Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

domingo, 27 de julio de 2014

Del montón

A estas alturas de mi vida, me he caído del guindo y he asumido que soy del montón. Sí. Como tanta gente. "Mal de muchos...". No. No es un consuelo, pero será una liberación en cuanto lo rumie y me crea que no es tan grave y que es el destino más común de los pobres mortales.

Yo tenía grandes esperanzas en mí. Imagino que esto nos ha pasado un poco a todos. De autoestima no he ido nunca sobrada (mal generalizado, todavía en las mujeres de mi generación), por lo que me inclino a pensar que alguien... en mi casa, en el cole, en el círculo de amigos... debió ir lanzándome mensajes de refuerzo que me llevaron a confiar en mi futuro prometedor. Pero el futuro ya ha sido, tengo más de 40 años y no he hecho nada de lo que para mí soñé; cosas que me distanciarían varios palmos de la gente corriente, sueños que habrían cobrado forma y me habrían hecho sentir que había sacado provecho de los dones que me fueron entregados al nacer.

Como digo, eso no ha ocurrido y la mierda de los cuarenta ha proyectado esta frustración en la pared donde fui anotando mis anhelos. Hoy es el día que en negrita puedo ver todo aquello que no seré. Es cierto que no se vive en balde y los años me han llenado las alforjas de otras vivencias que no estaban en mi hoja de ruta, pero que me han hecho quien soy y llevado a este punto en el que estoy.

Debe ser la edad, pero me cansa mucho vestirme trajes grandes y salir al escenario para vender mi personaje. Y "hoy debo confesar que estoy algo cansada, de llevar esa estrella que pesa tanto", que diría la Pantoja. La estrella es una moto cualquiera que nos han vendido como deseable y, lo que es más grave: como alcanzable en la recta final de un proceso acompañado de tesón y esfuerzo. Pero lo que de verdad ocurre es que el tesón y el esfuerzo no son garantía de nada y que la estrella del futuro prometedor despierta una frustración y una tormenta interior que es incompatible con la paz.

Es cierto que estando como estamos en el mes de julio, cabría agarrarse a la esperanza de un agosto reparador que traiga con el merecido descanso, la capacidad de poner las cosas en su sitio. Pero el mes de julio es el mes eterno al que no se le ve el final... Y tampoco queda ya nada de aquel verano de la infancia y de la primera juventud en el que se prometían tantas experiencias, todas buenas, todas apasionantes, todas nuevas... Aunque al llegar septiembre resultara que ni habían sido tantas ni tan apasionantes ni todas nuevas.

Ay, pero el julio de los adultos -de la gente del montón- es en el mejor de los casos un receso de cuatro semanas que se espera con ilusión sabiendo que pasa demasiado rápido. 

Creo que ahora que sé que el Universo no me ha dotado de genialidad alguna y que la humanidad no dará un pasito más adelante, dependiendo de que yo haga unos deberes que no sé hacer; creo que ahora que estoy dispuesta a dejarme caer en la colchoneta en la que no me dolerán tanto los golpes, podría rebajar esta tensión vital y concentrarme en ser simplemente una mujer que pasa por la vida haciendo lo que puede, avanzando junto a otros a pasos lentos. Creo que la exigencia se ha quedado ya con gran parte de mis fuerzas y acabo de ser plenamente consciente de que si no me presento al examen... pues no pasa nada.

Espérate que lo rumie, como decía al principio. Pero vamos: que yo creo la cosa va a tener que ir por ahí.




jueves, 10 de julio de 2014

Fuera de cobertura

Qué mal cuando la gente se rompe. Cuando alguien llora y un abrazo no le abarca, y sus facciones se tensan y su piel enrojece. Cuando lo que expresa son titulares y lo que no cuenta es lo que de verdad le está haciendo polvo.

Qué mal cuando no hay receta ni garantías en las palabras que pronunciamos. Cuando no podemos pintar un sol en mitad de tantas nubes ni abrigar un alma que tiene frío.

Qué mal cuando se alarga en el tiempo y la esperanza es un trayecto mojado por la lluvia, con sus baldosas rotas; ésas que salen al paso para salpicarte los pies y las pocas ganas de vivir.

Qué mal no saber, no poder, no permanecer, abandonar, estar fuera de cobertura.

miércoles, 2 de julio de 2014

Qué fue del silencio

Hace tiempo que observo con preocupación que ruido se confunde con compañía. Al silencio, como si se le temiera. Quizá se le reconozca como un vehículo poderoso de grandes revelaciones y de ahí el "lagarto, lagarto".

Me cuesta quedarme a solas con el silencio. Lo busco con desesperación, pero es que tiene demasiados enemigos. Me pasa a menudo que estoy en casa, a mis cosas, y percibo la incomodidad de quien al poco rato arriva a mi remanso de paz. A continuación ocurren dos cosas: me dan conversación o me encienden la tele. Y se acabó. Irrumpen un montón de voces, sintonías, risas enlatadas... y siento como si me hubieran desenchufado de golpe, sin darme el margen necesario para ir apagando mi sistema... Como los ordenadores.

Cuando no es la tele es Cadena 100; cuando no, las obras del edificio de enfrente o el recorte del jardín o el camión que vacía los contenedores... El ruido. El ruido de la ciudad. El ruido que bajo la etiqueta de "vida" esconde la más moderna de las soledades: la de no conseguir encontrarse con uno mismo. No entiendo por qué se confunde silencio con aburrimiento o con tristeza, incluso.

Si hay algo que añoro tanto como el sol y el calor es precisamente el silencio. Lo necesito para escucharme, para dar cuerpo a lo que siento, para rehacer mi lista de prioridades, para echar en falta un gesto, para sorprenderme en un descuido, en una tarea sin hacer... Para simular conversaciones que quisiera mantener con alguien para aclarar un par de cosas o para tener oportunidad de explicar otras; para escucharme cantar. Mientras no consigo un espacio y un tiempo, el silencio retiene a mi auténtico yo; al que se acobarda ante la omnipresencia de ese ruido, real y metafórico, con el que se forjan en nuestros días aparatosas crisálidas para el alma.

Me preocupa que el silencio se interprete como una carencia, como una señal de que algo no va bien. Me irrita que alguien conocido me encuentre leyendo en un tranvía/autobús/tren... y no respete mi entrega a la historia que tengo entre manos, y me dé conversación para entretener su trayecto y arrojar ruido sobre el mío. Convencido, además, de que preferiré el palique a la "soledad".

Me llama la atención que en estos tiempos en los que urge recuperar las relaciones frente a frente y apagar de vez en cuando las pantallas, la soledad querida encuentra comprensión social en tanto en cuanto lo exije una conexión vía Internet. Entonces sí te respetan: te estás "conectando" con alguien y te dejan hacer sin interferir en tu silencio. Pero ése no es el silencio del que yo hablo. El silencio que yo busco es aquel en el que está de más todo aquello que no sean mis pensamientos. 

Así es que en la búsqueda permanente de mi tesoro, a menudo visualizo un paisaje rural, soleado, con montañas, vaquitas y pajarillos cantando... y me hago grande soñando con irme a vivir al campo. Me vale como ejercicio desestresante, pero poco más. Porque a mí me gusta vivir en la ciudad. Pero ¿es tanto pedir que le respeten a una la paz de la tele apagada y su tertulia consigo misma? Se ve que sí. Que lo que planteo suena a "pues vaya rollo". Pues nada: ¡vino para todos y todas! ¿Qué ponen en la tele? 

Pero está cerca el día en el que emularé a Jesús en su encontronazo con los mercaderes en el templo y arramplaré con todas las teles que encuentre a mi paso, poniendo cara de loca. Más ancha que larga me he de quedar. Y, a continuación, reiniciaré mi sistema de mujer nueva y silenciosa, porque me habrán retirado la palabra unos cuantos que yo me sé ;-)