Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Lo que no publico

Este blog tiene dos vocaciones: compartir y arrojar. La primera es la que cualquiera que encuentre este recoveco puede visualizar. La segunda es el auténtico "Ya sé yo mis cosas": todas esas piezas que escribo para sacar de adentro y aligerar un poco las alforjas. Cuando traduzco lo que escuece en frases, se hace más llevadero; me permite volcarlo, organizarlo y pensar sobre ello con más claridad. Corrijo, matizo, reestructuro y lo almaceno como "borrador".

En el borrador están las miserias, las batallas perdidas, frustraciones, miedos, complejos y desesperanzas. No publico esas entradas porque no me pertenecen. Cuido mucho cuando escribo de no citar ni señalar, porque si algo no deseo es dañar parapetándome en subjetivas razones.

A veces no se trata ni siquiera de esto. Hay borradores que no ven la luz porque arañan en la desilusión y el desconsuelo ante una realidad que a veces resulta insoportable. Tengo una pretenciosa vocación pedagógica adherida a las teclas que no me permite hacer sangre. Bastante proclives somos, en general, a agarrarnos al desaliento y a sentirnos legitimados para la tristeza. No sé por qué nos cuesta tanto enarbolar estandartes bellos. Debe ser que las personas estamos educadas para el valle de lágrimas y no para ser felices por el mero hecho de estar vivas, sanas y tener quien nos quiera alrededor.

Lo que escribo y no publico se gesta en el tiempo que transcurre entre el día y la noche. Un tiempo que no se mide en minutos sino en emociones. Un tiempo que se detiene y golpea con fuerza en las inseguridades y en las ausencias. Un tiempo que es cómplice del vértigo y de la soledad y que antes de cumplirse te amordaza.

lunes, 14 de noviembre de 2016

El chucu-chú del tren

Mis recuerdos más lejanos de viajes en tren son madrugadas del 1 de agosto. Habernos bajado de un taxi con mucho sueño y destemplados. Silencio, tensión y una espera demasiado larga, en exceso prudente. Apenas indicaciones prácticas del tipo "es en el otro andén" o "no te dejes esa bolsa". La ilusión por las vacaciones apenas desperezándose tras nuestras caras de madrugón.
Pienso en mi madre. Estaría cansadísima. Preparar lo necesario para dos semanas, para seis personas y hacerlo sola. Mi madre hizo demasiadas cosas sola cuando fuimos pequeños. En mis recuerdos está yendo y viniendo y no demasiado contenta. Pero a lo mejor no es tanto un recuerdo, como mi constatación de que aquella etapa sin duda fue dura para ella.

Los viajes en tren camino de la playa fueron durante unos cuantos años hasta que mi madre se sacó el carnet de conducir. Tenía 41 años y recuerdo que lo pasó fatal. Puedo ver con claridad la foto que se hizo para el documento en la que no parecía ni ella de la angustia que se reflejaba en su cara. Y aún así tan guapa, tan elegante.

Desde entonces, además de tantas cosas, mi madre también asumió ser la choferesa de todos, llevarnos y traernos por los caminos a demanda. Es curioso, porque con carnet o sin él esto de dirigirnos ya lo hacía.

Voy en tren hacia Madrid, como hace tantos años con mis padres y hermanos. También he madrugado mucho y apenas he conseguido cabecear en algunos momentos. El chucu-chú del tren es evocador. Miro por la ventanilla porque hace un rato que ha amanecido. Voy sola. Mis padres no están conmigo, tampoco mis hermanos. Pero igualmente me dirijo a Chamartín donde, por suerte, ya no esperan aquellos taxis negros de raya horizontal roja y con el techo interior taladrado de pequeños agujeritos. Aquellos coches eran para mí la antesala de la vomitona siempre. El olor de esas tapicerías y de la gasolina, el calor de Madrid en agosto en un coche totalmente optimizado, el estómago preparado para salir disparado en cualquier momento... Era el alto precio de ir de vacaciones.

Me he reconciliado con el tren. Ya no me mareo y puedo ir, incluso, leyendo o escribiendo, como ahora. No voy de vacaciones ni voy a pasar por Ferraz a ver a mi abuela, a mis tíos y a mis primos antes de tomar el siguiente tren hacia el sur. Qué bonita era la abuela... Con su maravilloso pelo blanco y sus ojos azules. Y lo contenta que se ponía mi madre de poder estar con los suyos.
Sol llegando a Madrid... En Vitoria, llovía.

domingo, 6 de noviembre de 2016

El trajín del pelotero

Me pregunto a dónde van las palabras que no decimos. Y a dónde los pensamientos que de tan prensados y acobardados no aciertan a componerse en frases. 

Sé que muy lejos, no; porque son temerosos. Los visualizo como escarabajos peloteros, haciéndose bola al menor roce. No sé hacia dónde se dirigen -me imagino- rodando. 

Podría ser hacia la boca del estómago, desde la cabeza y por la tráquea. También podría ser hacia los pulmones. O directo al corazón. Lo que sé bien es que yo cuando callo (con mayúsculas), de repente, no puedo pensar ni tragar ni respirar. Y me duele el corazón.

Así que va a ser que el pelotero va y viene de arriba abajo, de derecha a izquierda, buscando con tal trajín un lugar seguro. Y va a esconderse allí donde todo empieza y termina; agazapado, sintiendo su propia pesadez, el hastío propio de ser consciente de su destino: recoger y acumular fracaso por cada uno de los impulsos verbales abortados, redondearse sobre sí mismo y dejarse llevar por dentro.

No sé "a dónde irán los besos que guardamos, que no damos", como decía la canción. Quizá al mismo húmedo rincón del corazón donde hiberna y se consume el pelotero.