Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

miércoles, 21 de marzo de 2012

El Escorial no tardó tanto en construirse como nosotras en llegarle

Cuando entrada ya la noche vislumbramos por primera vez la señal que rezaba “El Escorial”, de un plumazo recuperamos la fe perdida entre las medias rotondas (premiadas internacionalmente por su diseño facilitador), las indicaciones pretenciosas del Tom-Tom y los perpetuos Ángeles de San Rafael.

No fue fácil; antes bien fue una odisea, para nada en consonancia con los mensajes que nos habían ido llegando en los días previos: “para ir a El Escorial, lo tenéis chupado: no tiene pérdida…”. Lo que no tiene es maldita la gracia (qué va; sí que la tiene) vagabundear sin atisbo de vida humana  por Valdeprados, Otero de los Herreros, Ortigosa del Monte y el anteriormente aludido San Rafael, quien se nos aparecía detrás de cada curva –como la niña- para darnos su bendición y su aleteo de fe.

Lo que si tuvo gracia fue el recibo de 50 céntimos que pagamos ¡con Visa! en el peaje. Y el segundo, de 5 euros con 40 céntimos, que tuve que rescatar de mi compañera “espera que tengo monedas” cuyo rigor descriptivo le avalará por siempre. Porque, efectivamente, tenía monedas: de 50 céntimos la de mayor cuantía. Hay que joderse. Me sentía como la abuelita ciega de Heidi, separando las lentejas buenas de las pochas.

En apenas cinco horas y media salvamos la distancia Vitoria- El Escorial con la satisfacción de haber conseguido arrastrar al C3 más flojo de la historia de la Citroen, con la sensación de haber llegado a destino tras horas de hacer rodar un huevo duro con el dedo meñique del pie malo.

No debimos habernos precipitado en apagar el Tom-Tom, porque en la Residencia San José todavía nos esperaba el reto de encontrar la habitación 324 en la segunda planta. En mi vida sólo recuerdo una dificultad similar: el día que tuve que encontrar la unidad del sueño en el Hospital de Txagorritxu. Para cuando lo consigues, el sueño te devora…

El C3 descansa en paz. La empanada de carne que traíamos para la cena comunitaria la hemos puesto de barómetro en la ventana, porque esa mesa no daba más de sí. Mi compañera de viaje lee y yo me troncho recordando este viaje desquiciado en el que nos hemos reído tanto. Se trataba de llegar, ¿no? Pues cada uno viene por donde quiere.

lunes, 19 de marzo de 2012

El mantel

Pienso mucho en Mariluz. Tan guapa, tan entrañable, tan cariñosa... tan moderna. Ayer me acordé de ella cuando saqué el mantel del aparador. Éramos muchos a comer. Añadí un tablero a la mesa y la vestí con el mantel blanco que tanto le gustaba. Siempre que saco el mantel me viene a la cabeza una escena en la que yo lo extiendo con su ayuda, antes de una celebración familiar; ella repara en la cenefa bordada y la mira y la toca con detalle. "¡Qué mantel más bonito", me dice. "Sí. Pues se lava de mal...", le digo yo. Y ella se ríe. Y, a continuación, pienso que seguramente tiene en la cabeza el remedio para dejar blanco como una patena mi bonito mantel de hilo. Pero no dice nada, seguramente, por no darme lecciones de buen hacer (que yo habría admitido de buen grado, seguro).

Mariluz no compartió conmigo su sabiduría y yo me encuentro esta madrugada sacando de la lavadora mi mantel, con dos manchas que son un clásico postcelebrativo: la de vino y la de café. Así que me pongo a frotar y pienso en ella y en esas manchas omnipresentes en medio de la blancura, restándole presencia a mi bonito mantel.

Lo repaso una y otra vez, de esquina a esquina, buscándole las pupas y recordando a Mariluz, que ya se me ha colado en la primera posición de los pensamientos intensos que me regalan las noches en vela. Su recuerdo me emociona siempre; pero es cierto que, también siempre, me deja una sonrisa pintada en el corazón, porque siento que tuve suerte de conocerla y sentirla y tener una excusa emocional para conservar el mantel que tanto trabajo me da, pero que me une con ella en ese recuerdo, en esa revelación: "Sí. Pues se lava de mal...".

Tiendo el resto de la colada que sí ha sido sensible a mi rutinario lavado a 40 grados y vuelvo a la cama. Pero qué largas son las madrugadas cuando uno no puede dormir.