Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Las madres perdidas

Tiene que haber un lugar a donde podamos ir las madres sin destino; las que vagamos a la espera de las señales que nos lancen o intuyamos, deseando acertar. 

Tiene que haber un espacio -aunque sea mental- donde descargar un poco el peso de ser madres que si no estamos, vamos; madres que cuando caemos rendidas, sentimos que ya vuelve a empezar un nuevo día. Da comienzo y lo abordamos sabiendo que no podemos dirigirlo, sino sólo gobernarlo.

Tiene que haber una mecedora al sol para las madres que se pasan la vida recogiendo calcetines del suelo como si recondujeran pasos hacia un lugar correcto, hacia un lugar seguro.

Tiene que haber un abrazo disponible frente a cada madre que llora, aunque no sepa decir por qué o no quiera o le duela tanto que lo enmascare con sonrisas.
Tiene que haber en algún laboratorio de alguna parte una esperanza para el alivio del desconsuelo y del miedo y del alma dañada por tanta generosidad vapuleada.

Las madres perdidas no le importan a nadie porque son como los espíritus que alguien dijo que notó su presencia una vez, pero prefirió no darlo por bueno porque daba demasiado miedo. Las madres saben siempre a dónde van y tienen respuestas para todo. No necesitan nada. Siempre están.

Las madres perdidas no recuperan nunca a aquellas que fueron porque dar vida colocó para siempre en segundo plano su voluntad, interés o necesidad. Las madres de las que hablo no tienen malos hijos ni malas hijas. Sufren la mordedura del bicho de la responsabilidad, del “madre no hay más que una”, del servicio de por vida, del ponerse a la cola, del autoexamen de buena madre acogotando los días y las noches.

Hay madres perdidas capaces de reconocer que las suyas también lo estuvieron o aún lo están. Pero no lo compartirán: no se permite así como así traicionar la ley de la vida. Las hijas de las madres perdidas seguramente no supieron ver en las suyas su entrega, su renuncia, su paciencia, sus penas... hasta que ellas mismas fueron madres y por el camino se perdieron también. Las madres, o son buenas madres o tienen que llamarse de otra manera.

Escribo esto por si dentro de unos años no lo recuerdo o no sé expresarlo o no quiero o no estoy. Porque parece haberse puesto de moda el concepto de mala madre en clave de humor, para poner en valor la rebeldía ante la tiranía socialmente consentida de la maternidad. Yo pienso que muchas de aquellas que, ni siquiera desde el humor, se sienten cómodas en el concepto de malas madres, quizá lo que sientan es que están muy perdidas. O no. Lo que siente una madre, a veces, roza el misterio.