Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Tu beso de la foto

Ahora tengo tu número. Ahora que ya no estás en línea, ahora que ya no lo necesito para hablarte. Ahora tengo tu número y con él una puerta abierta de par en par a la que me asomo con respeto y me muero de frío.
Las preguntas: ¿por qué, por qué tan pronto, por qué a ti? Los comentarios: qué injusto, qué pena más grande, qué vida ésta... Los silencios, las lágrimas, la ausencia, omnipresentes.

He buscado entre mis fotos tu simpatía, tu belleza y evocar mis recuerdos. Y me he dado de bruces con la certeza de lo mucho que nos quisimos: lo he visto en un montón de fotos en las que aparecemos abrazadas, sonrientes y hay una en la que yo miro a cámara y tú me das un beso.

La tristeza que siento es invasiva, querida amiga. Se me ha colado por todos los rincones del alma y me ha abofeteado con la evidencia de la juventud que compartimos y el tiempo robado.

Me quedé en la barrera, resignada y dolorida, dejando marchar sin comprender nada... Se nos fueron los años sin ponerle remedio a ni siquiera sé qué. Y no volví a verte, aunque supe de ti y en la prudencia te deseé lo mejor de lo mejor.

Pensaba que a lo mejor cualquier día, en una calle, en una tienda, en un bar... Hasta que hace poco supe que se me había hecho tarde, muy tarde, y que no tendría la ocasión de abrazarte. Nunca más.

Escribo estas palabras porque dentro me queman. Y te las dirijo a ti por si desde algún lugar o estado me lees. Ahora tengo tu teléfono y no me sirve de nada. Siento tanta rabia, tanta rabia. Tanta pena, tanta.

Mis recuerdos me hacen sonreír, mientras no doy abasto retirando lágrimas. Mis álbumes te guardan y te guardarán, porque bonito fue conocerte y escucharte reír. Tu inteligencia, tu fina ironía y tu valentía me vienen a la cabeza mientras mi corazón se estremece.

Me he quedado sin verte, sin despedirme. Me he quedado expuesta con la pérdida no resuelta.

Me he quedado pensando en esta vida y en ese número de teléfono que hoy se cuela en mi agenda para nada ya.

Tengo apretado contra mi mejilla tu beso de la foto. Como si fuera de ayer y pudiera ser para siempre.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Luces, sombras, colores, hombres y mujeres.

Una impresionante fotografía aérea del valle de Hushé me transporta a la realidad pedregosa, austera, tremendamente dura, de la vida que tiene lugar allí en la cordillera del Karakorum. Hombres, mujeres, niños y niñas plantan cara al presente en una aldea remota de esta región hasta la que se hacen llegar, de cuando en cuando, senderistas, montañeros y montañeras que sueñan con alcanzar la cumbre de un ochomil.

Son los hombres quienes reciben las visitas de los aventureros y se les ofrecen como porteadores o guías de montaña. Mientras ellas, al resguardo del hogar, colorean la supervivencia que se diseña intramuros, tejiendo el porvenir de los suyos a base de trabajo y entrega a sus familias.

Me resulta fascinante el contraste entre las luces y colores con los que las mujeres se adornan, ajenas al mundo, y la gama de grises, ocres, pardos y sombras que captura el objetivo en los primeros planos de ellos en el terreno.
Puedo sentir el tacto de la piedra y el polvo en mi garganta porque estoy allí, transportada por bellas fotografías. Indigna es la fotogenia de la pobreza y, al propio tiempo, poderosa: me remueve, me provoca, me interpela, me invita a asomarme y a pensar. Contemplo seres humanos con un presente rebajado y un futuro contenido; mujeres que apenas pintan en la vida pública de sus comunidades, a pesar de tener espléndidas paletas y los mejores pinceles.
Pienso. Pienso en los bebés que nacen niñas. Carraspeo. Bebo agua y alivio la sequedad de mi boca. Es este ambiente tan astringente… Este “aquí y ahora” que contemplo con pesadumbre, pero con respeto. Me reconforta saber de proyectos que se cuelan en las casas y abren puertas y ventanas, para que oigamos, aunque sea bajito, la voz de las mujeres del valle.

Me gustaría mirarlas a los ojos a todas. Como puedo hacerlo con ellos. Me aliviaría descubrir que hay sonrisas reservadas bajo sus pañuelos. Me quedo con la duda porque las encuentro entregadas al aprendizaje sobre sus cuadernos. Puedo verlas también de espaldas, silueteadas por tejidos luminosos de bonitos y contrastados colores.

Las intuyo coquetas. Se pintan las uñas, aunque las horas de trabajo en la casa y en la tierra no permitan que el esmalte permanezca. Las adolescentes delinean sus ojos y me miran con esa fuerza que emana de la juventud y que parece estar diciendo: “quién te dice que mi vida no será distinta”.

Ciertamente, hay esperanza. Siempre. En una sociedad tan ancestral como la baltí, el empoderamiento de las mujeres y el consecuente impulso de su desarrollo personal y participación en la comunidad, empieza a dar sus frutos. Los hombres han asumido que si quieren avanzar como sociedad deben diseñar junto a ellas el nuevo modelo.

En el vecino valle de Hunza, los imaelitas de la zona reconocen el papel fundamental de la mujer en la familia, en la educación de los hijos e hijas y en la sociedad. Allí se pueden ver mujeres con el rostro descubierto que saludan sin apartar la mirada.

Como lo hace la mujer que me deja pensativa al final de mi viaje. La de la fotografía que nos muestra el futuro del valle de Hushé, en esa niña recién nacida a la que sujeta sin dejar de interpelarnos. No sonríe, pero sostiene su mirada todo lo necesario para hacernos llegar su mensaje: ¿sabrá de justicia y derechos humanos esta niña?

Busco responderle: algo que decir para conseguir dulcificar esa mirada que me inquieta y me provoca. Sabe que me está alterando con sus sobradas razones y su porte digno. Callo y admiro. Podría parpadear y cambiar de imagen, de pensamiento. Librarme. Pero no quiero. Asumo mi incomodidad, mi responsabilidad en la desigualdad, la pobreza y el futuro incierto de esa niña desnuda a la que aún puedo verle la cara completa. Y pienso en cómo se parece a nuestras bebés: tan chiquitina, tan frágil, tan necesitada de arrope, tan confiada a unos brazos más grandes, a unos pechos colmados y a una nana, que será todo lo que necesite antes de caer rendida.

Doy gracias por la oportunidad de haber viajado al Karakorum a través de maravillosas fotografías. Me quedo con todas las luces y todas las sombras; con los colores vivos y también con los grises de la piedra, marrones y verdes de la vegetación y la tierra; las motas rojas y naranjas de los frutos… Me quedo con la certeza de que hay que jugar con los claroscuros y mezclar los colores del paisaje con los del hogar. Aprender a combinar, a enriquecer, a apostar por la igualdad de oportunidades.

Conmovida me he puesto a teclear y a contar mi viaje. Sé que solo es una crónica desde la seguridad de mi vida acomodada. Quiero pensar que he podido abrir una ventana a través de la que echar una mirada e invitar a alguien más a visitar el valle de Hushé, en el Karakorum, lugar recóndito y castigado de nuestro mundo.
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Este texto es mi aportación a la colaboración que la Fundación Baltistán pidió a Doce Miradas, para acompañar la exposición de fotografías Karakórum de Mikel Alonso. Todos nuestros textos están recogidos en un periódico hecho para promocionar la exposición y el trabajo de la fundación en el valle de Hushé, en Pakistán.
Un auténtico placer corresponder, como una de las Doce Miradas, a esta invitación.
La exposición Karakórum estará en la Sala Rekalde (Alameda Rekalde 30, Bilbao) desde hoy, jueves 3 de diciembre, hasta el 10 de enero de 2016.

lunes, 23 de noviembre de 2015

POLÍTICA con mayúsculas

Han sido días de mucho esfuerzo, de mucha calle, de mucho nudillo a las puertas de los contactos en redes sociales, en agendas de correo electrónico. Muchos días de pulso provincial compartido -nervios, ilusión, esperanza- y sostenido por el grupo. ¡Y lo han conseguido!

Quiero felicitar a mis compañeros y compañeras del partido Por un Mundo + Justo en Bizkaia, Madrid, Granada, Almería y Las Palmas porque ¡están en campaña! Han logrado presentar los avales necesarios para concurrir a las próximas elecciones generales. Y yo estoy muy, muy contenta porque, aunque desde la barrera, he seguido sus avances con mucha satisfacción.

Y ahí estarán: haciendo campaña; llevando a las calles la única propuesta política que tiene como objetivo primordial la erradicación de la pobreza. Estarán contando a unos y otras que acabar con la pobreza es una cuestión política y que cambiar la política es una decisión personal. Estarán pidiendo el voto y sumando apoyos para llevar a la agenda política la justicia social y la fraternidad.

Estoy muy orgullosa de mis compañeros y compañeras de M+J, porque tienen una fuerza numantina. Porque sueñan con un mundo mejor y saben que eso se tiene que conseguir con el impulso de una política de servicio, una política con mayúsculas; son militantes de un proyecto que pone a las personas en el centro de la acción.

Solo quien ha formado parte de apuestas ideológicas tan peleonas, pero tan silenciadas como la de Por un Mundo + Justo, sabe el esfuerzo que supone seguir ahí después de 11 años, renovando la ilusión, la esperanza y la cohesión de un equipo formado por las mejores personas.

M+J llevará de nuevo a campaña un programa posible. A quien palabras como fraternidad o solidaridad en relación con la política les dibuja una media sonrisa condescendiente, les digo que se acerquen a escuchar sin prejuicios a Por un Mundo + Justo. Les pido que escapen de las etiquetas facilonas de utopía, idealismo, buenismo y se arriesguen a dejarse tocar por el mensaje de M+J: "dame tu apoyo para que juntxs llevemos el fin de la pobreza al orden del día de la gestión política".

Queridos compañeros y compañeras de partido: orgullosa de vosotrxs. Emocionada por vuestra perseverancia y compromiso con ese otro mundo posible.

Toda la suerte. Todo mi respeto.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Nos rondan los hombres grises

Cuando de niña llegué a esa página del libro donde ponía "ENDE", me quedó muy claro que Momo -con la ayuda de Casiopea y el maestro Hora- había aniquilado a los hombres grises.

Con la desaparición de los cenicientos fumadores de flores horarias, podíamos por fin recuperar nuestro tiempo para perderlo a gusto o para regalarlo a nuestras personas más queridas. Era yo una chiquilla entonces, pero ya tenía claro que emplear el tiempo en trabajar para ganarse la vida era también un uso correcto.

El viaje que nos propone Michael Ende a través de Momo -una niña que vive en las ruinas de un anfiteatro- nos escuece en el reconocimiento de nuestro modelo de vida actual; en el que la ambición profesional o personal, el individualismo, la realización a través de los logros... se vuelve contra uno mismo. Los hombres grises de la novela son nuestra propia exigencia y al releer Momo, identifico a estos personajes gélidos y tóxicos perfectamente instalados en las inmediaciones de gente a la que quiero mucho. Conozco bien a estos tipejos porque he estado muchos años arrancando mis días sintiendo el frío de su presencia mientras me iba la vida en "aprovechar" mi tiempo.
Entre las páginas de "Momo" me encontré con estas líneas:

"Al principio apenas se nota. Un día, ya no se tiene ganas de hacer nada. Nada le interesa a uno, se aburre. Y esa desgana no desaparece, sino que aumenta lentamente. Se hace peor de día en día, de semana en semana. Uno se siente cada vez más descontento, más vacío, más insatisfecho con uno mismo y con el mundo. Después desaparece incluso este sentimiento y ya no se siente nada. Uno se vuelve totalmente indiferente y gris, todo el mundo parece extraño y ya no importa nada. Ya no hay ira ni entusiasmo, uno ya no puede alegrarse ni entristecerse, se olvida de reír y llorar. Entonces se ha hecho el frío dentro de uno y ya no se puede querer a nadie. Cuando se ha llegado a este punto, la enfermedad es incurable. Ya no hay retorno. Se corre de un lado a otro con la cara vacía, gris, y se ha vuelto uno igual que los propios hombres grises". Y además se ha quedado solo, terriblemente solo, añadiría yo.

Esta enfermedad que aqueja a los personajes de la novela que sucumben a la propuesta de los hombres grises sólo puede combatirse parando el tiempo: reseteando. Y al fin y a la postre, yo creo que el reseteo pasa por la escucha: a uno mismo y a los demás.

Así arranca la novela que te animo a leer (o releer): "Momo es una niña con un don muy especial: sólo con escuchar consigue que todos se sientan mejor" (...) Momo es la única que no se deja engañar (por los hombres grises), y con la ayuda de la tortuga Casiopea y del maestro Hora emprenderá una aventura fantástica contra los ladrones de tiempo. Una novela única con la que redescubrir la importancia de la amistad, la bondad y el valor de las cosas sencillas. En definitiva, sobre lo que de verdad nos hace felices".

martes, 27 de octubre de 2015

Un puñado de gracias porque estoy bien

Esta noche quiero dar gracias porque estoy bien. Porque iba sola. Porque no había un vehículo viniendo de frente. Porque estoy tranquilamente en mi casa rematando con paz este otro día duro (vaya semana que llevo...).

Quiero dar las gracias al primer chico que ha parado su coche para ayudarme a salir del mío y no se ha ido hasta asegurarse de que estaba bien. Gracias también a todas las personas que a ambos lados de mi siniestro han frenado y bajado sus ventanillas para ofrecerme su ayuda e interesarse por mí.

Gracias a Javier por acompañarme todo, todo el tiempo y asegurarse de que estoy todo lo bien que le digo que estoy.

Y gracias también a los agentes de la Policía Local de Vitoria-Gasteiz que me han atendido con tanta cercanía y cuidado. A los sanitarios de la ambulancia que me han echado el primer vistazo. A Cristina y a Sandra por ofrecerse a lo que hiciera falta. A mis ángeles por velarme en la distancia. A Isabel. A mis hermanos por su disponibilidad. A los amigos por sus mensajes, sus llamadas y por su "guarda y custodia" de mis niñas en la puerta del cole. Al personal de urgencias del hospital de Santiago, porque cuando tienes que echar allí la tarde, se agradece de verdad la amabilidad.

A mis cuñadas por su interés y su cariño. A Mentxu por quererme tanto como yo a ella. A mis padres por pedirme que la primera llamada que haga cuando me levante sea a ellos. A mis hijas por darme cuidadosos besos y abrazos sin presión, para no hacerme daño.

A la vida. Porque antes de empotrarme contra la farola, y antes del tiempo robado a mi consciencia, estaba pensando en lo preciosas que son las tardes templadas de otoño con sus calles enmoquetadas de hojas muertas.

lunes, 26 de octubre de 2015

Desacato versus óigame usted

Hace algunos años, un anormal me dijo que yo tenía un problema con las figuras de autoridad masculinas. A este anormal le debí enteramente el paquete que les tuve yo a los psicólogos y terapeutas en general, durante mucho tiempo. Digo tuve, porque ahora sé que también los hay buenos y las hay buenas. Yo conozco a la mejor. Miriam es de esas personas que te dicen con el mismo tino y amor lo que necesitas oír y lo que debes escuchar. Sus palabras son caricia para el alma y recordarlas es recordar también lo importante que es pararse antes de.

Pena que Miriam no estaba en mis pensamientos esta mañana, cuando he tenido una bonita enganchada con un (varón) agente de la ley (autoritario y prepotente). Podríais pensar que aquí está la prueba del acertado diagnóstico de mierda del terapeuta anormal (ya me relajo, ya...). Pues no. Mi problema no es con las figuras de autoridad masculinas. Es con la autoridad que se acompaña de prepotencia y alarde de recursos intimidatorios.

Antecedentes
Circulo durante unos metros en sentido contrario por las vías del tranvía (que se puede), porque en el sentido correcto estaba a punto de alcanzarme un tren. Un policía local está parado sobre su moto y me indica con una voz, que me coloque en el sentido correcto. Contesto con otra voz y sin pararme, que qué hago con el tranvía que se aproxima. Repite él que me coloque en el carril derecho. Y yo, como aprecio mi vida, hago caso omiso y continúo unos metros más hasta mi destino. Estaciono mi bici y escucho un motor a mi espalda: es él, la autoridad.

Hechos
Me pide el DNI y me informa de que he desoído un mandato de la autoridad. Le explico por qué. Se la trae al pairo. Insiste en que he incumplido la normativa. Le hablo del sentido común y apelo a su escucha, en un intento de que consiga salirse del uniforme unos segunditos y mis palabras adquieran un significado para él (tenía la sensación de que el traje de poli emitía ruido comunicativo). Insiste en que la normativa es la normativa y que su función es hacérmela cumplir.

Miriam -como he dicho antes- no estaba en mis pensamientos, y yo he empezado a patear el ruedo, con mi patita derecha de Miura, a punto de tirarme al capote.
-¿No cree usted que bastante se ha complicado ya moverse en bici por la ciudad, como para que anden ustedes todo el día acosando a los ciclistas?
-¿Está acusando usted a la Policía Local de acoso?
-Sí.
-Bien. Voy a proceder a denunciarle por desacato.
-Haga lo que tenga que hacer. Pero me parece un abuso que se valga de su uniforme y de su libreta de denuncias para amedrentarme y humillarme.

Podría seguir unas líneas más reproduciendo una conversación extremadamente tensa, en la que yo intentaba hacerme entender, como si los dos fuéramos personas, y el agente, imponerme la ley como policía en acto de servicio, con el discurso aprendido y los recursos de su parte.

Yo verborreaba argumentando sobre el sinsentido de una relación entre policía local y ciudadanía en la que te amenazan con denunciarte en cuanto expresas una opinión discrepante. Él enriquecía su denuncia transcribiendo/manipulando mis palabras, informándome al mismo tiempo de que nuestra conversación estaba siendo grabada... Qué lamentable.

Visto que aquello era imposible, la impotencia que estaba sintiendo y las lágrimas que ya asomaban por mis ojos de pura rabia, le he dado la espalda:
-Por favor, termine con la denuncia que tengo que subir yo también a hacer mi trabajo.

Resolución
He candado mi bici y recogido mis cosas, mientras me hervía la sangre por la sensación de abuso de autoridad que estaba viviendo. De pronto, el agente estaba a mi lado, mirándome fijamente, en silencio.
-Le voy a quitar la denuncia.
-¿Por qué?
-Porque no creo que la relación entre policía local y ciudadano tenga que ser de esta manera. No ha estado en mi intención humillarla ni acosarla ni hacerle sentir así.
-Gracias por retirarme la denuncia. Solo le pido que si lo considera, piense medio minuto en las cosas que le he dicho y si lo cree conveniente, lo traslade a sus compañeros.
-Que tenga un buen día.
-Usted también.

Cuando se me pase el disgusto del mal rato que me he llevado, me reiré de esto. Ya lo sé.

martes, 20 de octubre de 2015

Señoras de mi edad

Ya lo he escrito. Acabo de reconocer que hay señoras por ahí paseándose, trabajando, viajando, sacando familias adelante, renegando, triunfando, estresadas, o no... y tienen mi edad. Luego yo, soy una señora.

Sí. De esas a las que la chiquillería les pide la hora "por favor, señora". Es terrible, doloroso, apocalíptico... Soy una señora. Tengo 43 años, un marido, dos hijas y un bolso. Un bolso grande para que quepan todas aquellas cosas que podrían necesitar los míos. A una chica, los suyos se la traen (relativamente) al pairo. Bolso cuco y pequeño "que no combe mi recta espalda porque aquí estoy yo para comerme el mundo".

Yo también me quiero comer el mundo, pero se me ha pasado el arroz (igual también porque no sé cocinarlo). 43 años es la edad de una señora. ¿A dónde va usted, señora? Vaya, vaya con sus hijas que la están buscando. Lo que no sabe el pregunteras es que yo no quiero que me encuentre nadie, porque me quiero comer el mundo y si vienen las niñas, pues ya no me lo como.

El mundo puede esperar, dicen en las pelis. Pero qué va: cada año que cumplimos se aleja un poco. Como señora de 43 años que soy, digo que veo muy bien de lejos. De cerca, la cosa empieza a no estar muy clara. Y a lo que voy: que el mundo ese que me quería comer casi ni lo intuyo ya y, sin embargo, veo con extraordinaria nitidez los merengues gratinados. Esos sí confío en podérmelos comer cualquier día de estos con mis hijas.

¿Por qué me parece terrible ser una señora confesa? Porque eso significa que tengo una historia y una cita para hacer inventario. Significa que estoy en la segunda parte del partido y que no me va a dar tiempo a meter mis goles para ser pichichi y para llevar a cabo ese plan que un día concebí para darle alma, corazón y vida, y me espera en un cajón sin desesperar.

Y también me enrabieta reconocerme como señora, porque no me gustaría empezar a repetirme cuando hablo, tardar media hora en salir de un baño público ni ver enfermar o marcharse a las personas que quiero. Las señoras (algunas) tienen criaturas adolescentes exigentes, ingratas y muy, muy vulnerables y qué pereza me da pensar en la pelea ya perdida según la estás viendo venir.

Las señoras de mi edad nos vestimos a la moda (intentamos), pero no cuela. Y es que a nuestra edad, a mis 43, cuelan ya pocas cosas. Ya nos hemos despojado de los filtros: esto es lo que hay.

Nostalgia, vértigo, la presencia recurrente en nuestros recuerdos de sonrisas que nos acompañarán siempre y lágrimas retenidas que habrán de salir algún día cuando venga a cobrarse el recibo la soledad.

Termino esta entrada con una frase:
"La mujer valiosa es aquella que sabe madurar con dignidad; la que se siente hermosa por dentro y por fuera; la que toma las riendas de su vida y sabe adaptarse a los cambios". Me troncho. No ha dado una.

A ver si al final voy a tener un poco de prórroga y me puedo seguir sintiendo chica de 43, jajaja... No me veo yo con esa madurez tan señoril, que va: "hermosa por dentro y por fuera", jajaja... "Que toma las riendas de su vida", jajajajajaja... "Y sabe adaptarse a los cambios". Aquí tengo que apuntar algo: si alguien sabe adaptarse a los cambios somos las mujeres. Punto. Jóvenes, chicas y mayores. A la fuerza, ahorcan. Para esto no hace falta ser señora.

Voy a meditar seriamente si compro señora de 43 y salgo a la calle toda chula, como si fuera lo más; o si compro merengues para mis niñas y para mí y nos los comemos por la calle como sí tuviéramos 16 las tres. A estas alturas es lo más parecido a comerme el mundo que voy a poder hacer. Vale también la actividad con bote individual de leche condensada.

Me despido echando en falta que alguien bese mi mano. Soy una señora. De 43.

viernes, 9 de octubre de 2015

Si no soy

Cuando mis hijas sean mayores no dirán que tuvieron la mejor madre del mundo, pero espero que lleguen a saber que las quiero con locura y desgarro. No soy la mejor compañera del mundo, pero siento con fuerza que si no hubiera sido él, sencillamente, no hubiera sido. No soy la mejor hija ni la mejor hermana, pero hubiera querido serlo si hubiera sabido. No he sabido.

No soy digna de entrar en la casa. Lo digo con tanta convicción como pesar. Siento que me ata, me exige, me quita el aire y me hace sentir siempre por debajo de la expectativa. Eternamente en deuda por lo que me ha sido dado, cautelosa en mis acciones porque no sé cuál es mi sitio, dolorida porque no acierto y porque no me siento capaz tantas veces.

Me escuecen a mí las heridas de las personas que más quiero. Ni puedo evitarlas ni puedo curarlas. Me esfuerzo tanto que se se me van la vida, la paz y el sueño. Soy ave migratoria atrapada en el invierno que se cierne sobre el nido en el que mis polluelos pían.

Sé que no emprenderé vuelos, porque en medio de este paraje frío están los míos arropándome con su amor, su lealtad, sus sonrisas, sus abrazos, sus besos, su paciencia, sus cosas. Leo muchas veces desconcierto en sus miradas, incomprensión, desilusión... Y se me parte el alma.

Pero cómo hago si no sé, si no me sale, si no soy.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Volver

Hoy es el primer día que estoy requetemal desde que estoy requetebién. He echado una ojeadita a ese lugar oscuro y húmedo que tan bien conozco... Pero ha sido solo un instante. Un pánico fugaz me ha recorrido la columna y ha salido por la boca, con mis respiraciones agitadas, poco a poco. Después ya solo me han quedado las ganas de echar a correr.

Es curiosa la cantidad de veces que sueño que necesito correr -porque me va la vida en ello- y no puedo. Cuando despierto no me acuerdo de adonde quería ir, pero retengo esa frustración de tener un destino y no ser capaz de alcanzar mi vagón: el que se va... Así que regreso. Pienso en mi gran suerte: tengo un sitio al que volver, personas que me esperan y me necesitan. Y a las que quiero. Tengo un montón de cosas que hacer, así que casi mejor que termine lo que tengo pendiente que ya habrá tiempo de viajes.

A continuación, me riño por este inconformismo que destapa el egoísmo que vive en mí y que con tanto cuidado barnizo de amor y entrega, para que no quede expuesta mi auténtica naturaleza.

A volver después de la carrera se aprende. A saber cuándo renunciar a alcanzar el tren, también. A restarle intensidad a los sueños, no.

El chucuchú se va haciendo remoto mientras se aleja el tren. Me giro y vuelvo sobre mis pasos, ahora ya sin correr. Busco un instante bonito de mi vida reciente al que fotografiar con mi recuerdo y me abandono a revivirlo. Y me entran unas ganas locas de volver, volver, volver.

Es el momento de recoger en un saquito los sueños y meterlos entre mi ropa; cerca de mis cosas, impregnando a poquitos mi cuerpo.

A caminar más despacio se aprende. A remontar un día requetemalo, también. A restarle intensidad a los sueños, no.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Fumo en pipa

Nos pasamos la vida intentando cambiar a las personas que queremos. Lo hacemos todos. Debemos creer que tenemos las certezas bien amarradas acerca de cómo se debe ser y cómo no se debe ser. Y aquí nos desparramamos en juzgar y ajusticiar. ¡Hala! Sin piedad.

Es importante tener claro que es siempre el otro el que patina. Un buen traje de víctima que calla, traga y encuaderna pliegos de faltas, es importante. Te pone en esa situación de empoderamiento chulesco que te protege de los embites, cuando por fin decides sacarte las espinitas clavadas.

Sacar a pasear el resentimiento es un deporte que te sobreviene. No estaba en la agenda, pero tiene el poder de desplazar los compromisos previamente adquiridos. Sólo hace falta una chispa: ese comentario (que no suele ser original) que te sacude frente a la jeta un viejo expediente que decidiste dar por cerrado en algún momento.

En un instante, se ha liado parda. Alguien está muy ofendido y el otro alguien acaba sacando la manida frase "no pongas en mi boca cosas que no he dicho".

Y en realidad, da lo mismo lo que se haya dicho, porque casi siempre lo que se ha entendido es lo que se pretendía decir. Ocurre cuando discuten personas que se conocen mucho: que ya sabe una lo que piensa la otra. Rara vez nos movemos de nuestras convicciones y por eso los expedientes conflictivos no se resuelven. Solo se archivan.

Fumo en pipa. Muy rápido además. No me detengo siquiera en hacer volutas de humo. Porque como separe la pipa de la boca, mi verborrea loca se disparará y acabaré por dañar.

Estoy furiosa porque he vuelto a enfrentarme al recuerdo doloroso de no sentirme apoyada. Porque se manipula mi historia para sacar conclusiones que se vuelven contra mí. Porque siento que alguien se siente vencedor con las rendiciones que tanto me costaron, que tanto de mí se llevaron. Fumo en pipa porque empiezo sintiéndome ofendida y acabo siendo acusada: de no comprender, de no poner en valor (vaya que si lo pongo), de no medir, de no tener claro lo importante, de no ser.

Vale. Entono el mea culpa porque no soy. De eso sí se me puede acusar: no soy muchas cosas. Y soy muchas otras. Y no voy a cambiar para adaptarme al medio, porque no me da la gana. Una cosa es estar de "año sabático" y otra es estar alelada y perder de vista el horizonte. Ni de coña.

jueves, 18 de junio de 2015

La niña baila, la niña canta, la niña se va de excursión.

De la creadora de "El horror de la vuelta al cole" llega ahora... "El horror del fin de curso".

La serie "reuniones-excursiones-merendolas-festivales-cumpleaños de verano" es una enfermedad autoinmune de la que no es posible escapar. Te mueves entre el recocijo y el agotamiento. La niña canta, la niña baila, la niña se va de excursión. La reunión con el tutor, la informativa del curso que viene, las merendolas de cierre de extraescolares y quienes no perdonan haber nacido en verano y convocan festejo previo y te petan la agenda que está ya a punto de parir un #BastaYa desgarrador. Y el bizcocho. No nos olvidemos del bizcocho de cumpleaños que te recuerdan tus hijas como a las diez de la noche de la víspera de tener que llevarlo.

Los papeles informativos, también llamados circulares, que juegan al camuflaje en las mochilas de mis niñas y se muestran desafiantes -y a pares- a punto de vencer la fecha tope -subrayada y en negrita- que te reta a distinguirte como buena madre que está a la que salta y siempre dentro de plazo. No soy de esas. Yo soy de las que preguntan: "Cuándo había que...", "Oye: ¿lo de los libros cuándo hay que pagarlo?", "Pero... la inscripción del coro ya la habéis entregado?". Y la respuesta tipo, dolorosa y mortificante: "Llevaron un papel a casa". 

El papel. Yo el único papel que acuso recibo con seguridad es el de los piojos. Dios mío: tenemos la reserva de piojos más protegida de la humanidad en este colegio. Ese papel de aviso de parásitos porculeros siempre motiva mi reflexión: fijo, que hay un secretario que tiene un mínimo de papelitos que redactar al trimestre y cuando ve que no cumple objetivos, se casca el de los piojos. Es imposible que haya tanto piojo de botellón y mis hijas no los hayan cogido nunca.

Y el Estado no contempla una excedencia para poder atender debidamente tanto trajín. Yo no lo entiendo. Debería estar recogido en la carta de Derechos Humanos. 


Huelga decir que una madre la goza viendo cantar y bailar a sus hijas. Yo me ensancho peligrosamente. Me llenan de orgullo y satisfacción monárquica los conciertos y exhibiciones de fin de curso, pero cuando por fin me siento en la butaca; nunca antes. Madre excelentísima, ruega por nosotros.



lunes, 15 de junio de 2015

Yo tampoco quería a Maroto. Pero todo no vale.

Llevo desde el sábado rumiando lo ocurrido con motivo de la votación para designar alcalde de Vitoria-Gasteiz. 

El viernes por la tarde estaba moderadamente contenta tras conocerse que Urtaran tendría los apoyos suficientes para ser primer edil y que no lo sería Maroto. Sobre el tablero, las fichas y las reglas del juego. Unas veces se gana, otras se pierde y otras se gana pero se tienen tantas deudas que el triunfo muda con celeridad y descubre esa cara de "no puede estarme pasando esto a mí".

Maroto ha sido un ganador que tenía deudas: ha reventado la convivencia y ha encendido la peligrosa llama de la protección social de primer grado para "los de aquí" y la de segundo grado para "los que viven de las ayudas y son todos africanos, además" (o casi).

Maroto se ha apropiado de la bandera de Vitoria y propuesto lucirla como señal de simpatía con su causa política. Maroto ha estado cuatro años poniendo toldos a su alrededor, para que no hubiera más cabeza visible que la suya. En la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, el sheriff de Vitoria soy yo. 

En misa y repicando, confundiendo churras con merinas, resucitando el caciquismo, llamando al orden al director de Cáritas por hacerle pupita con su denuncia pública de los recortes en protección social, señalando con el dedo a personas a quienes debemos tanto de nuestro bienestar, renegando de sus siglas en plena campaña electoral y pavoneándose de resultados, por contraste con el batacazo de sus compañeros y compañeras en todo el país. "La gente no ha votado PP en Vitoria. Ha votado Maroto". Qué bonito. La política es servicio y sólo el servicio ejercido con humildad engrandece y dignifica al hombre y a la mujer. O se le ha olvidado o no lo ha sabido nunca.

Yo no quería a Maroto como alcalde otra vez. Maroto ha sido una pesadilla para mí. He vivido su gobierno con angustia, dolor y mucha rabia. El Gobierno de Maroto ha sido déspota y sordo. No sé cómo será el Gobierno que venga, pero lo que está claro es que no tendrá faraón. Es un gran alivio.

Creo que como todos los gobiernos, el de Maroto también ha tenido sus cosas buenas. Creo que Maroto ha dado mucho por Vitoria aunque no haya sido lo que le estábamos pidiendo. Quiero pensar que adolece de conocimiento de la realidad que viven muchos y muchas en la ciudad, que le ha faltado sentarse a escuchar, mirar más allá de las fronteras del mundo desarrollado. Creo que le han aconsejado mal quienes le han dado alas y hago responsables de este lamentable trance a quienes pudiendo hacerlo no le han parado los pies y a quienes le han bailado el agua. La política social de Maroto ha causado mucho sufrimiento: a las personas directamente afectadas y a quienes nos sentimos cerca de sus dificultades.

Yo no quería a Maroto. Está claro. Pero lo que ocurrió el sábado en Vitoria-Gasteiz fue lamentable. Nada que celebrar. Muy mal cuerpo, mucha incomodidad, mucha vergüenza. Así no.

La política tiene sus reglas. Pues hagan juego señores y señoras representantes de la ciudadanía. Pero donde corresponde: en las instituciones. No digo que la calle no sea lugar para expresarse a favor o en contra. Lo que digo es que la expresión en la calle debería ser respetuosa por parte de todos y todas.

Policía local y antidisturbios en la plaza del Ayuntamiento. Insultos: "¡fascistas!", "¡asesinos!". Cuánta simplificación. Siempre con lo mismo en este pueblo. ¿No hemos aprendido nada? ¿A nadie más se le pone un nudo en el estómago con los enfrentamientos vecinales de este calado? Cierto que no llegó la sangre al río, pero dimos un espectáculo lamentable, injustificado se mire por donde se mire. El linchamiento verbal y virtual a Maroto no es de recibo.

Mucho más eficaz ha sido el impecable trabajo de Gora Gasteiz; ejemplo de propuesta serena de encuentro, de construcción de un modelo de ciudad para todas las personas. Mensajes claros, limpios, pacíficos... de llamada a la convivencia en el respeto y a la promoción de todas las personas que lo necesiten, vengan de donde vengan.

La calle había hablado ya. Con su apoyo a Gora Gasteiz, dando la espalda a la desafortunada campaña "Ayudas más justas", generando debate en los bares, en los hogares, en los medios y en las urnas. También en las urnas. La de Maroto fue la lista más votada y eso merece respeto. Es cierto que un 70% no votó Maroto y es legítimo que el Gobierno municipal recoja ese clamor, y lo haga en el marco de las normas que nos rigen.

En los últimos tiempos se ha hecho mucho esto de votar para que otros no salgan en lugar de votar en conciencia. Pero desde que yo tengo uso de razón nunca en Vitoria-Gasteiz se había votado contra alguien en concreto. Esto es lo que ha pasado en la ciudad.

Maroto y quienes le arropan en su trance llevan ladrando varios días disparates de todo tipo. Están rabiosos. Me parece normal. Pero pasará el mal trago y tendrán que meter horas en el rincón de pensar. Van a salir ganando. Estoy segura. Cuando se descarrila tanto hay que bajarse a mirar vías y ruedas y tratar de saber qué pasó para que el viaje se truncara. Confío en que serán capaces de hacerlo y recuperarse para la buena práctica política.

Aunque muy por encima, no quiero dejar pasar la ocasión de manifestar mi decepción por nuestras y nuestros representantes políticos. Vergonzoso el trapicheo de apoyos, las exigencias, la sumisión a disciplinas de partido y la evidencia de que estamos vendidos siempre con los partidos políticos que no acaban de entender que lo local ha de resolverse desde lo local; con responsabilidad y pensando en clave de ciudad (pueblo).

Toca dar el do de pecho ahora. Estoy expectante.

domingo, 24 de mayo de 2015

Ángeles de la guarda

Desde chiquitina me ha dado buen rollo el ángel de la guarda. Ésa sombra blanca que no te desampara ni de noche ni de día y que no te deja sola jamás de los jamases porque si no, te perderías.

Esas frases que arrancan con las cuatro esquinitas que tiene mi cama, me evocan sin remedio a la familia Telerín y a la hilera de niñitos y niñitas enfilados rumbo al descanso. Y siempre, siempre, antes, una oración.
Cómo no descansar con la certeza de que un angelito vela tu sueño, cuando eres una niña con la maravillosa capacidad de rendirse al cansancio y a la certeza de que el de mañana será un buen día.

Quedó atrás mi niñez y mi certeza esperanzada. Ya no descanso cuando duermo y no visualizo angelitos en las cuatro esquinitas de mi cama. No los veo porque yo ya soy grande y no me toca un ángel de la guarda ni su dulce compañía: me tocan dos. Tengo mucha, mucha suerte.

Y no sé qué haría si no estuvieran, porque siempre están. Guardándome el alma del frío, soplando sobre la herida recién desinfectada, alertas ante mis indecisos pasos, con sus brazos atentos, sus miradas limpias y su generosidad impregnando mi valle de lágrimas.

Están siempre a la distancia justa: unas veces, la que fija el margen del respeto y la confianza; otras, la que hace posible escuchar lo que no se dice; y otras más, la distancia justa es ninguna, para obrar el milagro del cuidado de la mujer rota.

Hoy me han visitado mis ángeles. Ahí han estado: abrazándome fuerte, bañandome de sol la pupa que provocan algunas nostalgias tramposas. Han estado y, sin saberlo, después de marcharse se han quedado conmigo; acompasando mi respiración, mesando mi pelo, llenando vacíos y cuidando el fuego para que no me fuera a alcanzar siquiera un escalofrío.

Tengo dos ángeles de la guarda y tengo mucha, mucha suerte.

viernes, 15 de mayo de 2015

"Estado civil: cansada"

Es la frase de una viñeta que recibí por un grupo de WhatsApp, que me hizo mucha gracia. Pero no la tiene. Qué va. Mal de muchas... ¿consuelo de tontas? Pues algo así. Aunque reniego del "tontas". Fuera el "tontas".

Llevo alejada del ámbito laboral varios meses, he rebajado sustancialmente mis tareas y, a pesar de todo, estoy cansada. Creo que estar cansada es consecuencia de una sobrecarga, claro. Pero también creo que acaba por convertirse en una actitud. Al menos en mi caso. Es como si una vez que se despierta el bicho de la actividad, el ritmo frenético y la búsqueda de la perfección... ya no hubiera vuelta atrás.

No hay redención posible. Estoy muy cansada. Sigo sacándome cosas de los bolsillos, de la mochila y es cierto que soy capaz de percibir el acierto de saber renunciar en favor del cuidado de mí misma. ¡Trola! Que no es verdad. Empecé medio bien (a la fuerza ahorcan), pero en cuanto la cuestión dejó de ser una urgencia para mi supervivencia... volví a encontrar sin darme cuenta enredos nuevos que me han devuelto a las carreras y a esta sensación de que los días empiezan muy pronto y no terminan nunca.

Omnipresente, la trampa de los cuidados grabados a fuego en nuestra programación de mujeres garantes del bienestar y la piña familiar o no familiar. Será por gente a la que cuidar.

O sea que da igual si desoigo las voces que me tientan para que me entretenga en el camino de vuelta a casa. Porque los "amigos" de Pinocho están dentro de mí y me doy cuenta de que poco a poco estoy perdiendo de vista mi camino hacia dentro y perdiéndome en terreno tristemente conocido: la inquietud, la prisa, el insomnio y la plantilla de tareas que no abarca.

¿No habrá paz para las estresadas? ¿Será esto que nos pasa una especie de metástasis de la terna "ser-capacidad-compromiso" en su máxima y enfermiza expresión?

Alguien que haya salido de ésta (de verdad) y nos lo cuente?

lunes, 11 de mayo de 2015

Mi bendita manía

Me la juego mañana. O eso siento yo, al menos. Y ahora no puedo parar... La pastillita haciendo lo que puede para dejarme en brazos de Morfeo (la tengo agotada y frustrada a la pirula) y yo en plena ebullición redactora aquí y allá.

Leí hace tiempo un libro que me gustó un montón: "La bendita manía de contar", de Gabriel García Márquez. Narra su experiencia como dinamizador de un taller de guión de cine. Te entran unas ganas locas de ponerte a escribir!

En mi caso, las ganas son crónicas. No necesito diagnóstico ni tratamiento. Si no escribo no soy. Alguna vez he contado que, en muchas ocasiones, cuando voy pensando, redacto mis pensamientos: rehago las frases, evito repeticiones e incorrecciones gramaticales y persigo la musicalidad de mi discurso interior. Es un juego o un vicio; no sé. Pero me lo paso pipa. Utilizo también este juego para preparar exposiciones: cuando tengo que decirle algo importante a alguien o algo delicado o darme una explicación a mí misma, porque a veces no sé qué pretendo ni a santo de qué me meto en jardines ni en camisas de once varas.

Otro vicio que tengo (y éste es una chungada) es buscar que las personas que me topo en la vida me aprecien. Y poner tanto en valor este aprecio, que me juego la autoestima y la estabilidad emocional. Si respiro afecto y empatía, rejuvenezco y todo. Déjate de cremitas: lo que embellece es dar y recibir amor.
Y no sé si fue el mismo García Márquez (y puede que lo leyera en este mismo libro...) el que dijo: "Escribo para que me quieran". Pues yo también.

Empezaba diciendo que me la juego mañana. Corrijo, corrijo: demasiado alarmista el arranque de este post (cómo somos los periodistas... ). Me enfrento a una mesa incómoda y a un desnudo parcial de mis emociones impuesto por un sistema que te pone bajo sospecha por defecto y a partir de ahí, hablamos.
Pues hablemos: ya tengo en la cabeza presentación/nudo/desenlace y sentencias varias por si hubiera que sacar titulares de mi intervención. Pero, ay!!! Que mi bendita manía es la de contar... pero desde la seguridad que da pulir las erratas con solo releer o repensar. La de contar por esta boquita son palabras mayores. #MadreExcelentísimaRuegaPorNosotros

Os dejo. Me ha parecido sentir a Morfeo rondando. Y está bastante bueno ;-)

martes, 5 de mayo de 2015

Este mismo día

La última vez que en este mismo día me sentí tan lejos, estaba en Lisboa. Hoy estoy mucho más lejos.
Entonces, hace dos años, un ángel se hizo presente en mi nombre con un ramo de flores, para que a través de ellas llegara un abrazo que salvara la distancia Lisboa-Vitoria.

Hoy, cuando pasen unas horas iré a comprar una flor. La dejaré en el felpudo de una puerta, como una fugitiva que se arriesga a ser vista a cambio de hacer llegar un mensaje muy importante. Será una flor sin tarjeta, sin palabras. Y será también una flor de despedida: la que se arroja con desgarro cuando algo se muere en el alma porque un amigo se va.

Cuando pueda dejar de llorar, pasaré la última página. Rumiaré ese "FIN" durante unos segundos y cerraré el libro con la sensación de haberlo disfrutado mucho, a pesar de que haya acabado mal. Echaré de menos los personajes durante un tiempo, pero quién sabe si la esencia de aquellos que más adentro me tocaron reaparecerán de nuevo con otras ropas, en otros contextos, con otras compañías, otras vidas y otras apuestas. Y sin reconocerlos les querré de nuevo con todo mi corazón.

Había imaginado muy diferente este día. Habría querido celebrar un camino de cuarenta años de luces y sombras (como el de todos) junto a una cara sonriente que se alegraría un montón de verme allí. No va a ser así. Pero no pasa nada porque "Todo pasa y todo queda/ pero lo nuestro es pasar/ pasar haciendo caminos/ caminos sobre la mar" (A. Machado).

Felicidades. Hoy y para el resto de tu vida.

sábado, 2 de mayo de 2015

Por donde se fueron

Por donde se fueron han vuelto. Porque no se marcharon del todo, porque olvidaron algo, porque no querían en realidad marcharse, porque ésta es su casa, porque son muchos años ya compartiendo días y sobre todo noches. Quién sabe por qué. Pero aquí están. Aunque no quiera ni verlos ni verlas.

Quién es capaz de negarle un lugar a lo suyo, cuando decide volver buscando refugio en lo conocido: en lo malo conocido. Quién es tan ingenua para elevarse sobre el nubarrón y sentirse segura en la certeza de que hacia arriba no llueve.

Por donde se fueron han vuelto y me abruman. Los oigo pegar gritos, desbaratar mi orden, prender fuego a mis cajones. Los siento danzar entre mis pensamientos, interrumpir mis quehaceres. Trocean mis pequeños logros y pelan cebollas ante mis ojos. Me asustan porque susurran que se quedarán para siempre.

Secuestran mi risa, duermen mis horas, salpican de inquietud mis sueños, respiran mi aire, entristecen mi latido. Peinan mi melena y me cantan "Con la cara lavada y recién peiná, niña de mis amores que guapa estás". Y busco un abrazo que sólo está ya en mi recuerdo.

martes, 28 de abril de 2015

Despedida y cierre

Hacía mucho que no lloraba.

Ahora, más ligera, ya puedo cerrar la cajita que construí con tanto mimo. Dar una vuelta de llave, frotarla con un paño y buscarle un lugar protegida de la humedad, de la luz directa; de las certezas, de los juicios, de los amores que matan. Olvidar por un tiempo que está ahí. Y quizá reencontrarla con nostalgia en un relato sin verbos, en el que palabras sueltas dancen mientras en mi cabeza suenan violines.

sábado, 18 de abril de 2015

Las canciones de mi viaje

No sé hace cuándo cogí el desvío pero sí sé cuándo comenzó mi viaje. Fue el mediodía del 4 de diciembre, cuando una nube de bichos salió de mi estómago y taponó casi por completo mi diafragma. Al cabo de siete días volvió a ocurrir y un mes después mis sensaciones y mi salto al vacío tomaron forma en "Azul". Con "Azul", la primera canción: Europa VII, la desconexión y el diminuto punto azul en el que vivía yo. 

Lluvia y más lluvia. El sonido de la lluvia forma parte, sin duda, de la banda sonora de mi viaje de los últimos meses. Qué forma de caer: sin piedad, sin tregua, inseparable de mí en mis paseos, empapando el pelaje de Baloo y mis botas. La lluvia y yo, tanto tiempo juntas que casi, casi, diría que la aprecio. ¡Yo! Que tanto reniego de este Norte desapacible y húmedo. El "Viento del norte"... preciosa canción que he escuchado tantas veces. Hacerlo ha sido lo más parecido que haya podido vivir a una reconciliación con mi tierra. Algún día tenía que dejar de enfadarme con este clima insufrible, que me sigue pareciendo una pesadilla! Pero necesito la energía que gastaba en frustración meteorológica para muchas otras cosas.

Por ejemplo, para acomodarme al compás de mi "Negra sombra" (https://youtu.be/bIcGcBZX75g), que en la versión de Luz Casal, se hace presente con una densidad en sintonía con la atmósfera de arraigada tristeza que recrean las palabras de Rosalía de Castro. Maravillosa canción que conocí gracias a mi actividad como coralista en Ahots Argiak. "En todo estás y eres todo. Para mí y en mí misma moras".

Como le Cantique de Jean Racine. No acertaré a expresar con tino lo que provoca en mí esta pieza, pero se podría parecer bastante a la serenidad: mece mi espíritu, me seda y reconforta.

"Ma solitude". Qué decir que no diga esta canción: "No estoy nunca solo con mi soledad". Para mí es como el otro lado de la negra sombra; el lado donde se acepta la mirada hacia dentro de uno mismo y se acepta lo que se ve. Con paz.

"La llorona" lo tiene todo. La evocación a Frida Kahlo en la voz de Chavela Vargas encoge el alma, como lo hacen sus cuadros. Pude ver algunos de los más conocidos en una exposición en Venecia. Asistir a ese dolor físico recogido y transformado en desgarros de colores, es una emoción tan intensa como inolvidable. Adoro a esa poderosa mujer y a su relación con la condena de su mala vida. "Me quitarán de quererte, llorona, pero de adorarte, nunca".

Cierro este saquito de temas escogidos con un tema de Piero: "Otra vez cambio de casa". Quien dice casa, dice camino, dice convicciones, dice actitud, dice prisma... "Pero tener claro dónde ir es tener claro qué decir y es tener claro dónde hay que meter las manos". "Cuando todo ha florecido, aquí en la casa hace frío y afuera no".


viernes, 20 de marzo de 2015

Buscando el sur

Que dicen que ya ha llegado la primavera. Ahí fuera hace un frío que pela y llueve con ganas, aunque ninguna falta nos hace. Pero qué sabe la primavera de conquistar el norte. Qué sabe el verano de la deuda que acumula con esta tierra. Qué sabe el calor de manos rajadas, de lágrimas que arranca el viento, de paraguas hacinados en las puertas. Qué sabemos de las cuatro estaciones... Que son dos.

Ya he dicho por aquí que ya no sufro. Que mi mirada se ha rendido a la falta de luz y mi espalda se comba resignada para caminar contra el viento. Porque sé que donde debo esperar las primeras flores no es en los verdes jardines de esta inhóspita ciudad; es en mis pensamientos, en las imágenes que creo, en un sueño sereno, a los lados de mi camino.

La primavera no se huele... Se ha paseado hace unos días por nuestros cielos y nuestras calles con la mirada sesgada de quien sabe que te va a traicionar: te besa y se va como vino dejándote pensando dónde pusiste los guantes.

Con los guantes puestos busco el sur en mis recovecos mientras paseo bajo una lluvia que no me irrita y puntea de gotitas que no permean el negro y suave pelaje de mi perro. Espero la primavera, la luz y el calor sabiendo que tardarán o que tendré que ir lejos a buscarlos.

viernes, 6 de marzo de 2015

Alguien sabe montar una revolución de las gordas?

Quien me conoce bien sabe que cuando estaba en los primeros meses de mis embarazos, mi mayor deseo (después de que nacieran sanos) era que lo que fuera a traer al mundo fueran niños: varones.

Pero no fue así. Sentí decepción cuando me lo comunicaron. En las dos ocasiones. Una decepción fugaz, es verdad. Eran niñas, mis niñas y las iba a adorar igual. Claro!

Mi anhelo no era un capricho. Era un acto de amor. Quería para mis hijos lo mejor, el punto de partida más favorable, más oportunidades, más libertad, más mundo que comerse, más seguridad... Porque cuando fui madre, hacía ya muchos, muchos años que yo había recibido la revelación que marcaría mi vida: lo de ser mujer es un mal comienzo y mejorar eso es una carrera de obstáculos extenuante.

Ya he dicho (y publicado) en alguna ocasión que a mí ser mujer me da rabia. Y me va a dar rabia hasta que me muera, me temo. Porque el panorama no mejora para nosotras: se estanca o retrocede. Si a nuestro sistema económico le vienen mal dadas, como es el caso, toca prepararse para llevarse la peor parte.

Los "días de..." son necesarios, aunque su eficacia en la sensibilización social sea relativa. Así que toca prepararse para celebrar el Día de la Mujer y reivindicar. Vaya por delante que me parece bien. Muy bien. Pero qué cansada estoy de quejarme de lo mismo siempre. Será que tenemos que hacerlo de otra manera? Será que nos liamos con las campañas y lo que teníamos que estar haciendo es preparar una auténtica revolución de las mujeres?

Ni idea de cómo se podría empezar a liar una gorda que haga tambalear los cimientos del patriarcado. Además, ya he dicho que estoy muy cansada y la cabeza no me da para empresas de este calado.

Yo ya no voy a manifestaciones. A ninguna. No es por desinterés en las causas ni por pereza. Es porque decidí que nunca más, viniendo de la manifestación que se convocó en Bilbao para pedirle a ETA la liberación de Miguel Ángel Blanco. Me salté mi "nunca más" para pedirle a Aznar que no participáramos en la guerra de Irak. Mataron a Miguel Ángel Blanco y España participó en la guerra. Las dos manifestaciones fueron multitudinarias. De las que impresionan. Pero quien tenía que escuchar al pueblo, no lo hizo. A pesar del clamor, de la implicación, de los mensajes suplicantes... Me tocan muy adentro las multitudes coreando consignas. Revientan mi equilibrio emocional. Y para nada. Nunca más.

Yo prefiero el compromiso de seguido: antes y después del día D. Y sobre todo prefiero que no nos hagan la pelota a las mujeres en estos días previos mostrando la sensibilidad con la causa. Porque no me creo nada.

Juguemos el juego, que dirían los franceses. Porque para desaprovechar altavoces para denunciar y reivindicar, tampoco estamos. Pero no nos despistemos, que la revolución que necesitamos está pendiente de la empatía de los hombres y mujeres que conformamos esta sociedad y, sobre todo de la justicia. Estamos tan, tan verdes en justicia social... Sigamos pidiendo y exigiendo sin desfallecer.

Si para cuando mis hijas se tengan que enfrentar solas al mundo, la cosa no ha mejorado, tendré que montarme una revolución para arroparlas. Pero si alguna (o alguno) está lúcida y puede ir preparando un guioncito, pues vamos ganando tiempo. Y yo cuando salga de mi crisálida, me sumo. Palabrita.

Feliz 8 de marzo, señoras. Lo cortés no quita lo valiente.

viernes, 20 de febrero de 2015

Morir a poquitos

Una persona a la que quiero acaba de perder a su padre. Tengo una edad en la que la muerte es tenida en cuenta por imperativo vital. Irrumpe en mi vida de forma más o menos directa, pero a cada poco y poniendo patas arriba las rutinas y las emociones.

Hace unos días hablaba con unos familiares sobre la muerte de los hijos o de las hijas. No soy capaz de imaginar un trance más doloroso. Coincidíamos en que con algo así se puede aprende a vivir, pero es, sin duda, una amputación que tiene que sentirse forzosamente hasta el final de los días. Hablábamos también de la vida y de la muerte en términos relativos al contexto en el que se producen. Duele lo mismo perder un hijo en África? En familias en las que se tienen 10 hijos y sobreviven 4, la muerte desgarra igual? Incluso: tiene en zonas de subdesarrollo, pobreza, conflicto... el mismo valor la vida? Soy cruel, prepotente... por poner en cuestión la herida de la pérdida de un ser querido dependiendo del lugar y situación en la que se produce? Sí es así pido sentidas disculpas. 

Últimamente pienso mucho en la muerte. Porque la siento cerca, rondando. No sé si es a mí, a los míos, a las personas cercanas, conocidas... Da igual. La conclusión no puede ser otra: la muerte está ahí, tan presente como la propia vida. Reconocerla, temerla o convivir con ella es una mera cuestión de actitud. Cada vez hay más personas que se forman para acompañar en el duelo y están haciendo un gran trabajo. Tenemos que ser capaces de afrontar las pérdidas con paz. Conozco a personas que han hecho unos procesos emocionantes de preparación para dejar marchar y añorar en calma, aunque tenga que ser una calma triste.

Iniciaba esta entrada hablando de la pérdida de un padre. O de una madre. Ley de vida. No? Ya. Tengo la suerte de tener padre y madre, pero temo el momento en el que ocurra: los perderé para siempre. Imagino que tiene que ser algo así como ser un árbol de estos frondosos y que te arranquen una raíz gruesa bien agarrada que te alimentaba y te servía de referencia: de dónde vienes y a quién te debes. Pienso que debe sentirse uno muy desamparado sin esa fuente de la que beber y en la que reconocerse. Pienso en una impotencia rabiosa, en una tristeza profunda, en un aullido que se escapa desde las entrañas.

En este centrifugado al que estoy sometiendo mi vida en los últimos tiempos, me estoy mareando un poco. Entro en estados de confusión que me desestabilizan, pero que al final del trance, me iluminan. Estoy siendo plenamente consciente de que dejarse llevar por la senda de una existencia marcada por las circunstancias es como morir a poquitos. En el momento en el que una mirada crítica sobre tu presente no devuelve un balance positivo, la vida pierde puntos y te arrima a sentimientos destructivos de muerte espiritual. Creo en la responsabilidad personal de poner en valor nuestra propia vida. Porque es una cuenta atrás inexorable que no sabemos qué velocidad lleva.

Hace una semana nació un bebé que me ha convertido en tía abuela! En breve, voy a ser tía. Tía normal, jajaja... Y esta bebita que ya está entre nosotros y este bebito al que esperamos con tanta ilusión son la manera más fácil de agarrarse a la vida. Servido en bandeja, porque nos ayudan a compensar, a recuperar la esperanza en lo que está por venir, en las personas que serán y en lo que aportarán a nuestro maltratado mundo.

Pero no ocurrirán milagros. Morir a poquitos es inevitable y entonces qué nos queda? Nos queda el deseo de un descanso en paz, como dicen las esquelas y las lápidas. No sólo para los que se van para siempre, sino para las personas que nos quedamos por aquí todavía y tenemos la oportunidad de vivir. Y ése es el único milagro que yo veo posible: que esto, sea VIDA.


miércoles, 4 de febrero de 2015

La vuelta al calcetín

Quienes me conocéis bien quizá habréis echado en falta que no haya despotricado suficientemente por aquí sobre la nieve. Y no es que haya aprendido a apreciarla después de los años: la odiaré siempre. Es porque estoy haciendo grandes esfuerzos por ignorarla y las circunstancias que vivo me están poniendo fácil no tenerme que enfrentar demasiado a su hipócrita belleza y a su estampa mentirosa. La nieve es tan prepotente que no da opción.

Estoy ahora mismo en el trance de poner mi casa patas arriba, de darle la vuelta al calcetín y arrancar las pelotitas que se han ido formando con el tiempo, cortar algún hilo de la costura... el que se mete entre los dedos, con lo incómodo que es. Estoy en el proceso tan enriquecedor como doloroso de mirarse por dentro. Cuando llega el momento, lo haces. Porque es eso o no poder vivir.

Es una mierda. Porque nada de lo que ves te gusta. Es mucho mejor apalancarse en la imagen creada de una misma que asumir la intolerancia, la imperfección, las malas prácticas, los excesos que hacen daño a terceros, la exigencia y la lista negra que, sin ser consciente, he ido elaborando con las decepciones acumuladas con los años.

Desde ayer me ronda una pregunta de las que no tienen fácil respuesta: cuántas de las personas que yo quiero están dispuestas a pasar por alto todos mis errores? Sólo porque me quieren. Porque dan por hecho que cuando yerro no hay mala fe, que cuando algo que dije hirió, fue porque otra herida no me permitió tamizar debidamente? Con cuántas personas puedo permitirme caminar sin excesivo tiento, sin la exigencia permanente de estar a la altura? Cuántas personas están conmigo "a muerte"?

Aquí saco a colación la lista negra otra vez. Porque si algo he aprendido con los años es que la justicia de la tierra es cuestionable y la divina está por ver. Y que bien no siempre devuelve bien; ni compromiso, resultados; ni entrega, amor; ni devoción, lealtad; ni sangre, vida.

Cuando he empezado a escribir estas líneas, acababa de bajar las persianas y tenía la imagen de una calle ancha cubierta con un manto en la que no podía situar ni carretera ni acera ni vías del tranvía. Ahora me he dado cuenta de que ésa es la imagen que me ha puesto a escribir. La nieve se ha colado sin permiso en mi cuerpo pintándomelo de blanco y traspasándome todo su frío y su incertidumbre. Me pilla sin palas, sin sal. Me pilla consciente de que las previsiones del tiempo no mejoran. Me llena de impotencia y si supiera cocinar, me ponía ahora mismo a preparar calamares en su tinta para arruinarle la pureza a esta inclemencia que es mucho más fuerte que yo.

jueves, 29 de enero de 2015

La mariposa

Una vez, de niña, me perdí por seguir el vuelo de una mariposa. La quería para mi padre. La mariposa hizo conmigo lo que quiso y se lo debió pasar en grande alejándome del juego de mis hermanos y de mi madre, que pasaba las mañanas de "caza" de mi padre haciendo punto. O tal vez fue que la mariposa quería enseñarme su monte. O tal vez, que simplemente me faltaba conocimiento para calibrar el riesgo de perseguir la belleza sin ir anotando referencias visuales por el camino. Pretendía atrapar entre mis pequeñas manos una mariposita azul y mantenerla aleteando, para enseñársela a mi padre.

Ahora que soy mayor me espanta la idea de retener un bichito libre para mi mero regocijo estético. Los años nos van cambiando.

Parece mentira, pero aunque estamos terminando enero, hace mucho frío y llueve... yo veo mariposas tras las que podría ir. Ya no son azules ni pequeñas ni las quiero para mi padre. Ni me interesan. Ahora sé que si les sigo el aleteo me pierdo sin remedio. Así que miro para otro lado, abro el paraguas, esquivo los charcos embarrados y siento una dolorosa nostalgia recordando a aquel señor que me encontró por el monte. A ese buen hombre que llevó a una niña perdida junto a su padre y que junto a él fue hablando de mi travesura hasta llegar a donde me esperaba mi madre. "A fin de cuentas, piense que la niña se ha perdido, por conseguirle a usted una más para su colección". No hacía falta que me cubriera, porque mi padre no me riñó.

Recuerdo este cuentico de mi infancia, que tanto les gusta a mis hijas, porque la madrugada me ha sacado de mi ligero reposo al escuchar una voz "¿Pero dónde estabas?". No sé quien me llamaba ni por qué o para qué me reclamaba. Pero en ese abrir los ojos en medio de la nocturnidad, en la que realmente no ves nada durante unos segundos, aleteaba y coqueteaba conmigo una mariposa.

viernes, 16 de enero de 2015

Desaparecer

Hay días que son de que no. No aciertas con nada. Metes la taza del desayuno en el lavavajillas y estaba todo limpio; pero coges el trapo para secarte y está calado. Ni qué decir tiene que del rollo de papel absorbente (plan B) sólo queda el rulo (la mía es una familia como las demás). Todas las respuestas que das son incorrectas, el remolino del pelo se rebela, la falda se te gira con el bolso, sacas el paraguas de palo y se ha parado el viento, el WhatsApp te hace pensar en que la muerte es tan natural como la vida, se ha acabado el pan de media cocción y sólo tienes ganas de encontrar la puerta de emergencia secreta y desaparecer.

Lo malo es cuando los días son semana y la semana busca arrope en su mes y su mes en su año. Y te levantas una mañana diciendo "Qué asco de año!". Pero no te engañes: no es el año; eres tú. Y acaba de empezar! Es como cuando el trinomio pijama-bata-calefacción no te amilana para decir "No hace frío en casa? Pues no: el frío está en tu interior.

Estoy pelada de frío. Por dentro y por fuera. Hoy he paseado con mi perro bajo una tímida lluvia de aguanieve y en la radio han dicho que mañana va a nevar en Madrid. Y yo sin inmutarme. He dejado de odiar el invierno y he traspasado todo mi desdén al frío. Al frío en general: al que siento en invierno y en primavera y en verano y en otoño. Las trampas que se trae esta ciudad con las estaciones ya no me irritan. No me gusta la ciudad ni nada de lo que tiene. Porque cuando estoy aquí siento frío y cuando me voy, de repente ya no.

(Enlace con la canción que me sugiere Gerardo en su comentario).

jueves, 8 de enero de 2015

Entrevista en el blog "De Vitoria y vitorianos"

Esta entrevista fue realizada por Asela Ortiz de Murua y publicada el pasado 6 de enero, en el blog "De Vitoria y vitorianos".

Podéis leerla aquí si os apetece:
Macarena Domaica: bicicletera y activista a tiempo completo.