, el sentido.

Una piedra en mi zapato, un pendiente sin tuerca, una cremallera que se abre sola, las llaves olvidadas en la puerta, la pluma sin tinta, los plazos, las noticias, la varilla quebrada del paraguas, un no que no se entiende, un no que no se defiende, un sí  sin convicción, una puerta invisible donde haga lo que haga, se me ve.

miércoles, 8 de marzo de 2017

El fantasma

Ayer vino a verme un fantasma. No me di demasiada cuenta. Más bien fue como cuando te cruzas con alguien y te quedas pensando ¿era o no era? Pero ya desde esta madrugada he venido sintiendo su frío, sus palabras insolentes con ese eco que le ponen a cualquier sonido los recuerdos.

He estado muchos años evitando pasar por una calle porque me daba miedo el fantasma. Pensaba que ya lo había sacado de mi cuarto oscuro y había vuelto a poder mirar a esas ventanas sin sentir angustia.

Y resulta que ayer volvió y me encontró haciendo lo que hacía, en el mismo escenario donde aprendí a sentirme pequeña y víctima de un rechazo arbitrario que no pude comprender nunca.

En estos años yo me he hecho mayor, pero no sé si más fuerte. He crecido por dentro y por fuera, he conocido gente buena y menos buena, pero nadie tan oscuro como el fantasma.

Siento que ha regresado porque vuelvo a estar dentro de una batalla que ni he buscado ni quiero, porque siento de nuevo cuerdas inmovilizando mis manos y una red apretada en la boca de mi estómago. El fantasma ha regresado y crece mi inquietud.

Camine por donde camine aparezco en aquella calle, en aquel lugar, con el fantasma. Falta luz, falta aire; faltan rigor, humanidad y respeto. Estoy de nuevo a merced de su desprecio. Tiene otra cara, otra voz, otra edad, pero es el mismo escarabajo.

jueves, 2 de febrero de 2017

La vida en rosa de la flamenca

De repente un día me empezaron a llamar la atención los flamencos. Fue una cosa rara porque no me gustan nada las aves. Me dan grima, miedo y siempre me parecen demasiadas. Tampoco el rosa me resulta un color bonito. Puede ser que mis ojos hayan agotado ya la capacidad de percepción de toda la gama de rosas con todos sus matices, intensidades y brillos. Tener dos hijas somete involuntariamente a un empacho vital de rosa del que no es fácil escapar.

Y sin embargo me fascina ver a los flamencos: su altivez, su elegancia, su equilibrio. Y sí, su plumaje rosa, a veces casi rojo, me cautiva.

Me preguntaba si habría algo en el comportamiento de los flamencos que pudiera darme la clave de mi repentina pasión. Así que busqué. Y encontré: “los flamencos son especialmente exitosos en sus intentos de fuga”. La primera, en la frente. Cuánto que aprender y qué materia más interesante para mí. No sabía yo que cuando viven en cautividad les suelen recortar las alas para que no puedan volar (mi empatía se dispara y empiezo a imaginar lo que podría acabar siendo mi vida en rosa). Pero ocurre que las alas les vuelven a crecer y si no se está muy encima puede ser tarde para frenar el ansia de libertad del flamenco.

Hay más: no es fácil atrapar a un flamenco fugado. Qué maravilla. Fugarse con garantías no es cosa baladí. Parece ser que a mis admiradas aves rosas no les gusta un pelo ser molestadas por otros animales y mucho menos por los humanos, y por eso buscan emplazamientos aislados para asentarse.

Mi buceo por la información sobre los flamencos alcanza su punto álgido cuando leo que estas aves se reparten completamente el cuidado de las crías. Un sentimiento de injusto destino se apodera de mí: ¿por qué ser una mujer si puedes ser una flamenca? El flamenco y la flamenca hacen el nido juntos, se turnan para incubar los huevos y defienden el anidamiento. Pero lo más de lo más es que ambos tienen la capacidad para producir una secreción llamada “leche de buche” y alimentar a sus crías. Ahí lo tenemos: biología y costumbre en alianza suprema por la igualdad de oportunidades de flamencos y flamencas. Siento ganas de llorar ante tamaño descubrimiento.

Además de escaparse como nadie, procurarse la paz en sitios poco frecuentados y establecer hogares igualitarios, los flamencos saben hacer eso de mantenerse sobre una pata sin que peligre un ápice su altanería. Me gusta ese punto de soberbia que no hace daño a nadie.

Me ronda por ahí contaros un día la historia de una flamenca a la que le ha llegado el momento de volar. Sus alas han recuperado envergadura y a punto está de echar a correr, correr, correr… para impulsar ese vuelo hacia su lugar recóndito. Acaba de mudar sus plumas y está preciosa: esbelta, sublime, concentrada y maravillosamente rosa. Algún día, quiza pronto, me lance y cuente...

martes, 31 de enero de 2017

La rosca

Siempre que me ve escribiendo o leyendo sobre la cama, se sube de un salto. Sabe que, en teoría, no puede hacerlo, pero yo le dejo porque me encanta. Se arrima a mi cuerpo y se hace una rosca sobre sí mismo. Se mordisquea un rato y después posa su bonita cabeza sobre una de las patas delanteras. Su cuerpo se eleva al compás de su respiración y transmite... paz. 

Me tiro sobre él con suavidad y me abrazo, hundo mi cara en su pelo, lo beso, acaricio… siento su calor y su afecto cuando me mira. Enseguida se deshace para ponerse panza arriba y rendirse a una suave rascada de cuello y tripa. Sus ojos se entrecierran de placer… No hay un perro más bonito que el mío ni más cariñoso ni más tranquilo ni más zampabollos. Se lo comería todo si le dejara, pero ahí sí soy más estricta porque enseguida se pone malo de la tripa. Las renuncias tienen a veces su recompensa y aunque a Baloo no le compensen las privaciones, lo cierto es que tiene una bonita estampa: es un perro fuerte y fibrado y da gusto verlo correr, ir y venir.

Lo quiero con locura. En primer lugar porque sí: porque es de mi familia. En segundo lugar, porque no me da ni medio problema más allá de “fíjate en lo que queda de este algo no identificado que me he zampado” o “jo, es que era una perrita muy guapa” o “ese cachorro se estaba poniendo muy pesado y tiene que aprender a respetar espacios”.

Un perro es un compañero que te quiere porque sí, porque eres tú. Te acompaña y espera, respeta tus silencios, se suma a tu alegría sin pensarlo. No te juzga y si lo hace no te enteras, lo cual se agradece mucho en estos tiempos del gran hermano. Le da igual si estás guapa o fea; siempre te mira con devoción. Baloo es un bálsamo para mi alma porque tiene un carácter tan suave y brillante como su pelaje.

No digo nada que no sepa cualquier persona que tiene un animal en casa y lo quiere y lo cuida como yo. Pero hoy he querido plasmar que, en estos tiempos de sálvese quien pueda y mundo a la deriva, la sencilla estampa de un perro subido a una cama dejándose querer es lo más parecido a la serenidad que encuentro a mi alrededor. 

Si un día consigo hacer una rosca conmigo misma y abandonarme a un abrazo como lo hace Baloo, poco me va a importar que luego llegue quien yo me sé a reñirnos por haber dejado sobre la cama huellas evidentes de nuestro paso. Que nos quiten lo bailao´.

*Fotografía de Raúl Cerezo

miércoles, 25 de enero de 2017

Cuidados

Esta mañana casi he visto dos accidentes. Los dos desde mi bicicleta. 

Al otro lado de los raíles una niña y su abuelo cruzando, con el semáforo en verde, la carretera. Tras la carretera, un tranvía aproximándose. La niña echa a correr, porque los niños hacen eso a veces, inconscientes, seguros de su vida apenas estrenada... En un instante, las campanillas del tranvía están sonando sin parar y el abuelo grita "Maitaneeeeee...". La niña gira la cabeza, ve el tranvía y fuerza la carrera. El tranvía iba ya frenado sin dejar de tintinear. Maitane salva el peligro. El abuelo con el gesto congelado sin saber qué decirle; solo moviendo la cabeza de un lado a otro. La niña le sonríe queriendo librar la regañina con su encanto de nieta.

Maitane está bien porque la conductora del tranvía ha estado atenta y porque el abuelo le ha advertido a gritos.

500 metros más adelante, un claxon insistente irrumpe en mis pensamientos. A mi izquierda una furgoneta acosa con su cercanía y su pito a un turismo con el intermitente derecho marcado. No entiendo lo que pasa hasta que pasa. El coche gira a la derecha e inmediatamente da un volantazo y recupera el sentido de la marcha: se estaba metiendo en dirección prohibida. Yo estaba a punto de cruzar ese tramo de calzada. De haber seguido, me hubiera embestido. Me he librado yo y también los coches enfrentados porque quien conducía la furgoneta ha cuidado de todos nosotros.

Yo, que últimamente soy a menudo portavoz de la desesperanza, he sentido esta mañana que por encima (no sé si por debajo estaría mejor expresado) de las tropelías que esta humanidad tolera y perpetúa hay un sentido humano de protección mutua que se impone ante la alerta que provoca una amenaza. Es cierto que ocurre entre iguales: hombres, mujeres, niños y niñas que compartimos el tránsito en una calle, un determinado día; personas que no nos conocemos ni competimos por nada ni nos hemos hecho nada; que nos presuponemos gente de bien, con valores, principios...; llamados a ser comunidad y a contar los unos con los otros para sostener lo de todos. Es cierto que nos cuidamos... entre iguales. Pues ya es algo. Eso es que tenemos capacidad para hacerlo y que sabemos hacerlo.

Lo que nos queda ahora es trabajarnos el concepto de iguales y derrumbar todos los requisitos que ponemos a otros y a otras para ser merecedoras de nuestros cuidados.