Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

viernes, 20 de febrero de 2015

Morir a poquitos

Una persona a la que quiero acaba de perder a su padre. Tengo una edad en la que la muerte es tenida en cuenta por imperativo vital. Irrumpe en mi vida de forma más o menos directa, pero a cada poco y poniendo patas arriba las rutinas y las emociones.

Hace unos días hablaba con unos familiares sobre la muerte de los hijos o de las hijas. No soy capaz de imaginar un trance más doloroso. Coincidíamos en que con algo así se puede aprende a vivir, pero es, sin duda, una amputación que tiene que sentirse forzosamente hasta el final de los días. Hablábamos también de la vida y de la muerte en términos relativos al contexto en el que se producen. Duele lo mismo perder un hijo en África? En familias en las que se tienen 10 hijos y sobreviven 4, la muerte desgarra igual? Incluso: tiene en zonas de subdesarrollo, pobreza, conflicto... el mismo valor la vida? Soy cruel, prepotente... por poner en cuestión la herida de la pérdida de un ser querido dependiendo del lugar y situación en la que se produce? Sí es así pido sentidas disculpas. 

Últimamente pienso mucho en la muerte. Porque la siento cerca, rondando. No sé si es a mí, a los míos, a las personas cercanas, conocidas... Da igual. La conclusión no puede ser otra: la muerte está ahí, tan presente como la propia vida. Reconocerla, temerla o convivir con ella es una mera cuestión de actitud. Cada vez hay más personas que se forman para acompañar en el duelo y están haciendo un gran trabajo. Tenemos que ser capaces de afrontar las pérdidas con paz. Conozco a personas que han hecho unos procesos emocionantes de preparación para dejar marchar y añorar en calma, aunque tenga que ser una calma triste.

Iniciaba esta entrada hablando de la pérdida de un padre. O de una madre. Ley de vida. No? Ya. Tengo la suerte de tener padre y madre, pero temo el momento en el que ocurra: los perderé para siempre. Imagino que tiene que ser algo así como ser un árbol de estos frondosos y que te arranquen una raíz gruesa bien agarrada que te alimentaba y te servía de referencia: de dónde vienes y a quién te debes. Pienso que debe sentirse uno muy desamparado sin esa fuente de la que beber y en la que reconocerse. Pienso en una impotencia rabiosa, en una tristeza profunda, en un aullido que se escapa desde las entrañas.

En este centrifugado al que estoy sometiendo mi vida en los últimos tiempos, me estoy mareando un poco. Entro en estados de confusión que me desestabilizan, pero que al final del trance, me iluminan. Estoy siendo plenamente consciente de que dejarse llevar por la senda de una existencia marcada por las circunstancias es como morir a poquitos. En el momento en el que una mirada crítica sobre tu presente no devuelve un balance positivo, la vida pierde puntos y te arrima a sentimientos destructivos de muerte espiritual. Creo en la responsabilidad personal de poner en valor nuestra propia vida. Porque es una cuenta atrás inexorable que no sabemos qué velocidad lleva.

Hace una semana nació un bebé que me ha convertido en tía abuela! En breve, voy a ser tía. Tía normal, jajaja... Y esta bebita que ya está entre nosotros y este bebito al que esperamos con tanta ilusión son la manera más fácil de agarrarse a la vida. Servido en bandeja, porque nos ayudan a compensar, a recuperar la esperanza en lo que está por venir, en las personas que serán y en lo que aportarán a nuestro maltratado mundo.

Pero no ocurrirán milagros. Morir a poquitos es inevitable y entonces qué nos queda? Nos queda el deseo de un descanso en paz, como dicen las esquelas y las lápidas. No sólo para los que se van para siempre, sino para las personas que nos quedamos por aquí todavía y tenemos la oportunidad de vivir. Y ése es el único milagro que yo veo posible: que esto, sea VIDA.


miércoles, 4 de febrero de 2015

La vuelta al calcetín

Quienes me conocéis bien quizá habréis echado en falta que no haya despotricado suficientemente por aquí sobre la nieve. Y no es que haya aprendido a apreciarla después de los años: la odiaré siempre. Es porque estoy haciendo grandes esfuerzos por ignorarla y las circunstancias que vivo me están poniendo fácil no tenerme que enfrentar demasiado a su hipócrita belleza y a su estampa mentirosa. La nieve es tan prepotente que no da opción.

Estoy ahora mismo en el trance de poner mi casa patas arriba, de darle la vuelta al calcetín y arrancar las pelotitas que se han ido formando con el tiempo, cortar algún hilo de la costura... el que se mete entre los dedos, con lo incómodo que es. Estoy en el proceso tan enriquecedor como doloroso de mirarse por dentro. Cuando llega el momento, lo haces. Porque es eso o no poder vivir.

Es una mierda. Porque nada de lo que ves te gusta. Es mucho mejor apalancarse en la imagen creada de una misma que asumir la intolerancia, la imperfección, las malas prácticas, los excesos que hacen daño a terceros, la exigencia y la lista negra que, sin ser consciente, he ido elaborando con las decepciones acumuladas con los años.

Desde ayer me ronda una pregunta de las que no tienen fácil respuesta: cuántas de las personas que yo quiero están dispuestas a pasar por alto todos mis errores? Sólo porque me quieren. Porque dan por hecho que cuando yerro no hay mala fe, que cuando algo que dije hirió, fue porque otra herida no me permitió tamizar debidamente? Con cuántas personas puedo permitirme caminar sin excesivo tiento, sin la exigencia permanente de estar a la altura? Cuántas personas están conmigo "a muerte"?

Aquí saco a colación la lista negra otra vez. Porque si algo he aprendido con los años es que la justicia de la tierra es cuestionable y la divina está por ver. Y que bien no siempre devuelve bien; ni compromiso, resultados; ni entrega, amor; ni devoción, lealtad; ni sangre, vida.

Cuando he empezado a escribir estas líneas, acababa de bajar las persianas y tenía la imagen de una calle ancha cubierta con un manto en la que no podía situar ni carretera ni acera ni vías del tranvía. Ahora me he dado cuenta de que ésa es la imagen que me ha puesto a escribir. La nieve se ha colado sin permiso en mi cuerpo pintándomelo de blanco y traspasándome todo su frío y su incertidumbre. Me pilla sin palas, sin sal. Me pilla consciente de que las previsiones del tiempo no mejoran. Me llena de impotencia y si supiera cocinar, me ponía ahora mismo a preparar calamares en su tinta para arruinarle la pureza a esta inclemencia que es mucho más fuerte que yo.