Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

martes, 31 de enero de 2012

Tendiendo puentes

Que no me había perdido por ahí… Si me habéis echado en falta, en primer lugar, daros las gracias por vuestra fidelidad. En segundo lugar, la explicación: he estado padeciendo efectos adversos. Ésta es la forma apropiada de definir lo que mi cuerpo ha padecido ayer, hoy… y ya veremos. En este momento, me pilláis bajo los efectos del Nolotil y me siento por primera vez en muchas horas, persona capaz de permanecer en una misma posición más de un cuarto de hora. 

Antecedentes. La pasada noche del viernes, por prescripción facultativa especializada, inicio tratamiento con pirula desconocida hasta el momento para mí. Hasta ahí, nada que destacar. Pero, hete aquí , que rescato de la caja el prospecto: ese papelillo fino, en blanco y negro, doblado primero por la mitad y después, absurdamente, en horizontal y después de nuevo por la mitad. Una vez desdoblado no vuelve jamás a su posición original. Desengáñate.
Y leo: “No tome la dosis más alta si tiene problemas renales moderados, si su glándula tiroides no funciona, si tiene dolores o calambres musculares repetidos o injustificados, si ingiere regularmente grandes dosis de alcohol y ¡si es de origen asiático!” Y aclara “(japonés, chino, filipino, vietnamita, coreano o indio)”. Creo que esta dosis de culturilla general asiática ha hecho merecedor de un quesito al redactor del papelillo.
De momento, pensé: ¿por qué no pueden tomar este medicamento los chinos? ¿Sólo por ser chinos? Ay, madre… En estos tiempos, estas aseveraciones no quedan bien, amigos del Crestor 20g (si es que los tienes).
Pero esta historia ha dado un giro inesperado: yo tampoco puedo tomar Crestor 20g. Ahí me han dado, pero bien. Obviamente, no por asiática; pero el caso es que tampoco puedo. Me duelen todos los músculos de cintura para abajo y me han suspendido el tratamiento. Efectos adversos, dicen.

Hoy siento que, en cierto modo, China y Lakua han tendido puentes. No sé en qué quedará este episodio de dolores o calambres musculares repetidos o injustificados versus ser de origen asiático. Pero el caso es que hoy tenemos un enemigo común. Crestor 20g: no me caes bien. Nada bien.

martes, 24 de enero de 2012

Animalillos

Mis niñas están estudiando en el cole los animalillos... Y nos estamos jartando de reír... Porque yo no sabía tantas cosas. Qué bonito aprender de las hijas...
Dice Violeta: yo sé que los gatos por la noche no ven con los ojos... Se mueven gracias a los bigotes.
Dice Olarizu: hay muchos animales que tienen que nacer de la tripa de la madre porque si no, el huevo sería enorme.

Estamos aprendiendo que en la bolsa de los canguros hay tetillas para que se queden tan agustillo las crías, que los rinocerontes tienen mucho genio, que hay serpientes que se comen personas, pero que también comen ratones y nacen de los huevos. Las serpientes, además, no tienen ni brazos ni piernas; sólo ojos y boca y por eso son tan lisitas. Los hombres y las mujeres también somos mamíferos, los caballos duermen de pie, los leones comen carnen, las jirafas tienen un cuello muy largo, para llegar a las hojas más altas de los árboles y -apúntate ésta- tienen el mismo número de huesos en el cuello que nosotros, aunque más anchos y más estirados... Está por llegar la pregunta que un día no sabremos responder y nos henchiremos de orgullo: ya saben más que nosotros.

Hoy me siento orgullosa de mis niñas que, además, saben decir del tirón hipercolesterolemia familiar (no es broma). Hay que sacarle provecho a todas las circunstancias de la vida, está claro.

jueves, 19 de enero de 2012

Lo que quiero ahora

Cuando algo está tan bien escrito, envaino mi pluma y cedo el paso:

Lo que quiero ahora, por Ángeles Caso.

Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.
Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.
Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.
Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.
También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada. O todo.

lunes, 16 de enero de 2012

Sal de pollito

El pollito no es sólo una cría de gallina. Sería muy poco ambicioso limitarse a esta acepción. La que nos reúne hoy es la de pollito en su expresión de actitud ante la vida. Mi chiquitina, en una ocasión de su corta existencia, en un momento de descuido que tenemos estos padres de hoy en día, se zampó un pollito. Y desde entonces, somos cinco en casa: papi, mami, Violeta, Olarizu y su pollito.

El pollito de Olarizu se pasea por nuestras vidas con familiaridad. Se deja ver en ocasiones cada vez más predecibles: no me quiero ir a la cama, no me quiero bañar, no me quiero comer la piña, no quiero ponerme esa ropa, es que Violeta…
Al principio no nos caía nada bien el pollito, pero tengo que confesar que yo le he cogido cariño. Nuestra pequeñita debe pensar que sin su pollito no llamará nuestra atención y este deberse al llanto de mi niña como recurso para reclamar nuestro amor, me pone triste.
En los últimos días el pollito está que se sale. Debe ser que no nieva, que se estaba mejor de vacaciones o, simplemente, que estamos de que no. Así que le he propuesto a Olarizu sacarle partido a esta situación que nos produce tensión y, en demasiadas ocasiones, alteraciones del comportamiento no deseadas.
Esta noche, reunidos de nuevo en torno al pollito, le he descubierto a mi chiquitina un secreto milenario, que ha hecho redondearse aún más sus preciosos ojitos llorosos: que las lágrimas saben a sal. Y que si va a montar el pollito, mejor le servimos la sopita sin sazonar y que se pase la lengüecita por encima del morrillo después de cada cucharada. O también, le he dicho, “podemos tener a mano un salerito con tu nombre y cada vez que montes el pollito, recogemos de tus papillos las lágrimas… ¡y vamos llenando el salerito con sal de pollito”. Y entonces, le he visto marcharse… al pollito. Y en su lugar, una sonrisa de niña preciosa ha bañado de ternura mi cuento.

martes, 10 de enero de 2012

Esos misteriosos lugares que vuelven invisibles a las mujeres

Sospecho que se trata de una purpurina que nos envuelve discretamente al atravesar la puerta. Sin ser conscientes de ello, el proceso acaba de comenzar. Se acerca el responsable y se interesa por mis demandas. Y hasta ahí, todo normal. Comunico con soltura la avería de mi coche y él parece comprender. Formula preguntas que sé responder e, insisto, la normalidad reina en el taller mecánico.

Pero entonces aparece él: el marido. Y una pregunta es lanzada al aire:
-“¿Cuál es la matrícula del coche?”
-“CBV 2873”,  responde mi esposo.
Yo le miro intentando que capte mi reproche. Tarde. Ha ocurrido. Me desdibujo… Nadie me ve. Eoooo…. Estoy aquiiií… Se trata de mi coche.

Quiero gritar, pero mi garganta ahoga todos mis intentos.
-“¿Entonces, cuando cierras la puerta, se vuelve a abrir?”
-“Sí. Eso es”. De nuevo, contesta él.

Me rindo. La purpurina de la puerta me ha neutralizado: soy invisible en el taller mecánico. Pero no está todo perdido: el empleado hace una pequeña concesión:
-“Firmáis (me incluye; vergüenza torera, se ve) aquí, por favor…”
¡Ni de coña! Esta reparación la firmo yo; sólo faltaba. Rauda, rubrico.

Y salgo. Acompañada de mi marido. Atravieso de nuevo –ahora junto a él- la puerta purpurizadora y el hechizo se rompe. Soy de nuevo visible, en el universo paralelo en el que las mujeres saben desenvolverse solas en el taller de reparación de coches.

Afeo su conducta a mi partenaire y recibo jocosillas disculpas. Vaya tela.

En su descarga diré que, para resarcirme, por la noche me fui de chicas y al llegar a casa, la deuda con mi persona estaba generosamente condonada: la ropa tendida y el montón de plancha ventilado. Por esta vez, pase.

jueves, 5 de enero de 2012

Que vienen, que vienen…

Los Reyes Magos son lo más. Yo vi la barba del Rey Melchor cuando era pequeña y no se me va a olvidar nunca ni la imagen ni lo que sentí. Cada vez que recupero esa visión me vuelve también la sensación de transgresión, de haberme colado en un universo mágico, mientras sus majestades me hacían dormida. Recuerdo la barba y después la capa bordeada de pelo blanco… Buahhh… La pera.

La magia vuelve un año más a las miradas de los pequeños y me parece increíble que los adultos nos hayamos puesto de acuerdo al menos en esto. Hombres y mujeres dándolo todo, para regalar a nuestros niños y niñas una infancia de purpurina y luces. Y entre todos custodiamos un secreto a voces, que se silencia con la complicidad, incluso, de los Reyes Magos más jóvenes, que saben que tienen entre manos una información importante y altamente sensible.

Ayer les contaba mi padre a mis hijas, que cuando éramos pequeños nos despertaba en el día de Reyes al grito de Les rois, les rois! No lo recordaba, pero cuando lo dijo recuperé ese llamado, para mi archivador de recuerdos bonitos de mi niñez. Los Reyes Magos traían a casa regalos, claro, pero lo mejor de todo aquello fueron esas imágenes fotografiadas con mis ojos de niña: el vestido azul de flamenca, el caballito blanco, el Mazingerzeta, la Nancy… y los botes de cristal llenos de chucherías, que mi madre preparaba como si fueran tarritos de miel de dibujos animados. Y todos juntos, en pijamas y camisones, despeinados, con la ilusión en las caras, los nervios…

Ahora soy parte de la corte real y me toca decir Les rois! Pero esto no es posible ningún año… Porque son mis princesas las que olfatean la magia desde sus habitaciones y se ponen en pie a horas tempranas… Con temor abren la puerta de nuestra habitación y susurrando dicen: "Mamiiii, papiiii… me parece que han venido los Reyes, ¿eh?"
Lo que viene a significar: venid con nosotras, que nos da cosa…, jajaja…

Y no me extraña: que vengan los Reyes Magos a casa de una es una cosa muy grande.

domingo, 1 de enero de 2012

¿Navidad?

Qué Navidad más rara… Ayer pasé por la calle Dato y una banda de músicos tocaba “Ande, ande, ande… la marimorena…” Y me vino esa sensación: es Navidad, qué bien, qué bonito. Sin embargo era la primera vez que la tenía en estos días.

La Navidad ya no parece Navidad: a mí no me llega, no me toca, no me emociona. Ni siquiera hace frío… No hablemos de nieve. Apenas se oyen villancicos por ninguna parte, nadie habla del Niño Jesús y para colmo, el Olentzero se nos ha colado por todas las rendijas descafeinando a nuestros queridos Reyes Magos, que son los que llegan tarde, cuando está todo el bacalao cortado ya. Buff.
¿Por qué celebramos la Navidad? El sentido religioso de la fiesta se ha diluido tanto que no tiene sentido llamarlo así. Nos metemos de lleno en unas vacaciones dedicadas al zampabollismo, el rejuntamiento familiar y la compra compulsiva. Yo entre todo este jaleo, cada vez me siento más rara y más incómoda. Y tanto gasto… Una piensa en complacer, en hacer realidad las ilusiones de los suyos y si se lo puede permitir, allá que se lanza a recrear la magia de la Navidad. Pero unas semanas más tarde, metida de lleno en festejos, me chirría tanto exceso; me convulsiona, me martillea la conciencia. No es necesario. Lo estamos haciendo todos muy mal.
Siempre he creído que las personas a las que no les gusta la Navidad son unas aguafiestas cortarrollos. Pero mira por dónde es en eso en lo que me he convertido. No entiendo esta Navidad en la que se supone que celebramos el nacimiento de un Dios que elige un humilde pesebre para nacer, para lanzar con su gesto un mensaje al mundo: en la humildad y la sencillez está la verdad. No hace falta creer en Dios para darse cuenta de que lo que nos hace grandes como personas no es todo esto en lo que hemos convertido la Navidad.
Ya está aquí el 2012. Mi propósito de aquí a un año: villancicos en mi casa y en las voces de mis hijas, una visita al Niño Jesús en el día de su cumpleaños, regalos más valiosos y menos caros y una ilusión renovada ante estos días, al llegar el mes de diciembre de 2012.
Me pongo a ello ya, con todo el empeño del sinsabor que me deja en el corazón esta Navidad que enfrenta su recta final. He pedido a los Reyes Magos, paz. Para mí, para ti, para todos vosotros y vosotras. Paz en el corazón. La que siente uno cuando sabe que lo está haciendo bien.
Feliz Año 2012.