Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Veo

Leo el título de mi última entrada y me dan ganas de echarme a llorar. Ya decía yo que no había tanta buena gente como creía en el cúlmen de mi inocencia, pero es que resulta que hay poquísima, poquísima.

Estamos en plenas navidades y se supone que el buenismo campa a sus anchas por los corazones. Pues menos mal, porque en los últimos días a mí la vida solo me regala putadas. Bien es cierto que comparadas con otras cosas que también están pasando en estos mismos días, las que me han ocurrido a mí tienen una importancia menor. Pero me preocupan.

Me preocupan en tanto en cuanto me ofrecen una fotografía desoladora de nuestro tiempo. En este siglo XXI yo veo gente que no es persona sino individuo que conforma masa humana. Veo grupo social que oprime a lo pequeño, a lo sencillo, a lo frágil. Veo valores que agonizan cada minuto que pasa. Veo personas a las que admiraba, perder brillo en baños de vanidades. Veo también personas que envidian y se miden sin descanso con otras. Veo intrigas que buscan alimento y veo regocijo en el destape de errores ajenos. Veo gente que enciende una tele y rompe el silencio que alguien paladeaba.

Veo empequeñecerse la esperanza en hombres y mujeres que un día se sintieron fuertes para trabajar por mejorar este mundo. Y veo gente a la que nunca le tocan lo suficiente los demás. Veo personas a las que su trabajo no permite cubrir necesidades básicas y veo también a las que ni siquiera lo tienen. Y veo un poco más lejos la guerra y la miseria y, aquí cerca, también el abuso y el poder.

Veo niños y niñas maleados por la no vida que ofrecen las servidumbres materiales. Veo madres que no encuentran la salida porque sienten que no tienen derecho a buscarla. Veo gente que sufre porque no se siente amada ni cuidada ni necesaria. Veo a la enfermedad arramplar con todo y veo a la vida mirarme con desilusión.

Veo tiempo perdido y dolor por los rincones. Veo los sueños deshidratarse y mermarse. Veo un no retorno de destrucción consentida y de no mirarse a las almas.

domingo, 11 de diciembre de 2016

La buena gente

En un momento vital en el que la desesperanza me ronda, de pronto no me queda otra que reconocer la fuerza regeneradora que aporta la buena gente.
He compartido tres días con hombres y mujeres con las que creo que podría irme a cualquier parte. Lo tienen todo: inteligencia, formación, capacidad de comunicación, humanidad, generosidad, sentido del humor y un máster en calor; ese calor que prende con el contacto de un abrazo y crepita en un espacio común donde se hablan y reconocen las almas.

La buena gente consigue hacerme sentir que puedo aunque yo ya sepa que no. La buena gente ve de una lo mejor y hace que me sienta importante y necesaria, aunque yo esté tan cansada o sea tan cobarde que no me la juegue con un paso al frente.

Estos días he compartido visiones, pareceres, aprensiones, resistencias... con personas que no piensan como yo. Y qué fácil hubiera sido que no me hubieran ganado el corazón.

Nos han contado recientemente que la auténtica alianza se construye sobre verdad y la verdad hay que perseguirla trascendiendo la incomodidad que todo desencuentro provoca. Estos días he escuchado a diestro y siniestro, planteado contextos posibles que podrían desarmar las desconfianzas en uno y otro sentido. Hay posiciones que se han movido. Algunas. Un poco. Quiero pensar que esos ladrillos que se han desprendido de la muralla, puedan ser primeras piedras de un puente que si no va a servir para el diseño de un proyecto común, sirva al menos para reparar daño y sanar algunas de las heridas abiertas de mi buena gente.

Hay buena gente en muchas partes. Siento que son menos de las que creía (mi desesperanza no hace demasiadas concesiones). Pero yo tengo mucha suerte porque conozco un buen puñado de hombres y mujeres que me hacen sentir que no está todo perdido.

A toda la buena gente que se ha hecho un hueco en mi corazón, gracias por tanto.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Lo que no publico

Este blog tiene dos vocaciones: compartir y arrojar. La primera es la que cualquiera que encuentre este recoveco puede visualizar. La segunda es el auténtico "Ya sé yo mis cosas": todas esas piezas que escribo para sacar de adentro y aligerar un poco las alforjas. Cuando traduzco lo que escuece en frases, se hace más llevadero; me permite volcarlo, organizarlo y pensar sobre ello con más claridad. Corrijo, matizo, reestructuro y lo almaceno como "borrador".

En el borrador están las miserias, las batallas perdidas, frustraciones, miedos, complejos y desesperanzas. No publico esas entradas porque no me pertenecen. Cuido mucho cuando escribo de no citar ni señalar, porque si algo no deseo es dañar parapetándome en subjetivas razones.

A veces no se trata ni siquiera de esto. Hay borradores que no ven la luz porque arañan en la desilusión y el desconsuelo ante una realidad que a veces resulta insoportable. Tengo una pretenciosa vocación pedagógica adherida a las teclas que no me permite hacer sangre. Bastante proclives somos, en general, a agarrarnos al desaliento y a sentirnos legitimados para la tristeza. No sé por qué nos cuesta tanto enarbolar estandartes bellos. Debe ser que las personas estamos educadas para el valle de lágrimas y no para ser felices por el mero hecho de estar vivas, sanas y tener quien nos quiera alrededor.

Lo que escribo y no publico se gesta en el tiempo que transcurre entre el día y la noche. Un tiempo que no se mide en minutos sino en emociones. Un tiempo que se detiene y golpea con fuerza en las inseguridades y en las ausencias. Un tiempo que es cómplice del vértigo y de la soledad y que antes de cumplirse te amordaza.

lunes, 14 de noviembre de 2016

El chucu-chú del tren

Mis recuerdos más lejanos de viajes en tren son madrugadas del 1 de agosto. Habernos bajado de un taxi con mucho sueño y destemplados. Silencio, tensión y una espera demasiado larga, en exceso prudente. Apenas indicaciones prácticas del tipo "es en el otro andén" o "no te dejes esa bolsa". La ilusión por las vacaciones apenas desperezándose tras nuestras caras de madrugón.
Pienso en mi madre. Estaría cansadísima. Preparar lo necesario para dos semanas, para seis personas y hacerlo sola. Mi madre hizo demasiadas cosas sola cuando fuimos pequeños. En mis recuerdos está yendo y viniendo y no demasiado contenta. Pero a lo mejor no es tanto un recuerdo, como mi constatación de que aquella etapa sin duda fue dura para ella.

Los viajes en tren camino de la playa fueron durante unos cuantos años hasta que mi madre se sacó el carnet de conducir. Tenía 41 años y recuerdo que lo pasó fatal. Puedo ver con claridad la foto que se hizo para el documento en la que no parecía ni ella de la angustia que se reflejaba en su cara. Y aún así tan guapa, tan elegante.

Desde entonces, además de tantas cosas, mi madre también asumió ser la choferesa de todos, llevarnos y traernos por los caminos a demanda. Es curioso, porque con carnet o sin él esto de dirigirnos ya lo hacía.

Voy en tren hacia Madrid, como hace tantos años con mis padres y hermanos. También he madrugado mucho y apenas he conseguido cabecear en algunos momentos. El chucu-chú del tren es evocador. Miro por la ventanilla porque hace un rato que ha amanecido. Voy sola. Mis padres no están conmigo, tampoco mis hermanos. Pero igualmente me dirijo a Chamartín donde, por suerte, ya no esperan aquellos taxis negros de raya horizontal roja y con el techo interior taladrado de pequeños agujeritos. Aquellos coches eran para mí la antesala de la vomitona siempre. El olor de esas tapicerías y de la gasolina, el calor de Madrid en agosto en un coche totalmente optimizado, el estómago preparado para salir disparado en cualquier momento... Era el alto precio de ir de vacaciones.

Me he reconciliado con el tren. Ya no me mareo y puedo ir, incluso, leyendo o escribiendo, como ahora. No voy de vacaciones ni voy a pasar por Ferraz a ver a mi abuela, a mis tíos y a mis primos antes de tomar el siguiente tren hacia el sur. Qué bonita era la abuela... Con su maravilloso pelo blanco y sus ojos azules. Y lo contenta que se ponía mi madre de poder estar con los suyos.
Sol llegando a Madrid... En Vitoria, llovía.

domingo, 6 de noviembre de 2016

El trajín del pelotero

Me pregunto a dónde van las palabras que no decimos. Y a dónde los pensamientos que de tan prensados y acobardados no aciertan a componerse en frases. 

Sé que muy lejos, no; porque son temerosos. Los visualizo como escarabajos peloteros, haciéndose bola al menor roce. No sé hacia dónde se dirigen -me imagino- rodando. 

Podría ser hacia la boca del estómago, desde la cabeza y por la tráquea. También podría ser hacia los pulmones. O directo al corazón. Lo que sé bien es que yo cuando callo (con mayúsculas), de repente, no puedo pensar ni tragar ni respirar. Y me duele el corazón.

Así que va a ser que el pelotero va y viene de arriba abajo, de derecha a izquierda, buscando con tal trajín un lugar seguro. Y va a esconderse allí donde todo empieza y termina; agazapado, sintiendo su propia pesadez, el hastío propio de ser consciente de su destino: recoger y acumular fracaso por cada uno de los impulsos verbales abortados, redondearse sobre sí mismo y dejarse llevar por dentro.

No sé "a dónde irán los besos que guardamos, que no damos", como decía la canción. Quizá al mismo húmedo rincón del corazón donde hiberna y se consume el pelotero.

jueves, 20 de octubre de 2016

Ana

Te estaba esperando, querida Ana. Porque tengo algo que decirte. Quiero decirte GRACIAS. Por tu fidelidad a este blog, por acompañarme en este desparrame de mis cosas y por hacerme sentir que compartimos algo bonito cada vez que vienes por aquí.

Quiero darte las gracias por tu generosidad, por tu sensibilidad, por tu empatía y por esos abrazos maravillosos que me regalas cuando los necesito tanto. Por la prudencia y la alegría con la que vienes cada mañana. Por esos momentazos de chascarrillo impagables, por tu sentido del humor tan fino, por ser tan como eres: tan genuína.

Por ser tan bonita; también en su sentido más amplio. Por el trazo divino de tu lápiz rojo que subraya la errata con tanto respeto. Por haberte hecho un hueco en mi corazón.

Mi admiración, mi respeto, mi amistad, querida Ana.

 

jueves, 15 de septiembre de 2016

A este lado

Siempre hay sitio en mi vigilia para tu pena. Te escucho llorar y ya mis propias lágrimas están fuera de lugar. Con los ojos enrojecidos y el rostro húmedo acudo a tu llamada sin palabras. Te escucho, te entiendo y fabrico fórmulas mágicas para ti. Rescato todas tus capacidades y las pongo en valor para que atisbes tu destino. Me quiebro por dentro.

Te dejo y me alejo sin querer hacerlo, sintiendo que no me llega el aire aquí a este lado desde donde mis brazos no alcanzan lo suficiente para cubrirte con algodones.

Me pongo a disposición de Morfeo pero no me atiende. Necesito abrazarte, sentirte, acariciarte y escuchar tu respiración... Vuelvo. Apoyo la cabeza en tu almohada sin rozarte siquiera, sin saber muy bien si te tengo cerca o no tanto. Y tú me descubres, como siempre. Me hablas desde tus sueños y te dejas ir de nuevo. Y yo sabiendo que ya desde tu reposo también sabes cuánto te quiero, me alejo. Quebrada por dentro.

Me echo la mano al pecho como si mi pesar fuera tan torpe como para dejarse agarrar. Y crujen mis entrañas mientras lloro desde fuera hacia dentro.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Las madres perdidas

Tiene que haber un lugar a donde podamos ir las madres sin destino; las que vagamos a la espera de las señales que nos lancen o intuyamos, deseando acertar. 

Tiene que haber un espacio -aunque sea mental- donde descargar un poco el peso de ser madres que si no estamos, vamos; madres que cuando caemos rendidas, sentimos que ya vuelve a empezar un nuevo día. Da comienzo y lo abordamos sabiendo que no podemos dirigirlo, sino sólo gobernarlo.

Tiene que haber una mecedora al sol para las madres que se pasan la vida recogiendo calcetines del suelo como si recondujeran pasos hacia un lugar correcto, hacia un lugar seguro.

Tiene que haber un abrazo disponible frente a cada madre que llora, aunque no sepa decir por qué o no quiera o le duela tanto que lo enmascare con sonrisas.
Tiene que haber en algún laboratorio de alguna parte una esperanza para el alivio del desconsuelo y del miedo y del alma dañada por tanta generosidad vapuleada.

Las madres perdidas no le importan a nadie porque son como los espíritus que alguien dijo que notó su presencia una vez, pero prefirió no darlo por bueno porque daba demasiado miedo. Las madres saben siempre a dónde van y tienen respuestas para todo. No necesitan nada. Siempre están.

Las madres perdidas no recuperan nunca a aquellas que fueron porque dar vida colocó para siempre en segundo plano su voluntad, interés o necesidad. Las madres de las que hablo no tienen malos hijos ni malas hijas. Sufren la mordedura del bicho de la responsabilidad, del “madre no hay más que una”, del servicio de por vida, del ponerse a la cola, del autoexamen de buena madre acogotando los días y las noches.

Hay madres perdidas capaces de reconocer que las suyas también lo estuvieron o aún lo están. Pero no lo compartirán: no se permite así como así traicionar la ley de la vida. Las hijas de las madres perdidas seguramente no supieron ver en las suyas su entrega, su renuncia, su paciencia, sus penas... hasta que ellas mismas fueron madres y por el camino se perdieron también. Las madres, o son buenas madres o tienen que llamarse de otra manera.

Escribo esto por si dentro de unos años no lo recuerdo o no sé expresarlo o no quiero o no estoy. Porque parece haberse puesto de moda el concepto de mala madre en clave de humor, para poner en valor la rebeldía ante la tiranía socialmente consentida de la maternidad. Yo pienso que muchas de aquellas que, ni siquiera desde el humor, se sienten cómodas en el concepto de malas madres, quizá lo que sientan es que están muy perdidas. O no. Lo que siente una madre, a veces, roza el misterio.

sábado, 16 de julio de 2016

Los miserables de la tierra

Acabo de terminar de ver Los Miserables. Por tercera vez, y con la misma emoción de sentir la voz de "los miserables de la tierra" alzarse en canto y hacerse grande para enfrentar la lucha por la libertad.

A pesar de haber ralentizado mi pisada con el paso de los años, me sigue apasionando la gente que se mueve y arriesga por lo que cree. Me cautivan las personas con ideales y compromiso; se me encogen las tripas de admiración y se me hace un nudo en la garganta de tanto como quisiera expresar.
Hoy mi emoción y mi pensamiento están en Francia. Con las personas de bien que están sufriendo la pérdida de seres queridos o machacadas por la impotencia o superadas por la rabia o sin saber cómo encarar esta pesadilla del odio que hace pagar arbitrariamente con la vida. En Francia y en tantas partes del mundo.

Se me mezclan las emociones, la historia, la actualidad... y evoco a los miserables de la tierra de todos los tiempos; a los que jugaron el papel de buenos y a los que sintieron que les tocaba el de malos (y quiero pensar que no lo entendieron como tal). Pienso en la miseria como pobreza humana y no solo material. Y me pide la voz un esfuerzo para llamar a un abrazo universal que nos devuelva la fe en las personas y en las palabras que nos hagan entendernos de una vez.

Acabo este día duro con el fotograma de los miserables muertos de la rebelión de junio de 1832, enarbolando las banderas de la libertad y sublimados por su protagonismo en la historia de la revolución. No me detengo en las luchas concretas sino en la fuerza que despierta en las personas tener un objetivo común y perseguirlo en la creencia poderosa de hacer avanzar a los pueblos.
Los hombres y mujeres, los y las miserables de nuestro tiempo, quienes se harán un hueco en la historia como vencedores o como vencidos, quienes actúan con visión o con la más absoluta de las cegueras, quienes causan daño y quienes lo mitigan... tienen -tenemos- que seguir sin desesperar y solucionar tanto desencuentro y todo el dolor que provoca.

Como expresa maravillosamente el dibujo de mi querida Miryam Artola que hemos compartido en Doce Miradas, me sumo a ese necesario abrazo al mundo.
"Cuando el latir de tu corazón haga eco con el golpe de los tambores hay una vida a punto de comenzar cuando llegue el día de mañana".
Extracto de la canción final de la película "Los Miserables" (2012).

lunes, 4 de julio de 2016

Cemento

Cemento sobre los párpados. Cemento del que la piel no se impregna, y se reseca evidenciando sus grietas, impidiendo levantar la vista.

Cemento en la garganta, que no permite que vuelen las palabras para intentar que alguien las oiga. 

Cemento sobre las costillas oprimiendo el corazón, y también sobre la boca del estómago y los impulsos.

Cemento sobre las caderas que fuerza a acuclillarse. Cemento sobre los pies, que consigue formar una peana que impone una posición en el mundo.

Cemento aún untuoso desparramado por todas partes; cemento en el que introducir las puntas de los dedos poco a poco hasta sentir sumergidas las manos que en unos minutos endurecen.

En cuclillas, inmóvil y con la cabeza humillada sentir caer cemento deslavado, ligero que, como si fuera lluvia, mancha el pelo y la espalda a pedraditas.

viernes, 17 de junio de 2016

Solo los niños saben llorar

Mi compañera Nati murió el martes. Ha dejado un vacío muy grande y me siento profundamente triste por su pérdida. Las lágrimas me brotan al menor pensamiento que le dedico sin poderlo controlar.

No es quien más llora quien más acusa la ausencia, claro que no. Cada persona tenemos nuestra propia forma de encarar la desazón y la impotencia que provoca la muerte. Hay quien se protege y se guarda en su duelo y hay quien se expone y muestra en el dolor, incapaz de canalizar su emoción hacia parcelas más recogidas, más íntimas.

A mí me sobreviene el llanto. Intento contenerlo y a veces lo logro; pero otras veces no. 

Esta tarde, viniendo del funeral de Nati, pensaba en esto y en la incomodidad que generan las lágrimas de las personas adultas. Siempre que lloro, alguien me abraza y me consuela. Y yo pongo todo el esfuerzo en dejarme sanar por ese abrazo y dejar de llorar. Yo hago esto mismo cuando alguien se derrumba ante mí: abro mis brazos y ofrezco consuelo, caricias y besos. Lo hago, creo, por la misma razón por la que lo hacen conmigo: acompañar, sí; pero también por terminar con esa situación y recuperar la calma, porque la tristeza es incómoda y no la sabemos gestionar.

Cuántas veces decimos: "no quiero llorar". Me pregunto por qué. ¿Qué enseñanzas hemos recibido y transmitido sobre el llanto, la vulnerabilidad emocional y el corazón roto? ¿Quién nos exige ser tan fuertes? ¿Es menos fuerte el que llora?

La emotividad tiene un alto coste. Muestra nuestra puertita sin cerrojo; cualquiera puede colarse ahí y mirarnos por dentro. ¿Cuál es el problema de estar tristes, de añorar, de sentir dolor, rabia, impotencia, malestar físico, inapetencia...? ¿Cuál es el problema? Nos escondemos para llorar como si fuera algo malo. Creemos proteger nuestra intimidad y evitar a las demás personas el trago de vernos caer. Pero yo creo que lo que hacemos es levantar una presa en el cauce de un río que pide seguir su curso. Y también creo que así salvaguardamos la imagen pública: mostrar que está todo bien es tan importante como estarlo de verdad. La felicidad viste y suma; la tristeza incomoda y espanta.

Pienso que nuestra cultura del éxito no admite debilidades y hemos aprendido que la fragilidad hay que forrarla de algodón y cambiarle la crisálida en privado. Así las heridas no se airean suficientemente y no pueden formar su costra. Si no hay costra no hay cicatrización ni picor ni desprendimiento ni piel nueva.
Sé que hay personas que apenas lloran. No sé si es así porque cada una es como es o si es algo aprendido. Pero yo que sí soy de las que lloran, cuando no puedo hacerlo me siento mucho peor. Estoy agradecida a mi llorona de serie por darme la oportunidad de drenar mi tristeza.

Solo las niñas y los niños (felizmente) saben llorar. Se lo permitimos por su socialmente asumida incapacidad de afrontar la frustración o el dolor. Los niños se toman su tiempo para el desahogo, se regocijan en el abrazo y nunca, nunca piden perdón por llorar (incomodar). Qué maravillosa libertad ofrece la infancia para mostrarse en lo más primario, en lo más auténtico.

Estoy triste por la pérdida de Nati y creo que también por otras cosas que he estado reteniendo intentando que no se me desmadraran. Al traste con todo mi esfuerzo de contención porque me estoy poniendo morada de llorar.

Demasiada prisa, toda la razón y poca paz

Estoy a punto de terminar mi curso de "Superviviencia para ciclistas en la urbe" y voy a empezar otro que se llama "Cómo maquillarte para dejar de parecer una pava a la que se le puede decir lo que sea sin consecuencia ninguna". 

Hoy, otra vez, ha salido a mi paso (y no al revés), un viandante tipo que no me conoce de nada y que debe tener una vida muy aburrida y un espíritu muy abandonado. Es uno de esos que se creen con el derecho a increparme sin venir a cuento, sin educación ni respeto y, lo que es peor, sin información.

No sé desde cuándo tengo esta sensación tan inquietante de que hemos desaprendido a convivir. La gente va por la calle sintiéndose siempre con prioridad: da igual si eres peatón, ciclista, coche, moto, autobús, camión de la mudanza, camión de la basura o de vaciado de contenedores. Siempre es uno mismo el que tiene demasiada prisa y demasiada razón para tolerar al compañero de calzada; si además eres chica o mujer, la tensión crece ya exponencialmente. 

Yo no me meto con nadie. Soy bastante respetuosa con las normas y me dirijo a la gente en buenos términos. Y es cierto también que cometo mis pecadillos ciudadanos y a veces no hago las cosas bien. Consciente de mi imperfección trabajo mi tolerancia con las imperfecciones ajenas. Pero se ve que o este ejercicio no se enseña en las escuelas ni en las casas, o el corre-corre en el que hemos convertido nuestras vidas nos ha sumido en un ritmo de vida demencial en el que no cabe más que sucumbir a las exigencias de lo propio; sentimos que las reglas que rigen lo comunitario nos oprimen, y se nos pone muy mala leche cuando el otro, la otra, nos pide frenar o hacer sitio para el ejercicio de sus derechos. Siempre estamos en el lado de la razón; y si no lo estamos, haremos ver como que sí, hablando más alto que el otro, intimidando o violentando... Amigo, amiga: se siente. La casa es de todos y tenemos que acoplarnos y, si es posible, con paz.

Viandante que te has cruzado en mi camino esta mañana temprano: si la energía que has empleado en observarme, sacarme falta y llamarme al orden la hubieras empleado en pensar cómo puedes hacer que el día de hoy sea mejor para alguien, o en dónde está tu oportunidad de hacer un gesto que permita aliviar, aunque sea un poquito, a este maltratado mundo; si en lugar de gritarme te hubieras fijado en lo bonita que estaba la mañana y en que ya es viernes, en tener un pensamiento constructivo, en elevar una oración por alguien... No sé.

Yo solo iba en bicicleta pensando en mis cosas cuando me has arrojado tu crítica inoportuna y desairada. No sé de dónde te viene el impulso de incomodarme y hacerme sentir mal. No te he molestado, no me conoces, es temprano... ¿Tienes una vocación pedagógica incontenible? ¿Crees que me has enseñado algo con tus voces? 

Ya he pasado la tentadora fase de pararme y compartir mi conocimiento de la ordenanza de bicicletas con la gente que me increpa. No sirve para nada, porque quien entra de malas formas no tiene voluntad de entendimiento ni actitud de escucha, y acaba por recurrir al catálogo de tropelías que cometen los ciclistas (todos, se ve) para achantarme como si fuera yo la portavoz de la comunidad bicicletera.

Estaba enfadada cuando he empezado a escribir, pero ya no. Voy a indultarte, viandante, y voy a darle una oportunidad al día y a olvidarme de que te has cruzado en mi camino.

jueves, 2 de junio de 2016

Socorro: fin de curso otra vez

Ya escribí sobre esto el año pasado, pero voy a la carga otra vez. El fin de curso es un estado mental insoportable. No es posible concentrar tantos eventos artísticos y culturales en las mismas fechas e, incluso, en el mismo tramo horario. No es posible pero ¡ocurre! cada año.

Es un misterio que nadie está estudiando por lo de la fuga de cerebros y el maltrato a la investigación que nos gastamos en nuestro país. Es un misterio a la altura del de la Trinidad: Padre, Hijo, Espíritu Santo y Fin de Curso. El Padre y el Hijo no me dan mala vida; el Espíritu Santo, me inquieta un poco, la verdad. Pero el Fin de Curso me pone en erupción sin remedio.

Si durante el resto del año ya me la juego desarrollando la hipótesis de que el don de la ubicuidad será femenino-maternal o no será, en junio me desdigo del todo: no es posible estar en todas partes. El bicho este maligno que tenemos muchas mujeres insensatas que nos lleva a ir a por todas, se pone gordo en el mes del fin de curso y repta con su cara de "petaré, pero de momento paso". Repta por los recovecos de nuestro cerebro y va dejando sus cagolitas por donde pasa. Repta y aniquila la paz y el autocontrol.
Me cagüen todo.

lunes, 30 de mayo de 2016

Qué no daría yo

Por ver tus bonitos ojos fotografiando la vida con avidez, ilusión, esperanza; con filtros de todos los colores que seas capaz de imaginar.

Qué no daría yo por poderte abrazar desde dentro, sin que nadie pudiera vernos. Qué no daría por hacer con mis manos un cuenquito donde puedas reposar siempre tu corazón y sentirte a salvo.

Qué no daría por meterme en tu cabeza cada noche al cerrar tu libro y contarte historias bonitas que te transporten a mundos llenos de luz, sonrisas, seguridad y amor.

Qué no daría yo por aspirar tu inapetencia y devorarme en dos bocados tus miedos. Qué no daría por borrar de tu saber las palabras que te dañan, las frases que aún no te toca arrojar al mundo.

Qué no daría por saber mostrarte la grandeza que yo contemplo en tu cuerpo menudo; la sabiduría que se esconde ya en tu manera de estar en el mundo.
Qué no daría yo por acariciar tu pelo cada vez que no acierto, para aliviar tu disgusto y tu soledad.

Qué no daría por cambiar cada desplome por un baile en el que sonríes y me llenas de paz el alma con el regalo de tu danza.

Qué no daría por saber devolverle todo su brillo a tu estrella.

martes, 17 de mayo de 2016

Todas

Leo "todas" y me duele ese "todas". No sé si tengo derecho. A veces pienso que sí y a veces que igual no tanto.

Oigo lo que leo con el reverberar de una conversación lejana que se produjera en sueños. Pero sucede ante mí: limpia, completa, transparente. Sucede y me remueve; me emociona a sabiendas de que esta emoción morirá en mi pantalla en pocos segundos.

El tic-tac se crece hacia el primer plano de audio. Lo siento, lo escucho como todas ellas. Conozco esa sensación inquietante, ilusionante, agotadora y prometedora. Quiero tomar distancia y me cuesta, porque en los intentos de despegue siento que se me caen cosas importantes de los bolsillos.

Serán tres, pero no doce. Todo irá bien y sentiré mucho orgullo.
Y pasará. La normalidad volverá a las bandejas y se pondrá a cero el contador de los pasos. Caminaremos sabiendo que ni el ritmo ni el aliento ni las posibilidades son iguales para todas.

Serán cuatro y serán doce.

martes, 12 de abril de 2016

La maldición de la parábola de los talentos

Quien me conoce bien sabe que la parábola de los talentos (Mt 25, 14) me ha arruinado la vida. He crecido con la presión insoportable de desarrollar mis talentos en la medida de su potencialidad y nunca menos. Recibí una educación religiosa y estricta en el cumplimiento de las normas y la interiorización de valores irrenunciables para las personas de bien. Agradezco lo primero y lo tercero, y un poco menos lo segundo. El caso es que soy una suma de lo que recibí de mis padres y entorno más cercano, y de la dedicación personal a la rentabilidad de mis dones.

Crecí escuchando que tenía capacidad y herramientas para hacer lo que quisiera en la vida. Lo escuché en casa y en el colegio. Lo escuché como refuerzo positivo y también como reproche ante determinados fracasos. Lo escuché siempre sintiendo que había heredado una deuda insoportable a cuyo pago tendría que dedicar mi vida. Supongo que la obsesión con la que yo decido desarrollar mis talentos es responsabilidad exclusivamente mía y no le voy a cargar este muerto a nadie. Pero lo cierto es que es una mierda.

Es una mierda cuando se convierte en una maldición que cae sobre personas a las que quiero y las oprime como lo hace conmigo, disfrazando la penitencia vital de justicia o de compromiso con el bien común. Me siento hermanada con ellas en la frustración de ser consciente de que se esperan cosas de mí que yo siento que no puedo dar.

Como tantas veces, las tripas no secundan a la razón, porque ya sabemos que la mira tiene que estar puesta en nuestra felicidad y no en responder obsesivamente a la imagen que proyectamos. Que los demás, quienes nos miran y esperan tanto de nosotras, no son Dios ni nos llaman al Juicio Final para ver qué hicimos con los dones que nos fueron dados al nacer. Ya sabemos que está bien con esforzarse, ser responsable y tener la pretensión de aprender cada día algo nuevo que nos sirva y sirva también para ofrecer una pequeña caricia a nuestro maltratado mundo. Ya sabemos que a quien tenemos que complacer con los pasos que demos en la vida es a nosotras mismas.

Pero la verdad es que la parábola se ha posado en nuestras espaldas y la hemos dejado echar raíces, y asistimos a diario a los brotes de exigencia e inconformismo que tanto nos hacen sufrir. Y cuántas veces pasa que una es más resultona que guapa y acaba descubriendo que no da tanto de sí la cosa como le hicieron sentir. Y entonces ya solo queda desprenderse de las alforjas cargadas y permitirse ser quien se es.

domingo, 10 de abril de 2016

Bastante insoportable

Hace apenas una hora estaba pensando que este había sido un fin de semana muy bueno. Muy cansado, muchas cosas... Pero me había sentido bien.
Sentirse bien parece algo sencillo. No se trata de ser feliz ni de estar muy contenta; solo de sentirse... bien. Es poco ambicioso, ¿no? Un anhelo de modesta pretensión.

Yo tengo una tendencia pronunciada al atormentamiento: yo solita con todas las mochilas que me pesan me monto unos zipitostes elegantes. Me pongo a sacar incapacidades, inseguridades, retos mal ejecutados, conversaciones que no debí tener, comentarios que no debí hacer de esa manera, silencios que no debí consentir y me pongo ciega de echarme paladas de tierra hasta que concluyo que soy una tía bastante insoportable.

Sé que también tengo mis encantos (es lo que nos pasa a las personas intensas), pero creo que si me topara en la vida con alguien como yo, saldría corriendo.

Empezaba diciendo que había sido un finde chulo y que me había sentido bien... Hasta que he visto a mis hijas tener una discusión en la que lo único que he sido capaz de ver es la puesta en escena de lo peor de mí. Allí estaban: dándole su toque personal a la herencia más dolosa de su madre. ¿Cómo haces para ser convincente con un "eso no está bien" si te reconoces perfectísimamente en esas formas airadas, impertinentes, tiránicas?
A tomar por rasca la buena onda del fin de semana, porque cuando eres madre dejas de tener el control sobre tu vida y, sobre todo, sobre tu estado de ánimo. Pierdes el derecho a vivir en paz y te pasas el día en una montaña rusa, con lo poco que me gustan.

En unos minutos, esta entrada tocará a su fin, porque ya las oigo terminar de preparar las cosas de mañana. Van a venir, se me van a echar encima a abrazarme, a pedirme un beso... Y al sentirlas tiernas, mías, tan suaves... conseguirán que descorra mi cerrojo y me rinda a tanto amor como siento por ellas.

Y al final, de la terna de insoportables se caen dos, y me quedó yo sola con mis mochilas abiertas, mis cosas desparramadas y mi atormentamiento. Porque ellas, mis herederas, están sobradas de encantos. De sus genes macarenos me he de ocupar yo con un estropajito de paciencia y dale que te pego sobre la cadena de ADN. Por si me aburría o algo.

martes, 16 de febrero de 2016

La puta la nieve

Hoy estoy apocalíptica. Y egocéntrica. ¿Os suena eso de las pelis de "el Estado contra Henry Dolan" o "el pueblo contra Dona Jones"? Bueno, pues yo hoy puedo presentar jurisprudencia en el caso "el cosmos contra mí". Qué le vamos a hacer: el cosmos no tiene otro pito que tocar que alterar todas las malas ondas y redireccionarlas hacia mis circunstancias. No es una percepción subjetiva: esto es ciencia. Dadme un tiempo para desarrollar mi teoría y le birlo el Nobel al equipo de las ondas gravitacionales.

Es la puta la nieve. Yo lo sé. Nadie odia la nieve más que yo. Aunque no cuaje, aunque solo precipite cuando yo salgo de casa y cuando vuelvo. Porque eso es lo que hace. Se aguanta todo lo que puede (como hacen los niños con la respiración) y está alerta, controlando mis movimientos... Y en cuanto ve que pillo las llaves de la bici... ¡se alivia la nube recién llegada de Alaska sobre mi calle! Y me acompaña hasta el trabajo, porque me odia tanto como yo a ella.

En cuanto veo los primeros copos invadir mi campo visual, hago acopio de Orfidal. Por si acaso se me va de las manos lo que esté por pasar. Y lo que esté por pasar es todo: la mochila que se queda en la calle viéndonos marchar, la cadena de la bici que vuelve a estar fuera de su sitio, porque el bien común no saben ni lo que es en mi cuarto de bicis; la baldosa -la puta la baldosa rota y su balsa de agua subterránea-; la señora (o el señor) que me afea la conducta equis (da igual; siempre hay algo que hago mal, se ve). Y el calcetín que se te come... Dios mío: hace 30 años que no se me comía un calcetín.

Esta mañana, a diez minutos del trabajo me he bajado de la bici. Me he quitado la capucha, me he abierto el abrigo y me he puesto chula. "¡Porque tú lo digas voy a tener que ir disfrazada de crisálida, que me muero de calor!!!!!". Entre la mala uva, el pedaleo y la agresión permanente de los copazos hacia mis ojos... a punto de entrar en erupción he estado.

He llegado a la oficina y ha dejado de nevar. Ahí lo dejo. Nada que declarar. Es lo quiere y no pienso seguirle rollo. Solo quiere protagonismo. Como ya casi no curra porque nos estamos cargando el planeta, se dedica a torturarme para ver si la convierto en trending topic. Va lista. De todo esto a Twitter ni mu.

martes, 26 de enero de 2016

Sobre las "sesiones teta" de cine

Vaya por delante que no creo en la existencia del instinto maternal ni creo que seamos necesariamente la mejor opción para nuestros bebés, por mucho que los hayamos gestado y parido, si es que ese ha sido el caso.

Estoy convencida de que la creencia de que las criaturas necesitan por encima de todo a sus madres (al menos en los primeros días, meses) es una herencia cultural interesada para que tengamos claro cuál es nuestro lugar y estemos agradecidas a la vida por tamaño don y oportunidad de realización. Que conste que me parece muy bien que haya mujeres que se sientan completas cuando son madres, que pongan a sus bebés en el centro de sus vidas y que asuman con esa generosidad encomiable digna de todo mi respeto, que sus necesidades se quedan sin cubrir un día y otro día y por muchos años.

A estas mujeres pienso que les gustará la propuesta de la "sesión teta" si les gusta el cine. De esta forma tan reduccionista se llaman las salas donde el sonido y la temperatura están adaptadas para recién nacidos; las películas se ven con algo de luz y tienen subtítulos para no perderse los diálogos si los bebés lloran. La mayoría de las salas de cine de Londres ofrecen estas sesiones que parecen ser una oportunidad de ocio para madres que dan pecho.

Debo sacar a colación que soy superviviente de un trauma: haber sido tiranizada por el fundamentalismo de la lactancia materna, también llamado #quéclasedemadreseríassipudiendonoledas

Sé que abordo temas peliagudos, sensibles. Puede que esté molestando con estas líneas a muchas mujeres que viven libremente y con placer la experiencia de la lactancia materna todo lo más que las circunstancias les permiten. Sin llegar a comprenderlas, las respeto tanto que me duele que nos juzguen a quienes nos hemos sentido presionadas y finalmente sometidas al estricto cumplimiento del reglamento oficial de la buena madre.

Volviendo al diseño de las "sesiones teta", pienso si, efectivamente, tener un bebé remite necesariamente a ser poseedora de una teta que provee. Quiero decir: que se puede ser madre (¡incluso, padre!) de un bebé y sustituir el amamantamiento por un bibe para poder irte al cine (o a donde quieras) un rato; un bibe que perfectamente podría ser de leche materna.

Creo firmemente en el derecho de las madres a poder ver más allá de nuestros bebés. Tener un hijo no obliga a firmar un contrato de desaparición de una misma desde el momento en que nace la criatura. Reivindico mi derecho a ser buena madre incluso cuando pienso en mí y en lo que me apetece. No creo que las "sesiones teta" nos ayuden a las mujeres. Al cine hay que ir tranquila, sabiendo que tienes garantizadas dos horas de cómoda butaca, sin interrupciones: solo tú y la historia que te cuentan. Un rato sólo para ti. ¿Te acuerdas?

No se trata de que haya un lugar donde me inviten a ir con mi bebé y donde no pase nada si llora (porque las pelis tienen subtítulos) y donde me esté permitido levantarme las veces que quiera, porque contaré con la total tolerancia del auditorio.

Se trata, en mi opinión, de abordar esta primera etapa de la maternidad desde una revisión de modelo de sociedad y desde el sentido común. Que puedas ir con tu bebé donde quieras -al cine o al Congreso- y que se acepte con naturalidad y respeto mutuo; quiero decir que si los cólicos nos sobrevienen en pleno desenlace de la peli, pues igual convendría salirse de la sala. Nada que no responda, como decía, al sentido común.

Para concluir, desde mi punto de vista, las "sesiones teta" son una trampa más. Ya basta de generar lugares para que mujeres se dediquen a cosas de mujeres y sigamos viendo, como lo más normal del mundo, la soledad en el arranque del proceso de dar a luz una vida.

martes, 12 de enero de 2016

Mayor

"Quizá uno empieza a envejecer en el momento en que empieza a dolerle la memoria". Me he encontrado con esta frase de Rosa Montero en Internet. Creo que es justo así.

Últimamente digo mucho que me siento mayor. Desde que cumplí los 40 parece que no hay día en el que me encuentre bien del todo. Y esto no tiene pinta de mejorar.

Pero no es eso, no es eso. Es lo que dice Rosa Montero: lo que me duele es la memoria; es lo que me está haciendo mayor. La ausencia de personas que se fueron para siempre, la de aquellas que separaron su camino del mío; ser consciente de todo lo que ya no es como era, aquellos y aquellas que son hoy tan distintos de como fueron; hacer a destiempo el duelo por lo que tuve y no retuve, por aquello que sentí y ya no siento. Duele recordarme trazando la ruta hacia un horizonte abierto, mi futuro; duele el derrumbe de certezas poderosas como la vida eterna de los padres, los amigos para siempre o las cuatro estaciones. Duele mirarse por dentro, reconocer y reconocerse. Y no ser capaz de perdonarse.

Enfrentar el día con la confianza quebrada, la esperanza remolona, la espalda cargada por el dolor causado, el agravio por la disculpa que no llegó y el miedo a lo que no podré o no sabré.

Veo crecer a mis hijas y me preparo para dejarlas hacer su petate y diseñar su itinerario. Pero no quiero. Las quiero creyendo a pies juntillas que su madre es la mejor: la más guapa, la más lista y la que siempre sabe lo que hay que hacer. Como cuando era algunos años más joven y los 40 una barrera ficticia y anticuada que marcaba el inicio del segundo tiempo solo si se lo permitías.
Es cierto que tengo unas cuantas tareas hechas que han dado y dan sentido a mi vida. Pero, en este momento de invasiva transición, me siento con derecho a tener memoria de los años transcurridos y a permitir que me duelan. Aunque ello me haga sentir de pronto mayor y un poco triste, porque como tantas personas, lo que yo aprendí es el valor de ser eternamente joven.