Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

martes, 26 de enero de 2016

Sobre las "sesiones teta" de cine

Vaya por delante que no creo en la existencia del instinto maternal ni creo que seamos necesariamente la mejor opción para nuestros bebés, por mucho que los hayamos gestado y parido, si es que ese ha sido el caso.

Estoy convencida de que la creencia de que las criaturas necesitan por encima de todo a sus madres (al menos en los primeros días, meses) es una herencia cultural interesada para que tengamos claro cuál es nuestro lugar y estemos agradecidas a la vida por tamaño don y oportunidad de realización. Que conste que me parece muy bien que haya mujeres que se sientan completas cuando son madres, que pongan a sus bebés en el centro de sus vidas y que asuman con esa generosidad encomiable digna de todo mi respeto, que sus necesidades se quedan sin cubrir un día y otro día y por muchos años.

A estas mujeres pienso que les gustará la propuesta de la "sesión teta" si les gusta el cine. De esta forma tan reduccionista se llaman las salas donde el sonido y la temperatura están adaptadas para recién nacidos; las películas se ven con algo de luz y tienen subtítulos para no perderse los diálogos si los bebés lloran. La mayoría de las salas de cine de Londres ofrecen estas sesiones que parecen ser una oportunidad de ocio para madres que dan pecho.

Debo sacar a colación que soy superviviente de un trauma: haber sido tiranizada por el fundamentalismo de la lactancia materna, también llamado #quéclasedemadreseríassipudiendonoledas

Sé que abordo temas peliagudos, sensibles. Puede que esté molestando con estas líneas a muchas mujeres que viven libremente y con placer la experiencia de la lactancia materna todo lo más que las circunstancias les permiten. Sin llegar a comprenderlas, las respeto tanto que me duele que nos juzguen a quienes nos hemos sentido presionadas y finalmente sometidas al estricto cumplimiento del reglamento oficial de la buena madre.

Volviendo al diseño de las "sesiones teta", pienso si, efectivamente, tener un bebé remite necesariamente a ser poseedora de una teta que provee. Quiero decir: que se puede ser madre (¡incluso, padre!) de un bebé y sustituir el amamantamiento por un bibe para poder irte al cine (o a donde quieras) un rato; un bibe que perfectamente podría ser de leche materna.

Creo firmemente en el derecho de las madres a poder ver más allá de nuestros bebés. Tener un hijo no obliga a firmar un contrato de desaparición de una misma desde el momento en que nace la criatura. Reivindico mi derecho a ser buena madre incluso cuando pienso en mí y en lo que me apetece. No creo que las "sesiones teta" nos ayuden a las mujeres. Al cine hay que ir tranquila, sabiendo que tienes garantizadas dos horas de cómoda butaca, sin interrupciones: solo tú y la historia que te cuentan. Un rato sólo para ti. ¿Te acuerdas?

No se trata de que haya un lugar donde me inviten a ir con mi bebé y donde no pase nada si llora (porque las pelis tienen subtítulos) y donde me esté permitido levantarme las veces que quiera, porque contaré con la total tolerancia del auditorio.

Se trata, en mi opinión, de abordar esta primera etapa de la maternidad desde una revisión de modelo de sociedad y desde el sentido común. Que puedas ir con tu bebé donde quieras -al cine o al Congreso- y que se acepte con naturalidad y respeto mutuo; quiero decir que si los cólicos nos sobrevienen en pleno desenlace de la peli, pues igual convendría salirse de la sala. Nada que no responda, como decía, al sentido común.

Para concluir, desde mi punto de vista, las "sesiones teta" son una trampa más. Ya basta de generar lugares para que mujeres se dediquen a cosas de mujeres y sigamos viendo, como lo más normal del mundo, la soledad en el arranque del proceso de dar a luz una vida.

martes, 12 de enero de 2016

Mayor

"Quizá uno empieza a envejecer en el momento en que empieza a dolerle la memoria". Me he encontrado con esta frase de Rosa Montero en Internet. Creo que es justo así.

Últimamente digo mucho que me siento mayor. Desde que cumplí los 40 parece que no hay día en el que me encuentre bien del todo. Y esto no tiene pinta de mejorar.

Pero no es eso, no es eso. Es lo que dice Rosa Montero: lo que me duele es la memoria; es lo que me está haciendo mayor. La ausencia de personas que se fueron para siempre, la de aquellas que separaron su camino del mío; ser consciente de todo lo que ya no es como era, aquellos y aquellas que son hoy tan distintos de como fueron; hacer a destiempo el duelo por lo que tuve y no retuve, por aquello que sentí y ya no siento. Duele recordarme trazando la ruta hacia un horizonte abierto, mi futuro; duele el derrumbe de certezas poderosas como la vida eterna de los padres, los amigos para siempre o las cuatro estaciones. Duele mirarse por dentro, reconocer y reconocerse. Y no ser capaz de perdonarse.

Enfrentar el día con la confianza quebrada, la esperanza remolona, la espalda cargada por el dolor causado, el agravio por la disculpa que no llegó y el miedo a lo que no podré o no sabré.

Veo crecer a mis hijas y me preparo para dejarlas hacer su petate y diseñar su itinerario. Pero no quiero. Las quiero creyendo a pies juntillas que su madre es la mejor: la más guapa, la más lista y la que siempre sabe lo que hay que hacer. Como cuando era algunos años más joven y los 40 una barrera ficticia y anticuada que marcaba el inicio del segundo tiempo solo si se lo permitías.
Es cierto que tengo unas cuantas tareas hechas que han dado y dan sentido a mi vida. Pero, en este momento de invasiva transición, me siento con derecho a tener memoria de los años transcurridos y a permitir que me duelan. Aunque ello me haga sentir de pronto mayor y un poco triste, porque como tantas personas, lo que yo aprendí es el valor de ser eternamente joven.