Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

martes, 25 de noviembre de 2014

El día de los datos de la violencia machista

(Post publicado en la web del partido Por un Mundo + Justo (M+J), con motivo del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer)


Hoy los datos se ponen seguidos de comas en los textos y las crónicas radiofónicas y televisivas. Datos que hablan de mujeres víctimas de hombres. Datos que pintan el horror de una injusticia estructural: la tolerancia social a la dominación masculina que ha hecho posible que el desarrollo social, cultural y político no haya tenido en cuenta a las mujeres.

El patriarcado ha ofrecido y ofrece un marco para la violencia machista en todas sus formas. Violencia machista es cuando un hombre asesina a una mujer. Pero también cuando la maltrata, abusa, insulta, veja, empequeñece, limita, controla y cela. Todas estas formas de violencia atentan gravemente contra la dignidad y la integridad física y moral de las mujeres y, en consecuencia, constituyen una flagrante e intolerable violación de los derechos humanos; la más habitual y que afecta a un mayor número de personas, a mujeres y niñas de todas las culturas y clases sociales. La discriminación que sufren las mujeres por el mero hecho de serlo es un escándalo universal.

Miguel Lorente, ex delegado del Gobierno contra la Violencia de Género propone un ejercicio ilustrativo: "Imaginemos que hubiera un colectivo en el que pasara algo similar: 60 taxistas asesinados cada año, o 60 profesores... Sería inadmisible. Sin embargo, cuando hablamos de violencia contra las mujeres aún somos permisivos. Criticamos solamente lo excesivo y permitimos que siga normalizado todo lo demás”. Dice Lorente que “la violencia de género es una especie de guardián del orden patriarcal establecido”. La violencia machista es estructural y ello hace que a su alrededor surjan argumentos para justificarla. “No se visibiliza porque ocurre en un ámbito íntimo. No es una violencia externa que altere las normas de convivencia, como lo hace el terrorismo; sino consecuencia de un rol asignado al hombre que le atribuye una posición superior a la mujer, que le legitima para someterla".

La sensibilización de la sociedad en su conjunto es clave. No podemos permanecer indiferentes, porque la impasividad tiene gran parte de responsabilidad en esta lacra social.

Las primeras señales
La actual delegada del Gobierno contra la Violencia de Género, Blanca Hernández, llama la atención sobre la importancia de identificar cuáles son las primeras señales de los malos tratos, porque “las lesiones más graves, empiezan con actitudes poco igualitarias". Más del 20% de las adolescentes sufren control abusivo, principalmente a través de las redes sociales o del teléfono móvil. Mensajes como el que los celos son una muestra de amor, o la complacencia en que los chicos salgan con muchas chicas, pero no al revés, alertan del riesgo de violencia machista en cualquiera de sus formas.

Ahora sí, datos.
Aunque lo importante son las personas a las que refieren los datos, no cabe duda de que esos números de la vergüenza apoyan la denuncia y el clamor por la implicación de todos y todas en la búsqueda de soluciones. Según datos aportados por el CIS, 755 mujeres han sido asesinadas en España en la última década. En este año 2014, suman ya 43 las mujeres muertas por sus parejas. Alrededor del 80% de las mujeres que sufren maltrato no lo denuncian a la policía. Aun así nuestro país registra al año unas 140.000 denuncias por delitos o faltas relacionadas con la violencia machista. Ningún otro delito tiene sobre sí una sombra tan grande sobre la existencia de denuncias falsas. Y sin embargo, sólo el 0,018% lo son; el porcentaje más bajo de entre todos los delitos del Código Penal (dato de la memoria de la Fiscalía General del Estado).

Si miramos a otras partes del mundo, datos, datos y más datos indignantes evidencian la urgencia de abordar con compromiso y eficacia en el ámbito mundial, el problema de la desigualdad y la violencia que trae consigo.
  • En la Unión Europea una de cada 10 mujeres ha sido víctima de algún tipo de violencia sexual desde los 15 años de edad y 1 de cada 20 ha sido violada.
  • Cada hora, 48 mujeres y niñas son víctimas de la violencia sexual en República Democrática del Congo.
  • En la India, en 2013, fueron matadas 27 mujeres al día por motivos relacionados con la dote.
  • En Sudáfrica, cada seis horas una mujer es asesinada por su pareja.
  • En Honduras, 600 feminicidios ocurridos durante 2013 quedaron impunes. 
  • Entre 500 mil y 2 millones de personas son víctimas de trata; un 80% de esas víctimas son mujeres y niñas.
  • Más de 130 millones de mujeres y niñas han sido sometidas a la ablación genital en África y Oriente Medio.

#BastaYa #NomásViolenciaMachista #MachismoMata

domingo, 2 de noviembre de 2014

Puntitos

La gente en general tiene siempre un puntito. Un puntito listo para ser colocado en una "i" de terceros. No es nada práctica esta afición: genera tensión, respuestas a la defensiva, malestar, nudos en el estómago, salidas de tono... Depende de quién lleve la "i" en cada puntuación.

Vas a cambiar un pantalón nuevo porque la cremallera se baja... y la dependienta te dice si no será que te queda pequeño... Le dices a la cajera que te faltan vueltas porque le has dado uno de 20€... y te responde, por de pronto, que acababa de fijarse en los billetes de 20 que tenía y que cree que no; y a ver si te achantas. Vas a una zapatería pidiendo unos botines con unas determinadas características... y no se limitan a decirte que no tienen; se lanzan a la piscina y te aseguran que lo que buscas no lo vas a encontrar. Vaya. Te quejas porque alguien no te ha dado un recado importante y hay otro alguien que recuerda aquel día en el que se te fue el santo al cielo y dejaste algo sin hacer. Planteas una cuestión creyéndote en confianza y recibes un maquillado "Zapatero, a tus zapatos" que te descoloca para una larga temporada. 
Cosas así ocurren todos los días y en todos los niveles de relación. Se ve que nos mola ese escaloncito de más que nos permite verle "el cartón" al prójimo.

Tendríamos que plantearnos hacer una apuesta seria por la paz; por la armonía, por la templanza, por las miradas con mejores ojos. Tenemos al mundo enfermo de injusticia e insolidaridad, tenemos tantas tiritas a nuestro alcance que poner... Y en lugar de estar repartiéndonos los apósitos nos desgastamos en romper la convivencia con incontinencias verbales que poco aportan y actitudes que nos mantienen a salvo de un inquietante examen de conciencia. Nos cuesta tanto reconocer la inocencia de quien no pretendió ofendernos, volver al punto donde la lana empezó a girarse y deshacer una fila entera del derecho y otro tanto del revés. Nos cuesta también reconocer la valía a quien se llevó aquello que habíamos deseado tanto. Como nos cuesta ver inteligentes, buenas, hermosas a quienes nos sustituyeron en el corazón de otra persona. Sentimos la imperiosa necesidad de poner en su sitio a quien tuvo la osadía de incomodarnos y nos parece que así nos quedamos a gusto, más anchos que largos. Y qué va.

También yo tengo mi puntito en la recámara para dispararlo con tino sobre alguna insolente "i" descabezada que acabará por cruzarse en mi camino. Pero cada vez que lanzo puntito, en el mismo instante en el que inicia su trayectoria hacia el objetivo, yo ya me doy cuenta de que lejos de quedarme más ancha que larga, la rigidez se instala en la parte de mi estómago donde van a purgarse mis malas obras. 

Sentirse ofendido es un derecho. Pero es también una trampa profunda que te atrapa donde más duele: en las inseguridades. Me parece muy difícil salir airoso de ese mazazo a la autoestima, por otra parte, tan cotidiano. ¿Soy yo la única que se autoviolenta con juicios sumarísimos y severas sentencias? 

Así que... ahí tenemos la caja de puntitos para desquitarnos también con quienes tan alegremente nos lastiman (o eso nos parece). Pero no creo que así mejoren las cosas. Porque si me siento mal y devuelvo mal, alimento a la bicha del desencuentro y torpedeo la esperanza de la reconstrucción que tanta falta nos hace.

Tengo un puntito colocado en una potente "i". Lo sujeto con firmeza desoyendo la voz que me pide aflojar. Lo sujeto porque me escuece demasiado y no me deja pensar con claridad. Pero en el fondo sé... que es más importante la forma.

viernes, 26 de septiembre de 2014

A vueltas con la ropa limpia

Quienes me seguís por aquí, sabéis que este tema me trae a mal traer. Pues a vueltas con la ropa limpia.

He tenido la suerte de que como responsable de Comunicación de Cáritas me invitaron a participar de un encuentro con periodistas, para hablar de la campaña Ropa Limpia de Setem: "Periodismo comprometido: más allá de las tragedias. La lucha por la dignidad". 
Éste es el texto que he preparado para la página web de Cáritas de Vitoria y lo publico aquí también. Para sumar.
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ENCUENTRO CON PERIODISTAS ORGANIZADO POR SETEM PARA INFORMAR DE LA CAMPAÑA ROPA LIMPIA. 25/09/2014


Recibimos la invitación de Setem Hego Haizea para asistir a este encuentro de periodistas llamado "Periodismo comprometido: más allá de las tragedias. La lucha por la dignidad".

Periodistas y responsables de comunicación de organizaciones fuimos convocados ayer para compartir información y poner sobre la mesa el papel de los comunicadores en la denuncia y sensibilización sobre las condiciones laborales que sustentan el negocio de la ropa fabricada en Asia. La campaña Ropa Limpia de Setem (www.ropalimpia.org/es) actúa realizando investigaciones, concienciando y movilizando a las personas, presionando a las empresas y denunciando casos.
Tuvimos ocasión de compartir mesa con Eva Kreisler, coordinadora de la Campaña Ropa Limpia y Zigor Aldama, corresponsal en Asia. De su mano conocimos la situación en la que las trabajadoras de las fábricas textiles de Asia desarrollan su labor. Es de sobra conocido que esta producción se sustenta en condiciones sumamente precarias: sueldos mínimos indignos e inseguridad laboral que nos llevan a hablar de explotación, incluso, infantil.

Tras los trágicos sucesos de Bangladesh
El derrumbe del edificio Rana Plaza o el incendio de la fábrica textil Aswad Composite Mills, en Bangladesh, fueron noticia el pasado año, contribuyendo a visibilizar la situación de tantas personas que encuentran en la producción textil su medio de vida. Desde estos trágicos sucesos, la presión mediática (por primera vez se citan los nombres de las marcas) y de los consumidores a las empresas ha hecho que algo mejore. El salario mínimo ha pasado de 28€ mensuales a 50€, pero sigue siendo el más bajo del mundo. Algunas empresas dicen estar perdiendo dinero con esta subida y planteándose marcharse a otro lugar donde puedan pagar menos por el mismo trabajo.
El corresponsal Zigor Aldama que ha estado en varias ocasiones en Bangladesh, contó a los presentes que no le permiten la entrada en las fábricas de las grandes marcas, aunque sí en otras en las que comprobó las malas condiciones laborales, el trabajo infantil y la falta de seguridad. Aldama denunció también la subcontratación múltiple que lleva a concluir que aunque haya empresas que no someten a sus trabajadores a las condiciones relatadas, sí adquieren las materias primas de estos talleres; con lo que forman parte del negocio indigno de la mano de obra en condiciones de explotación.
El hecho de que no haya periodistas en el terreno dificulta mucho que se elaboren noticias sobre lo que allí ocurre. De ahí la importancia de que los profesionales de la comunicación y la sociedad en general adquieran compromisos en la denuncia y visibilización de esta sostenida vulneración de los derechos humanos de tantas personas.

Fondo de compensación
Por su parte, Eva Kreisler, coordinadora de la campaña Ropa Limpia, habló del fondo de compensación con el que las víctimas de las malas condiciones de trabajo en los talleres textiles deberían ser reparadas. El fondo de compensación se nutre de una aportación voluntaria cuya cuantía únicamente es posible conocer si las propias empresas lo comunican. En palabras de Kreisler "es necesario regular la contribución al fondo para que sea obligatoria para todas las empresas".
En el turno de preguntas de los periodistas presentes se pusieron sobre la mesa reflexiones sobre el periodismo comprometido y la responsabilidad de dar a conocer realidades de injusticia. Al hilo de estas inquietudes, dijo Aldama: "No creo en el periodismo comprometido. Creo en el periodismo. Y el periodismo tiene que estar comprometido con la verdad". 

¿Qué se puede hacer?
Siguió la pregunta recurrente: "¿Dónde compramos la ropa?". Aldama dijo apreciar el posicionamiento de Setem que no aboga por el boicot a las marcas. Tanto Kreisler como Aldama coincidían en afirmar que la clave está en presionar a las marcas para que mejoren las condiciones de trabajo. La manera de hacerlo pasa por apoyar campañas, interesarse por la responsabilidad de las empresas productoras, pedir información sobre el origen de los productos, contribuir a la visibilización de las noticias que dan cuenta de lo que ocurre, compartir contenidos en redes sociales, en el propio entorno; organizarse colectivamente para hacer denuncia...
En el dossier entregado a la prensa se recoge lo siguiente con respecto al boicot a las marcas: "La campaña Ropa Limpia quiere estar al servicio de las personas trabajadoras y éstas prefieren conservar su trabajo. Cuando denunciamos un caso ponemos todos los esfuerzos para evitar que las empresas decidan dejar de hacer negocios con una fábrica o con un determinado país y llevarse la producción a otro lugar. Lo que pedimos es un modelo de producción que no ejerza una presión intolerable en los trabajadores y trabajadoras por hacer entregas más rápidas, y en los intermediarios por vender más barato, dos factores que empeoran las condiciones de trabajo". Es cierto que la opinión pública asocia la explotación de las fábricas textiles a grandes marcas productoras de ropa, pero como apuntó uno de los periodistas presentes en el encuentro:  "Hay muchos negocios más pequeños que venden ropa con su propia marca, pero van a Asia a comprar las prendas que luego venden aquí".
Para concluir el encuentro, Eva Kreisler, coordinadora de la campaña Ropa Limpia, hizo hincapié en la capacidad de los medios de comunicación para sensibilizar y concienciar a las personas. Nos quedamos con una frase: "El periodismo es ante todo un derecho, un compromiso y un servicio".

miércoles, 10 de septiembre de 2014

El horror de la vuelta al cole

¿Quién dijo que el día malo era el 1 de septiembre? El verdadero horror de este mes odioso es la segunda semana en la que se produce la vuelta al cole. Ésa que la publicidad refleja con niños, niñas y madres (sobre todo madres) supercontentos ellos, estrenándolo todo al mejor precio.

La vuelta al cole es un fenómeno que se produce en un constreñido espacio de tiempo, in extremis. Todos los libros y carpetas tienen que estar forrados ya, porque si no... No sé qué pasaría. La vida no me ha regalado la paz suficiente para demorarme en esta exigencia más de 24 horas. Este año, además, tenemos el novedoso mandado de marcar con el nombre de nuestras criaturas pinturas y rotuladores. ¡Y no me refiero a la caja! ¡Cada pintura y cada rotu! No vaya a ser que se nos caiga un rojo al suelo y no podamos saber de quién es, sin tomar las huellas ante un agente de la policía científica. ¿Sabéis esa afición tan china de escribir un textito de Mao en una lentejita? Pues un poco así me he sentido yo, poniendo en cada ladito del hexágono que forma la pintura, el nombre de mi benjamina. Después he rotulado las reglas, el sacapuntas, la barra de pegamento, ¡la tijera! ¿Nos hemos vuelto locos?
Andereños y maizus del mundo: #BastaYa. Se puede volver al cole sin tanto empeño #SíSePuede.

Me siento como quien ha pedido una hipoteca por un dinero que no puede pagar. Abrumada y desolada ante la convicción de que no podré hacerle frente. Las tardes de fiesta escolar me van sobrando ya. ¡Hala: todo el mundo al cole, mañana y tarde, que mamá tiene que recuperar ya la ilusión por la vida!

El equipamiento textil es otro temazo. Porque no hay manera de acertar. Si esperas a que vayan necesitando ropa, amiga, no la encontrarás. Vitoria es así de cachonda. El invierno dura hasta agosto, pero como pretendas comprarte un abrigo en febrero, vas lista. Así que una prevé. Y ahí es donde te las mete dobladas el destino. Porque tú compras dos vaqueros en septiembre y a primeros de noviembre, la niña pega el estirón de su vida. Señor: ¿por qué? Mira que les tengo dicho a mis hijas que si van a crecer, lo hagan a principio de temporada. Pero es que ellas ya tienen muy arraigada la costumbre de ponerme en modo radio y hacer lo que se les pone en las puntas de la melena. No me hagáis hablar del eterno debate que comienza con la pregunta: "Mamí: ¿pero tú a qué llamas las puntas?".

Me consumo. No me llega el forro para dos libros. Señores y señoras desarrolladoras: creen ya una aplicación para calcular el forro que se necesita para enfrentar la vuelta al cole con éxito. Respecto al papel adhesivo, ¿a nadie más le da por llorar? Esas bolsas, por Dios. Que te lo estás currando más que un parto; ahí... con cuidado, pasando el trapo a la vez que descubres el adhesivo... Pero da igual, porque siempre, siempre, se impone la pompa, soberbia ella. Sabiendo que acaba de darte donde más te duele. Vas a por la agujita "para pincharla y sacarle el aire". Tus hijas te miran con poca fe, como casi siempre. Procedes: pinchas, aplastas la bolsa... Y te encuentras la cara de la niña que sin palabras dice: "pues se nota". Pero no lo verbaliza, porque sabe lo que hay: una madre a punto de hacerse una mortaja con el aironfix, para poner fin a tanta impotencia. Y es que el aironfix siempre sobra. Se autopeta de bolsas el sólo de año en año y no te sirve. Pero aún así lo guardas. Desarrolladoras y desarrolladores, por favor: otra app para calcular los metros de papel adhesivo.

Dios mío, cómo acabaremos #VivoSinVivirEnMí #MueroPorqueNoMuero





domingo, 27 de julio de 2014

Del montón

A estas alturas de mi vida, me he caído del guindo y he asumido que soy del montón. Sí. Como tanta gente. "Mal de muchos...". No. No es un consuelo, pero será una liberación en cuanto lo rumie y me crea que no es tan grave y que es el destino más común de los pobres mortales.

Yo tenía grandes esperanzas en mí. Imagino que esto nos ha pasado un poco a todos. De autoestima no he ido nunca sobrada (mal generalizado, todavía en las mujeres de mi generación), por lo que me inclino a pensar que alguien... en mi casa, en el cole, en el círculo de amigos... debió ir lanzándome mensajes de refuerzo que me llevaron a confiar en mi futuro prometedor. Pero el futuro ya ha sido, tengo más de 40 años y no he hecho nada de lo que para mí soñé; cosas que me distanciarían varios palmos de la gente corriente, sueños que habrían cobrado forma y me habrían hecho sentir que había sacado provecho de los dones que me fueron entregados al nacer.

Como digo, eso no ha ocurrido y la mierda de los cuarenta ha proyectado esta frustración en la pared donde fui anotando mis anhelos. Hoy es el día que en negrita puedo ver todo aquello que no seré. Es cierto que no se vive en balde y los años me han llenado las alforjas de otras vivencias que no estaban en mi hoja de ruta, pero que me han hecho quien soy y llevado a este punto en el que estoy.

Debe ser la edad, pero me cansa mucho vestirme trajes grandes y salir al escenario para vender mi personaje. Y "hoy debo confesar que estoy algo cansada, de llevar esa estrella que pesa tanto", que diría la Pantoja. La estrella es una moto cualquiera que nos han vendido como deseable y, lo que es más grave: como alcanzable en la recta final de un proceso acompañado de tesón y esfuerzo. Pero lo que de verdad ocurre es que el tesón y el esfuerzo no son garantía de nada y que la estrella del futuro prometedor despierta una frustración y una tormenta interior que es incompatible con la paz.

Es cierto que estando como estamos en el mes de julio, cabría agarrarse a la esperanza de un agosto reparador que traiga con el merecido descanso, la capacidad de poner las cosas en su sitio. Pero el mes de julio es el mes eterno al que no se le ve el final... Y tampoco queda ya nada de aquel verano de la infancia y de la primera juventud en el que se prometían tantas experiencias, todas buenas, todas apasionantes, todas nuevas... Aunque al llegar septiembre resultara que ni habían sido tantas ni tan apasionantes ni todas nuevas.

Ay, pero el julio de los adultos -de la gente del montón- es en el mejor de los casos un receso de cuatro semanas que se espera con ilusión sabiendo que pasa demasiado rápido. 

Creo que ahora que sé que el Universo no me ha dotado de genialidad alguna y que la humanidad no dará un pasito más adelante, dependiendo de que yo haga unos deberes que no sé hacer; creo que ahora que estoy dispuesta a dejarme caer en la colchoneta en la que no me dolerán tanto los golpes, podría rebajar esta tensión vital y concentrarme en ser simplemente una mujer que pasa por la vida haciendo lo que puede, avanzando junto a otros a pasos lentos. Creo que la exigencia se ha quedado ya con gran parte de mis fuerzas y acabo de ser plenamente consciente de que si no me presento al examen... pues no pasa nada.

Espérate que lo rumie, como decía al principio. Pero vamos: que yo creo la cosa va a tener que ir por ahí.




jueves, 10 de julio de 2014

Fuera de cobertura

Qué mal cuando la gente se rompe. Cuando alguien llora y un abrazo no le abarca, y sus facciones se tensan y su piel enrojece. Cuando lo que expresa son titulares y lo que no cuenta es lo que de verdad le está haciendo polvo.

Qué mal cuando no hay receta ni garantías en las palabras que pronunciamos. Cuando no podemos pintar un sol en mitad de tantas nubes ni abrigar un alma que tiene frío.

Qué mal cuando se alarga en el tiempo y la esperanza es un trayecto mojado por la lluvia, con sus baldosas rotas; ésas que salen al paso para salpicarte los pies y las pocas ganas de vivir.

Qué mal no saber, no poder, no permanecer, abandonar, estar fuera de cobertura.

miércoles, 2 de julio de 2014

Qué fue del silencio

Hace tiempo que observo con preocupación que ruido se confunde con compañía. Al silencio, como si se le temiera. Quizá se le reconozca como un vehículo poderoso de grandes revelaciones y de ahí el "lagarto, lagarto".

Me cuesta quedarme a solas con el silencio. Lo busco con desesperación, pero es que tiene demasiados enemigos. Me pasa a menudo que estoy en casa, a mis cosas, y percibo la incomodidad de quien al poco rato arriva a mi remanso de paz. A continuación ocurren dos cosas: me dan conversación o me encienden la tele. Y se acabó. Irrumpen un montón de voces, sintonías, risas enlatadas... y siento como si me hubieran desenchufado de golpe, sin darme el margen necesario para ir apagando mi sistema... Como los ordenadores.

Cuando no es la tele es Cadena 100; cuando no, las obras del edificio de enfrente o el recorte del jardín o el camión que vacía los contenedores... El ruido. El ruido de la ciudad. El ruido que bajo la etiqueta de "vida" esconde la más moderna de las soledades: la de no conseguir encontrarse con uno mismo. No entiendo por qué se confunde silencio con aburrimiento o con tristeza, incluso.

Si hay algo que añoro tanto como el sol y el calor es precisamente el silencio. Lo necesito para escucharme, para dar cuerpo a lo que siento, para rehacer mi lista de prioridades, para echar en falta un gesto, para sorprenderme en un descuido, en una tarea sin hacer... Para simular conversaciones que quisiera mantener con alguien para aclarar un par de cosas o para tener oportunidad de explicar otras; para escucharme cantar. Mientras no consigo un espacio y un tiempo, el silencio retiene a mi auténtico yo; al que se acobarda ante la omnipresencia de ese ruido, real y metafórico, con el que se forjan en nuestros días aparatosas crisálidas para el alma.

Me preocupa que el silencio se interprete como una carencia, como una señal de que algo no va bien. Me irrita que alguien conocido me encuentre leyendo en un tranvía/autobús/tren... y no respete mi entrega a la historia que tengo entre manos, y me dé conversación para entretener su trayecto y arrojar ruido sobre el mío. Convencido, además, de que preferiré el palique a la "soledad".

Me llama la atención que en estos tiempos en los que urge recuperar las relaciones frente a frente y apagar de vez en cuando las pantallas, la soledad querida encuentra comprensión social en tanto en cuanto lo exije una conexión vía Internet. Entonces sí te respetan: te estás "conectando" con alguien y te dejan hacer sin interferir en tu silencio. Pero ése no es el silencio del que yo hablo. El silencio que yo busco es aquel en el que está de más todo aquello que no sean mis pensamientos. 

Así es que en la búsqueda permanente de mi tesoro, a menudo visualizo un paisaje rural, soleado, con montañas, vaquitas y pajarillos cantando... y me hago grande soñando con irme a vivir al campo. Me vale como ejercicio desestresante, pero poco más. Porque a mí me gusta vivir en la ciudad. Pero ¿es tanto pedir que le respeten a una la paz de la tele apagada y su tertulia consigo misma? Se ve que sí. Que lo que planteo suena a "pues vaya rollo". Pues nada: ¡vino para todos y todas! ¿Qué ponen en la tele? 

Pero está cerca el día en el que emularé a Jesús en su encontronazo con los mercaderes en el templo y arramplaré con todas las teles que encuentre a mi paso, poniendo cara de loca. Más ancha que larga me he de quedar. Y, a continuación, reiniciaré mi sistema de mujer nueva y silenciosa, porque me habrán retirado la palabra unos cuantos que yo me sé ;-)









jueves, 26 de junio de 2014

Una cuestión de precio

Si hay algo a lo que soy muy sensible es a las incoherencias y, en particular, a las mías. Intento que mi forma de vivir sea respetuosa con mi modo de pensar (y educar), pero no siempre lo consigo. Resbalo una y otra vez en aceras por las que debería transitar con más cuidado. Soy plenamente consciente; tanto, como débil para cortar con aquello que sé que no está bien. Encuentro justificaciones que si bien no me convencen, me dan una tregua para alargar un poco más la toma de decisiones contundentes. Lo hago porque ser coherente te complica la vida. Si te hace más feliz, no lo sé. Hace tiempo que me caí del guindo y me di cuenta de que bien no necesariamente llama a bien, y que, además, hacer las cosas bien tiene un alto precio personal y social. Hablar de honestidad, de compromiso, de bien común... obliga muchas veces a ponerse demasiado seria y a sentirse china en el zapato. Eso cuando consigues escapar de la incomodidad de sentirte etiquetada por ir contracorriente o por implicarte públicamente en procesos o militancias que no gozan de popularidad y, a veces, ni siquiera de respeto social.

Esta semana me encontré en la prensa con una información que me dejó muy, pero que muy mal cuerpo:
Una llamada de auxilio en la etiqueta de un vestido. En esta noticia se narra el caso de una clienta que descubrió en la etiqueta de su vestido nuevo, el mensaje de un trabajador de un taller textil que produce para Primark, en el que informa de las condiciones abusivas de trabajo que sufren.

Yo compro en Primark. Y ahora es cuando podría escuchar un coro de voces diciendo: "Te queremos, Macarena". No es necesario, porque afortunadamente no soy adicta a Primark; ni siquiera a las compras. Pero es cierto que de vez en cuando miro para otro lado y pico.

Tengo la información, me llevo las manos a la cabeza y digo qué barbaridad, cómo tienen a esta pobre gente, así ya pueden bajar los precios... Cuestión de precio. Claro. Porque ahí está el quid: el precio que pagamos versus el precio que pagan otras personas por el precio que pagamos. Son tiempos difíciles y vamos justos. Tenemos una pila de necesidades que nos creamos cuando podíamos permitírnoslo (o eso creíamos) y ahora pretendemos mantener el status con mucho menos... y las cuentas no salen.Y así, pues ya está.

Pues no. No está. También puedo decir que otras marcas con precios más caros, fabrican sus prendas en talleres similares y la diferencia radica en que se llevan más margen de beneficio. Seguimos sin poner el ojo en el centro del problema: en la lamentable realidad de que hay personas que trabajan en condiciones de esclavitud, llevadas por la necesidad de obtener una mísera compensación económica por ello. Sus ínfimas asignaciones hacen posible que luego compremos requetebaratísimo prendas de moda.

¿Y a dónde tenemos que ir a comprar la ropa para no ser cómplices? A tiendas de comercio justo, claro. Aquí vamos sobre seguro. Pero nos encontramos con una oferta muy limitada. Otra opción: a comercios locales y no a cadenas presentes en centros comerciales. Ésta es una buena recomendación por muchos motivos, ¿pero quién provee a los comercios locales? A ver si al final son los mismos perros con parecidos collares. Ahí lo dejo, porque no lo sé y supongo que de todo habrá.

Yo, de vez en cuando, cuando me entra el arrebato de coherencia, echo un ojo a la página web de la campaña Ropa Limpia y examino marcas concretas, a ver si aprueban o no aprueban el examen de producción digna. Tomo nota y me hago una revisión de compromiso con la causa, con la intención de mantenerme firme y poner mi granito de arena.

Y si todo terminara con el tema de la ropa... bueno. Pero qué va. El mundo que hemos construido y consentido entre todos y todas hace aguas por un montón de sitios. Esta mañana me he encontrado en Facebook con este extracto del documental Samsara. Son seis minutos que muestran cómo nos las gastamos en la producción y consumo de alimentos. Demoledor. Dice la página que presenta el clip, que samsara es una palabra en sánscrito que significa "mundo" o "existencia cíclica", pero que se usa para describir actividades mundiales. 

Los creadores de la película son Ron Fricke y Mark Magidson. El propio Fricke dice que esta cinta ahonda en "su tema favorito": la relación de la humanidad con la eternidad. Estoy de acuerdo en que es un temazo al que hay que hincarle más el diente. Me cuesta más lo de favorito, porque el panorama que sustenta la favorita relación de la humanidad con la eternidad a mí me entristece y me hace sentir muy responsable; como humana, como consumidora y como humilde mortal que entro en el juego de la devastación de los recursos naturales y la prepotencia de poner a otros seres vivos al servicio de las necesidades que creo que tengo, al precio que sea.

La cosa se complica. He escuchado varias veces decir a mi compañero Alberto Martínez que precisamente porque somos parte del problema, somos también parte de la solución. Me gusta pensar que esto es así, porque siembra esperanza. A mí me resulta difícil confrontarme con los modelos y las estructuras que me diseñan el viaje, pero saber que está en mi mano alterar el itinerario, aun fallando, aun recayendo, aun haciéndome la loca a veces, me hace sentir responsable y llamada a compartir estas líneas; por si ayudan, informan o sirven para que por unos minutos le demos una vuelta a nuestros hábitos de consumo y a la desproporción entre el precio que pagamos unos y otros.

domingo, 15 de junio de 2014

Oigo voces y asoman peinetas

Soy una mujer que se juega la vida y el prestigio social (el mucho o poco que tenga) en las calzadas de Vitoria-Gasteiz. Mis conciudadanos quizá ya han pillado el porqué de lo primero y mis conciudadanas quizá intuyan el porqué de lo segundo. Soy bicicletera. Acabáramos. Lo que me convierte en deportista de riesgo, sujeto de acoso de la Policía Municipal y presa fácil de machistas al volante.

Estoy hartita de que me increpen injustificadamente por conducta incorrecta los peatones, que me arrinconen contra la línea de aparcamiento los sobraos del acelerón, de tener que virar bruscamente para no estamparme contra las puertas de coche que se abren repentinamente sin un ser inteligente que controle el alcance de este normalizado gesto; y estoy muy, muy harta de los y las que cruzan por donde les sale y, en particular, de los que enarbolan bastón pero no sentido de la prudencia ni amor por la vida. Diré además que este amplio colectivo de ciudadanos irritantes no entra en la cartera de clientes de la Udaltzaingoa. Sólo las bicis, que van como locas y se han creído que la ciudad es suya.

En esos días de paz que tan de ciento en viento me regalan las circunstancias, me pasa a menudo que irrumpe un episodio de voces y peinetas que me desconcierta, primero, y me pone en el disparadero, después. Y son siempre voces masculinas: elevadas, prepotentes y gruesas en descalificaciones y con un cuestionado estilo para enarbolar peineta. Pero es que a lo mejor tienen mucha prisa estos señores. Y a lo mejor se les ha olvidado que el Ayuntamiento, y no yo, es quien ha decidido que cuando me suba a la bici me convierta en vehículo y, por tanto, sujeta a derechos y obligaciones propias de conductores al uso. Mola mucho cuando voy por mitad del carril (porque estoy en mi derecho y garantiza mi seguridad) y el fulano destemplado del día baja la ventanilla y mientras me rebasa, arroja su delicado verbo: "Que tienes que ir por la derechaaaaaa". Y a mí me da justo tiempo a decir: "Léete la ordenanzaaaaaaaaa". Y entonces ya: se ha cumplido. Veo alejarse el coche pero aún me alcanza la visión para admirarla a ella, poderosa, garante de la correcta comunicación entre emisor y receptor... Ella: la peineta. 

No hay güevos de echarte a un lado con las luces de emergencia, bajarte, sacarme el dedito y esperar mi reacción, caballerete que huyes de mi larga melena. Porque al fin y a la postre lo que te pasa, indignado ciudadano de la Green para el 2012 (luego ya no), lo que te pasa... es que te sabe muy rico pegarle voces a una tía que te frena la trayectoria. Ya lo he dicho. Y si estoy mirando ultravioleta, pues me lo decís, pero hay certezas que no se nos escapan a las mujeres y una de ellas es que hay hombres que no soportan que las mujeres les callemos la boca con algo tan legítimo como la razón.

Nota: a todos los que me habéis sacado la peineta os espero de peatones invadiendo un bicicarril. Os voy a enseñar cómo se espera pacientemente, sin intimidar y sin increpar. Os voy a enseñar a convivir y a construir ciudad y luego vais a ir a compartir los conocimientos adquiridos con los agentes de la Municipal, que tan majos y majas garantizan el cumplimiento de la ordenanza.

Ya está bien que a una le cueste apenas 20 minutos ponerse un nubarrón en la cabeza, na más empezar el día.

sábado, 31 de mayo de 2014

Aire por todas partes

31 de mayo y parecía que no iba a llegar nunca! Llego a este fin de mes bajo mínimos físicos pero con máximos históricos de satisfacción. Han sido unas semanas intensas de poner todo lo que soy y siento al servicio de las causas que me revuelven y mueven.

Todo ha salido bien! A Cañete le salió el tiro por la culata y después de desmerecer las propuestas políticas de los partidos pequeños no le ha quedado más remedio que ponerse a hablar de Podemos, como todo quisqui. Primavera Europea (con ella mi pequeño partido) consiguió su escaño en Europa y las Doce Miradas el miércoles pasado cumplimos un año, rodeadas de gente que nos sostiene el proyecto y lo empuja con su complicidad y compromiso con la igualdad.

Ocupada en estas tareas de participación social veo cumplirse el mes de mayo con esa sensación tan habitual en mí de no poder con la vida. Pero luego resulta que sí puedo. Porque hay montones de cosas que me mueven y me arriman los zapatos a los pies para que arree.

En meses como éste que termina, la tentación de replantearme la vida, de revisar mis compromisos y de medir mis fuerzas se pasea ante mis ojos como un anticiclón cálido, con lo que a mí me gustan.

En este punto estaba: valorando si pisar el pedal del freno a poquitos o si tirar con energía del de mano y regodearme con ese arrastre y el sonido de ese raca! que me devuelva la paz. Quizás ahora que empieza un nuevo mes sea el momento de hacer listado de pros y contras.

Justo ayer, mi amiga Clara Arteta me descubrió esta canción que es lo más parecido a un "Ya sé yo mis cosas" que yo me he encontrado por el YouTube. Es cierto que la canción habla más de un revolverse contra la hoja de ruta que se nos pone delante de los ojos a las chicas. Pero me adapto el tema y me agarro a ese mensaje: "me mueve el aire" y "que me dejen a mi aire que yo sé por dónde voy". Porque al final a mí lo que me pasa es eso: que aunque a veces me fallen las fuerzas y mi entusiasmo se resienta, llega una ráfaga de ese montón de vientos que están soplando con fuerza... y me mueven. Y, a fin de cuentas -y esto no es nuevo- "ya sé yo mis cosas".
Vamoooooos! Ahí os dejo la canción.

lunes, 14 de abril de 2014

Los pequeños de Arias Cañete


Recientemente, el cabeza de lista del PP para las europeas, Miguel Arias Cañete, ha hablado:

Una piensa que esta gente tiene asesores que miran por su imagen pública y les escriben los papelitos con los que intentarán alcanzar la gloria mediática. Pero, claro, hay un riesgo que se corre en el hecho de que el que tiene boca se la juega y, a veces, se equivoca. Si lo que dijo el Sr. Arias Cañete estaba o no bajo “control” previo al desparrame verbal, no lo sabremos. Pero, amigo: lo dicho, dicho está.

Dijo muchas cosas Arias Cañete. Algunas, tronchantes: “Cristóbal (Montoro): los españoles tienen una deuda contigo, porque lo has hecho bien”. Claro, que los españoles tenemos una deuda. Pero no es con Montoro. Es con Europa, es muy grande y es la que está pintando de gris el presente y poniendo en entredicho nuestro futuro. “Porque lo has hecho bien”. En provocaciones facilonas, no pienso desgastarme. Teniendo en cuenta además que trabajo en Cáritas, Montoro es un señor que me daría para un buen rato y no quiero desviarme.

El candidato del PP –que por lo visto contaba con la llamada de Rajoy para lucir siglas en Europa- se metió a afear la conducta a sus contrincantes políticos y estableció una nueva categoría para los –también contrincantes, Sr. Arias Cañete- que llamó “partidos pequeños”. Como militante del partido Por un Mundo + Justo (M+J), el hecho de que este señor nos cite me pone en guardia. Nos dedicó unas palabras, pero ya dijo que nunca más hablaría de nosotros. Qué detalle.

“Los pequeños partidos en la UE son votos que no tienen ningún impacto, porque para trabajar se necesitan grandes mayorías”.

¿Grandes mayorías? ¿Por qué, Sr. Arias Cañete? ¿Dónde lo pone? ¿Por qué los parlamentos tienen que ser de dos colores predominantes y algunas manchitas de otros tonos? Y si el pueblo tiene más de dos voces, ¿qué pasa? ¿Que tenemos que hacer como que no las oímos y dejar de hablar de ellas? ¿No es muy simple este planteamiento para un político de partido grande? Fíjese que a mí me parece que para trabajar por una comunidad, más que grandes mayorías lo que se necesita es respeto, actitud y compromiso con el bien común. Cuanta mayor sea la pluralidad, más rico será el proceso de trabajo, más ajustado estará el gobierno de las cosas a lo que en las urnas quiso decir el pueblo. Y si el pueblo decide un gobierno bicolor, sea, Arias Cañete; pero no caiga en el error de devaluar el voto a los partidos pequeños ni de minimizar el impacto de nuestro discurso. No tendremos los medios ni los apoyos, pero tenemos la convicción, el esfuerzo, la cercanía y la certeza de que la política no tiene nada que ver con cabezas de lista que deciden que no merece la pena hablar de unos y que lo que sí la merece es emplearse en hablar mal de los contrincantes de su “nivel”. En los partidos pequeños –al menos en el mío- todos y todas contamos y sumamos. Trabajamos mucho, con todas las dificultades de no contar con el eco en los medios ni con recursos económicos para hacernos suficientemente presentes. Pero aún así son muchas las personas que nos conocen, nos siguen y nos animan a reforzar nuestro proyecto y a llevar la ilusión de una política para las personas. Su sentencia de ignorarnos me parece un lamentable alarde.

El voto es un derecho. Y el voto en conciencia es un voto que además adquiere grandeza por la confianza en un sistema (que hoy por hoy no lo merece) diseñado para ser altavoz de los ciudadanos y ciudadanas. El discurso del voto útil es pura manipulación ejercida desde la tribuna y el eco que tienen garantizado los partidos grandes. El mal menor no puede ser una opción en una democracia sana. Los y las electoras tenemos que ser responsables y votar por la opción que consideremos mejor para nuestra comunidad. Y tenemos que velar porque nuestra voz sea tenida en cuenta exigiendo un cambio en la ley electoral, de manera que el impacto de los votos a los partidos pequeños encuentre justo reflejo en la representación parlamentaria. 

Vídeos respuesta:
Respuesta del partido Por un Mundo + Justo
Respuesta del candidato de M+J, Miguel Ángel Vázquez.

jueves, 10 de abril de 2014

Gris

El gris es un sentimiento. Una mira el cielo y ese gris que ve no es un negro deslavado ni un azul sucio. Es el gris de cuando no acabas de tener frío, pero no te sobra la chaqueta; de cuando te dispones a comer algo, aún sabiendo que no tienes hambre; de cuando piensas en qué quieres hacer y no hallas respuesta de pura pereza. Gris es el jersey de cuello alto en abril. Gris es la expresión de la mirada mientras vemos el Telediario. Gris es tener la certeza de que las vacaciones no recargan pilas, de que no por mucho sonreír se siente mejor el ser humano.

Gris es la preocupación por los nuestros y el cansancio. Gris es el "no" permanente en la boca de los niños y niñas, la discusión perpetua del mandato a sabiendas de que no habrá opción. Gris es el desgaste de la paz, la agonía de la Tierra, el papel de celofán que envuelve la honestidad y la ética, a la espera de tiempos mejores.

Gris es el nuevo color que viste la esperanza cuando se siente el dolor de las personas más queridas.
Gris es no recordar, no comprender, no perdonar, no ser capaz de llegar a tiempo. Gris es el grafito que traza un garabato rabioso mientras tiene lugar una llamada perturbadora. Gris es una tarde de sábado en la que la soledad se propone como el mejor plan posible.

Gris es el llanto inesperado que limpia las pestañas de una mujer que se había pintado la mirada para disimular. Gris es no poder recordar el calor que siente el cuerpo bajo el sol... y haber sido tan estúpida de, en alguna ocasión, haber buscado la sombra.

El gris es el color del stand by.

domingo, 30 de marzo de 2014

Miradas encontradas

Siete de doce. Y otros cinco parpadeos omnipresentes en nuestros comentarios, en nuestro trabajo, en nuestras complicidades.

Nos hemos juntado para no sentir la presión de la prisa, de las obligaciones. Para detenernos en mostrarnos, en hacernos preguntas, en admirarnos y en reforzar nuestro compromiso. También para reírnos, compartir cervezas, panchitos, rayitos de sol y alguna copa. Para escucharnos a la luz de las velas en #LaHoradelPlaneta. Para hacernos fotos, bromas y compartir lo que sabemos, una dilatada velada y una tableta de chocolate. Para regalarnos un espacio común. Un regalazo.

Estamos de vuelta y pienso en las pequeñas cosas que hacen grande Doce Miradas Y pienso también en las personas que sostienen este proyecto esperanzador, en las once mujeres que me enseñan tanto dentro y fuera del blog. Miradas encontradas en un momento puntual de cada una de nuestras vidas; en el arranque de un movimiento iridiscente con tantos matices como somos capaces de proyectar en nuestro particular sueño de igualdad.

Me quedo con el sol y las sonrisas. Con el calor y las risas. Con la certeza, la oportunidad y la gran suerte.



domingo, 19 de enero de 2014

Frentes

Amenazan con nieve para mañana (que ya es hoy). Un frente que viene, dicen. ¿Otro? Digo yo. Tengo tantos frentes abiertos que me faltan horas del día para dedicarles la atención que merecen. Para colmo, una puerta que creía cerrada, se entreabre de nuevo poco a poco... Y ya está: de par en par. Ufff. Miro a mi alrededor y pienso si esto nos pasa a mucha gente o soy yo, que me recreo en la experiencia de la itinerancia perpetua camino de una paz que no soy capaz de darle a mi alma. 

Escucho a muchas personas hablar de estrés. Esta tarde una adolescente corría a refugiarse de la lluvia impenitente blandiendo un paraguas amarillo con una varilla rota. Y al alcanzar la cornisa se ha sacudido la carrerilla diciendo "¡Qué estrés!". Me ha llamado la atención. ¿Cuál sería la causa de su estrés? ¿La lluvia? (motivo suficiente, en mi opinión). ¿La varilla rota por culpa de la cual se mojaba parcialmente? ¿El color amarillo del paraguas? ¿La vida?

La vida con estrés no es vida. Yo hace años que siento que no vivo: resuelvo. Los días se me aparecen tras el manotazo al despertador con una lista de tareas bien visible. Es la primera de las diapositivas mentales que proyecta mi cerebro cada mañana. Se me quitan las ganas. Pienso que un día más haré lo que se espera (lo que yo también espero) de mí e irán pasando las horas; aquellas que podría haber empleado en sentirme bien y en hacer algo que me diera ilusión por arrancarle al nuevo día la luz para poder seguir haciendo eso que me recuerda que debo sonreír más. Un día más sentiré a las personas que más quiero como pivotes que ralentizan mi carrera desesperada. Y me sentiré mal por no ser más generosa en el reparto de mi aliento.

Algo estamos haciendo mal. Lo que expresamos constantemente son quejas por nuestra vida perra. ¿Qué sentido tiene pasar por este mundo así, con la espalda corvada y la mirada esquiva? Cumpliendo, cumpliendo. Respirando estrés. Inhalando y expirando estrés propio y ajeno. Lamentando lo que nos pasa, temiendo de antemano lo que nos pasará y con la convicción de que no hay salida. Porque los frentes vienen para quedarse y se quedan. La nieve, por lo menos, tiene la decencia de deshacerse y borrarse aunque no le hayas dedicado ni medio pensamiento.

No me reconozco, pero sí: venga una nevadita si a cambio se lleva al menos uno de mis nubarrones.

domingo, 12 de enero de 2014

El ser humano está sobrevalorado

El pasado domingo llevé a mi perrito de tres meses a ver a su madre. Habían pasado cuarenta días desde que se separaran. Esperábamos un encuentro entrañable, de reconocimiento mutuo de sus olores; un perruno júbilo de mi cachorro por encontrarse de nuevo en la casa donde nació, donde mamó, donde jugó con sus hermanitas. Pero lejos de eso su madre lo recibió a gruñidos y revolcones, atemorizándolo, poniéndolo patas arriba inmovilizándole con la boca abierta sobre su cuello. Violento recibimiento. La madre gruñia, el hijo lloraba y se escondía escaldado por tan tremenda acogida. Decía la dueña que no le iba a hacer daño, que sólo le estaba marcando; enseñándole que allí mandaba ella y que ésa ya no era su casa. Tremendo. Para mí, claro; que soy muy de pensar que todos los seres vivos, a su manera, tienen sentimientos.

Para serenar a la mamá fuimos en busca de "la manada": las otras dos perras con las que habitualmente pasea por el pueblo, por el monte, por el bosque. Y de nuevo, la ley de la selva ante nuestros ojos. Tampoco ellas aceptaban al cachorro que se les acercaba con la imprudencia de la juventud y se llevaba a cambio más gruñidos, persecuciones... acoso. Y volvió a hablar la dueña: "Hacen eso porque ya no le consideran de la manada".

¿Qué hacemos aquí?, me preguntaba yo. Nos habían invitado, supuestamente, para suavizar el duelo de la última separación ocurrida hace unos días. Se acababa de quedar sin crías, seguro que le haría ilusión encontrarse con el primer cachorro que se marchó. Pues de eso nada. 

Supongo que el error por parte de los humanos implicados fue aplicar nuestros códigos a los perros. Quisimos pensar que sus emociones se activan como lo hacen las nuestras. Encontrarse con una madre... qué puede haber más ilusionante para una cría. En la mente de todos, Marco, claro. Pobre.

Llevo dos días pensando en aquello y concluyendo que las leyes que rigen la Naturaleza son terribles. La violencia es una constante legitimada por la supervivencia, por la necesidad de determinar líderes y funciones. El poderoso se zampa al débil, los machos abandonan a sus crías y a la madre. Cae el macho dominante e inmediatamente es sustituido por otro. Creo que es bastante obvio que estoy visualizando imágenes de documentales presentes en el imaginario colectivo. Si algún erudito en fauna leyera esto, seguramente me pondría ejemplos de aves machos que alimentan a sus crías, de insectos que cuidan de los insectos más pequeñitos, de madres pingüino que atraviesan kilómetros de hielo, para recuperar a una cría perdida... yo que sé. Es posible. Y esto me reconciliaría con el mundo animal, después de las embestidas y los exabruptos que se llevo mi pobre cachorrín el pasado día. Me hace sentir mejor pensar en esos perros que cuidan de sus amos agonizantes recogiendo con cuidado una mano que cuelga de la cama; esos otros que recorren kilómetros para volver a casa y los que no se separan de ti cuando estás más triste que nunca.

Alguien me dijo que esas actitudes de algunos animales son adquiridas como consecuencia de la convivencia con los humanos. Pero ya que estaba por el derrumbe de creencias, empecé a pensar en que tampoco está el ser humano para enseñar demasiado. Somos unos seres egocéntricos que nos creemos por encima de todas las especies animales y desde luego, legitimados para disponer a nuestro antojo de los recursos naturales. Nuestra soberbia se está cargando el planeta que nos lo ha puesto todo a disposición para que nos integremos en él; pero no para que nos lo apropiemos y lo devastemos. El equilibrio violento que establecen las especies podría mantenerse si el ser humano hubiera tenido la sabiduría de no intervenir más allá de la garantía de su propia supervivencia. 

El ser humano está sobrevalorado. Ni somos tan grandes ni el progreso es algo de lo que debamos pavonearnos. Las personas somos cada vez más infelices, más inestables, más nerviosas, más dependientes, más tristes, más incapaces de leer en las miradas, más necesitadas de amor.

La balanza se equilibra en el pensamiento de que mi cachorrito no habrá perdido ni medio minuto en recordar el mal rato que le hicieron pasar su madre y las otras dos perras de la manada. Creo que experiencias negativas como ésta no le dejarán huella y sin embargo yo, tan humana, llevo dos días pensando en la violencia como garante del orden y el equilibrio. Se me ponen los pelos de punta. Porque la violencia está también en nosotros, hombres y mujeres. Vamos por la calle resituando a los demás, poniendo puntos sobre ies en cuanto se nos brinda la ocasión: "¡Estás en mitad del bicicarril!", "¡Venga arranca, que no tengo todo el día"!, "Tienes que llevar al perro atado", "¡Será cabrón! Me ha visto sacando el tique y se ha marchado dejándome aquí"!, "¡Cállate ya, que te vas a ganar una torta!", "¡Señora, me va a meter el paraguas en el ojo!"... Todo casos reales. 

El que más grita es el que más razón tiene y el que se cree con derecho a situarse en la puntita de la pirámide. A mí la piramide me repatea: demasiada soledad. A mí me gusta confundirme en la base, pasar desapercibida observando, buscando indicios de la humanidad de las personas. Hay gente maja, es verdad. Buena gente, desde luego. Pero casi todas enfundadas en prisas, dolores de cabeza, tensiones cervicales, obligaciones insalvables, preocupaciones, miedo, enfermedad, desesperanza y hartazgo.

El precio del progreso. ¿Progreso?