Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Tu beso de la foto

Ahora tengo tu número. Ahora que ya no estás en línea, ahora que ya no lo necesito para hablarte. Ahora tengo tu número y con él una puerta abierta de par en par a la que me asomo con respeto y me muero de frío.
Las preguntas: ¿por qué, por qué tan pronto, por qué a ti? Los comentarios: qué injusto, qué pena más grande, qué vida ésta... Los silencios, las lágrimas, la ausencia, omnipresentes.

He buscado entre mis fotos tu simpatía, tu belleza y evocar mis recuerdos. Y me he dado de bruces con la certeza de lo mucho que nos quisimos: lo he visto en un montón de fotos en las que aparecemos abrazadas, sonrientes y hay una en la que yo miro a cámara y tú me das un beso.

La tristeza que siento es invasiva, querida amiga. Se me ha colado por todos los rincones del alma y me ha abofeteado con la evidencia de la juventud que compartimos y el tiempo robado.

Me quedé en la barrera, resignada y dolorida, dejando marchar sin comprender nada... Se nos fueron los años sin ponerle remedio a ni siquiera sé qué. Y no volví a verte, aunque supe de ti y en la prudencia te deseé lo mejor de lo mejor.

Pensaba que a lo mejor cualquier día, en una calle, en una tienda, en un bar... Hasta que hace poco supe que se me había hecho tarde, muy tarde, y que no tendría la ocasión de abrazarte. Nunca más.

Escribo estas palabras porque dentro me queman. Y te las dirijo a ti por si desde algún lugar o estado me lees. Ahora tengo tu teléfono y no me sirve de nada. Siento tanta rabia, tanta rabia. Tanta pena, tanta.

Mis recuerdos me hacen sonreír, mientras no doy abasto retirando lágrimas. Mis álbumes te guardan y te guardarán, porque bonito fue conocerte y escucharte reír. Tu inteligencia, tu fina ironía y tu valentía me vienen a la cabeza mientras mi corazón se estremece.

Me he quedado sin verte, sin despedirme. Me he quedado expuesta con la pérdida no resuelta.

Me he quedado pensando en esta vida y en ese número de teléfono que hoy se cuela en mi agenda para nada ya.

Tengo apretado contra mi mejilla tu beso de la foto. Como si fuera de ayer y pudiera ser para siempre.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Luces, sombras, colores, hombres y mujeres.

Una impresionante fotografía aérea del valle de Hushé me transporta a la realidad pedregosa, austera, tremendamente dura, de la vida que tiene lugar allí en la cordillera del Karakorum. Hombres, mujeres, niños y niñas plantan cara al presente en una aldea remota de esta región hasta la que se hacen llegar, de cuando en cuando, senderistas, montañeros y montañeras que sueñan con alcanzar la cumbre de un ochomil.

Son los hombres quienes reciben las visitas de los aventureros y se les ofrecen como porteadores o guías de montaña. Mientras ellas, al resguardo del hogar, colorean la supervivencia que se diseña intramuros, tejiendo el porvenir de los suyos a base de trabajo y entrega a sus familias.

Me resulta fascinante el contraste entre las luces y colores con los que las mujeres se adornan, ajenas al mundo, y la gama de grises, ocres, pardos y sombras que captura el objetivo en los primeros planos de ellos en el terreno.
Puedo sentir el tacto de la piedra y el polvo en mi garganta porque estoy allí, transportada por bellas fotografías. Indigna es la fotogenia de la pobreza y, al propio tiempo, poderosa: me remueve, me provoca, me interpela, me invita a asomarme y a pensar. Contemplo seres humanos con un presente rebajado y un futuro contenido; mujeres que apenas pintan en la vida pública de sus comunidades, a pesar de tener espléndidas paletas y los mejores pinceles.
Pienso. Pienso en los bebés que nacen niñas. Carraspeo. Bebo agua y alivio la sequedad de mi boca. Es este ambiente tan astringente… Este “aquí y ahora” que contemplo con pesadumbre, pero con respeto. Me reconforta saber de proyectos que se cuelan en las casas y abren puertas y ventanas, para que oigamos, aunque sea bajito, la voz de las mujeres del valle.

Me gustaría mirarlas a los ojos a todas. Como puedo hacerlo con ellos. Me aliviaría descubrir que hay sonrisas reservadas bajo sus pañuelos. Me quedo con la duda porque las encuentro entregadas al aprendizaje sobre sus cuadernos. Puedo verlas también de espaldas, silueteadas por tejidos luminosos de bonitos y contrastados colores.

Las intuyo coquetas. Se pintan las uñas, aunque las horas de trabajo en la casa y en la tierra no permitan que el esmalte permanezca. Las adolescentes delinean sus ojos y me miran con esa fuerza que emana de la juventud y que parece estar diciendo: “quién te dice que mi vida no será distinta”.

Ciertamente, hay esperanza. Siempre. En una sociedad tan ancestral como la baltí, el empoderamiento de las mujeres y el consecuente impulso de su desarrollo personal y participación en la comunidad, empieza a dar sus frutos. Los hombres han asumido que si quieren avanzar como sociedad deben diseñar junto a ellas el nuevo modelo.

En el vecino valle de Hunza, los imaelitas de la zona reconocen el papel fundamental de la mujer en la familia, en la educación de los hijos e hijas y en la sociedad. Allí se pueden ver mujeres con el rostro descubierto que saludan sin apartar la mirada.

Como lo hace la mujer que me deja pensativa al final de mi viaje. La de la fotografía que nos muestra el futuro del valle de Hushé, en esa niña recién nacida a la que sujeta sin dejar de interpelarnos. No sonríe, pero sostiene su mirada todo lo necesario para hacernos llegar su mensaje: ¿sabrá de justicia y derechos humanos esta niña?

Busco responderle: algo que decir para conseguir dulcificar esa mirada que me inquieta y me provoca. Sabe que me está alterando con sus sobradas razones y su porte digno. Callo y admiro. Podría parpadear y cambiar de imagen, de pensamiento. Librarme. Pero no quiero. Asumo mi incomodidad, mi responsabilidad en la desigualdad, la pobreza y el futuro incierto de esa niña desnuda a la que aún puedo verle la cara completa. Y pienso en cómo se parece a nuestras bebés: tan chiquitina, tan frágil, tan necesitada de arrope, tan confiada a unos brazos más grandes, a unos pechos colmados y a una nana, que será todo lo que necesite antes de caer rendida.

Doy gracias por la oportunidad de haber viajado al Karakorum a través de maravillosas fotografías. Me quedo con todas las luces y todas las sombras; con los colores vivos y también con los grises de la piedra, marrones y verdes de la vegetación y la tierra; las motas rojas y naranjas de los frutos… Me quedo con la certeza de que hay que jugar con los claroscuros y mezclar los colores del paisaje con los del hogar. Aprender a combinar, a enriquecer, a apostar por la igualdad de oportunidades.

Conmovida me he puesto a teclear y a contar mi viaje. Sé que solo es una crónica desde la seguridad de mi vida acomodada. Quiero pensar que he podido abrir una ventana a través de la que echar una mirada e invitar a alguien más a visitar el valle de Hushé, en el Karakorum, lugar recóndito y castigado de nuestro mundo.
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Este texto es mi aportación a la colaboración que la Fundación Baltistán pidió a Doce Miradas, para acompañar la exposición de fotografías Karakórum de Mikel Alonso. Todos nuestros textos están recogidos en un periódico hecho para promocionar la exposición y el trabajo de la fundación en el valle de Hushé, en Pakistán.
Un auténtico placer corresponder, como una de las Doce Miradas, a esta invitación.
La exposición Karakórum estará en la Sala Rekalde (Alameda Rekalde 30, Bilbao) desde hoy, jueves 3 de diciembre, hasta el 10 de enero de 2016.