Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

miércoles, 21 de marzo de 2012

El Escorial no tardó tanto en construirse como nosotras en llegarle

Cuando entrada ya la noche vislumbramos por primera vez la señal que rezaba “El Escorial”, de un plumazo recuperamos la fe perdida entre las medias rotondas (premiadas internacionalmente por su diseño facilitador), las indicaciones pretenciosas del Tom-Tom y los perpetuos Ángeles de San Rafael.

No fue fácil; antes bien fue una odisea, para nada en consonancia con los mensajes que nos habían ido llegando en los días previos: “para ir a El Escorial, lo tenéis chupado: no tiene pérdida…”. Lo que no tiene es maldita la gracia (qué va; sí que la tiene) vagabundear sin atisbo de vida humana  por Valdeprados, Otero de los Herreros, Ortigosa del Monte y el anteriormente aludido San Rafael, quien se nos aparecía detrás de cada curva –como la niña- para darnos su bendición y su aleteo de fe.

Lo que si tuvo gracia fue el recibo de 50 céntimos que pagamos ¡con Visa! en el peaje. Y el segundo, de 5 euros con 40 céntimos, que tuve que rescatar de mi compañera “espera que tengo monedas” cuyo rigor descriptivo le avalará por siempre. Porque, efectivamente, tenía monedas: de 50 céntimos la de mayor cuantía. Hay que joderse. Me sentía como la abuelita ciega de Heidi, separando las lentejas buenas de las pochas.

En apenas cinco horas y media salvamos la distancia Vitoria- El Escorial con la satisfacción de haber conseguido arrastrar al C3 más flojo de la historia de la Citroen, con la sensación de haber llegado a destino tras horas de hacer rodar un huevo duro con el dedo meñique del pie malo.

No debimos habernos precipitado en apagar el Tom-Tom, porque en la Residencia San José todavía nos esperaba el reto de encontrar la habitación 324 en la segunda planta. En mi vida sólo recuerdo una dificultad similar: el día que tuve que encontrar la unidad del sueño en el Hospital de Txagorritxu. Para cuando lo consigues, el sueño te devora…

El C3 descansa en paz. La empanada de carne que traíamos para la cena comunitaria la hemos puesto de barómetro en la ventana, porque esa mesa no daba más de sí. Mi compañera de viaje lee y yo me troncho recordando este viaje desquiciado en el que nos hemos reído tanto. Se trataba de llegar, ¿no? Pues cada uno viene por donde quiere.

lunes, 19 de marzo de 2012

El mantel

Pienso mucho en Mariluz. Tan guapa, tan entrañable, tan cariñosa... tan moderna. Ayer me acordé de ella cuando saqué el mantel del aparador. Éramos muchos a comer. Añadí un tablero a la mesa y la vestí con el mantel blanco que tanto le gustaba. Siempre que saco el mantel me viene a la cabeza una escena en la que yo lo extiendo con su ayuda, antes de una celebración familiar; ella repara en la cenefa bordada y la mira y la toca con detalle. "¡Qué mantel más bonito", me dice. "Sí. Pues se lava de mal...", le digo yo. Y ella se ríe. Y, a continuación, pienso que seguramente tiene en la cabeza el remedio para dejar blanco como una patena mi bonito mantel de hilo. Pero no dice nada, seguramente, por no darme lecciones de buen hacer (que yo habría admitido de buen grado, seguro).

Mariluz no compartió conmigo su sabiduría y yo me encuentro esta madrugada sacando de la lavadora mi mantel, con dos manchas que son un clásico postcelebrativo: la de vino y la de café. Así que me pongo a frotar y pienso en ella y en esas manchas omnipresentes en medio de la blancura, restándole presencia a mi bonito mantel.

Lo repaso una y otra vez, de esquina a esquina, buscándole las pupas y recordando a Mariluz, que ya se me ha colado en la primera posición de los pensamientos intensos que me regalan las noches en vela. Su recuerdo me emociona siempre; pero es cierto que, también siempre, me deja una sonrisa pintada en el corazón, porque siento que tuve suerte de conocerla y sentirla y tener una excusa emocional para conservar el mantel que tanto trabajo me da, pero que me une con ella en ese recuerdo, en esa revelación: "Sí. Pues se lava de mal...".

Tiendo el resto de la colada que sí ha sido sensible a mi rutinario lavado a 40 grados y vuelvo a la cama. Pero qué largas son las madrugadas cuando uno no puede dormir.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Déjale cariño, que si no llora

Pues que llore, ¿no? ¡No pasa nada! Es lo suyo: llorar. Los niños y niñas lloran. Con razón o sin ella o como forma de comunicarse. Les es propio.

Bueno pues, esta entrada es un homenaje a las madres que nos pasamos de listas. Somos tan enrolladas con el mundo alrededor que, en ocasiones, forzamos un trato injusto a nuestros propios hijos.

Se suben un padre y una madre en el tranvía, cada uno de ellos con un hijo varón. Uno, un poco más pequeño que el otro. Por cómo se tratan presupongo que son amigos, aunque no demasiado. Quizá son amigas las madres o podrían ser parientes políticos... no sé.

Los niños corren a ocupar un par de asientos contiguos. El que es un poquito más mayor alcanza -sin juego sucio- el lugar de la ventana. Y entonces, comienza el superpollo del pequeño. Unas lágrimas que acabarían con la sequía en muchos lugares del país. Y la madre del niño grande no tarda en pedir por esa boca: "¡Diego, déjale al lado de la ventana! Que si no llora...". Diego se hace el loco. Es un niño tranquilo. Parece estar rumiando "Me queda menos que nada de mirar por la ventana". El padre contrarresta con tan poca convicción que me dan ganas de medirle la boquita pequeña: "No, dejalo. Que se aguante...". Pero la madre se crece: ¡demostraré al mundo lo buena educadora que soy y que mis deseos son órdenes para mi vástago! Acerca su mano a la cabeza de su pequeño: "Diego, cariño, déjale el sitio, que mira cómo llora el pobre". Diego se levanta y cede. Sin decir ni mu, con la mirada igual de perdida que segundos antes, resignado ante lo inevitable.

Y el del berrinchín abandona la llantina. Se seca los lágrimones y se asoma al cristal reconfortado por su triunfo. Entonces, su padre intenta compensar a Diego por tanto abuso consentido por ambas partes: "A ver, Diego... ¿Qué coche tan chuli tienes?". Diego, orgulloso de su propiedad, la muestra y la deposita en la mano del padre. Berrinchín, de nuevo, se pronuncia: "Quiero el coche de Diego". Diego, cariño, déjale tu coche al nene.

El pobre Diego se ha quedado sin el sitio de la ventana y, además, sin poder jugar con su coche durante el trayecto de interior que le ha tocado en suerte.

Al padre me parece a mí que alguien debería hablarle de que la frustración forja y hace madurar al ser humano. Y a la madre de Diego le diré que ha quedado divinamente con el padre del lagrimones y con el resto de los usuarios del tranvía que hemos asistido a los hechos, pero que ha sido injusta con el pobre Diego, que es más bueno que el pan.

Este relato me lo arrojo yo sobre mis espaldas. Porque en muchas ocasiones, nos pesa más lo que puedan pensar de nosotros y de cómo estamos educando a nuestros hijos, que la serenidad de intentar ser justos, desde nuestro prisma, y no perjudicar con nuestro buenrollismo a los nuestros.

martes, 28 de febrero de 2012

Lo siento, pero no

"Si Marilyn Monroe es legendaria, el Athletic también lo es". Félix Linares, hace unos minutos en "La noche de...". Lo juro.

Ruego a quien sepa inhabilitar el botón número 7 del mando de la tele, se ponga en contacto conmigo urgentemente.

Estos irrintxis camuflados de la ETB me dejan seca. Mi rh negativo y mi bigarren urratsa en curso no pesan lo suficiente en mí, como para incorporar a mi existencia tanta sobreexposición de lo vascos y vascas que somos cuando nos asomamos a la ETB.

Lo siento: no. El Athletic no es tan legendario como Marilyn Monroe.
Ser vasco no compromete al alarde permanente. Estar orgulloso de la tierra de uno es otra cosa. Me parece a mí, vamos.

martes, 21 de febrero de 2012

Mi abrazo

Tengo dos amigos. Los dos están tristes. Y me siento mal a este lado de su pena, porque no puedo hacer que desaparezca; no puedo hacer que estén bien, que tengan la ilusión pintada en la mirada. No puedo hacer otra cosa que escuchar, que intentar comprender, intentar que sientan que en lo bueno y en lo malo, son igual mis amigos.

Pienso en ellos y en el estómago algo se me da bruscamente la vuelta. En la garganta, un nudo no me deja tragar. Se me cuelan en los sueños, en las preocupaciones, entre las teclas… Se me van las ocasiones de decirles que les quiero mucho y que este momento se me clava en el alma. Que quisiera tener una manta que pudiera protegerles del frío y una primavera en ciernes que invitarles a pasar en paz, en el primer calorcito de una tarde de abril.

Estas líneas son para ellos: para que sientan mi cariño, mi comprensión, mi deseo grande de que puedan sentirse bien. Estas líneas son mi abrazo.

jueves, 16 de febrero de 2012

Sin cortarse un pelo

Entro en una perfumería de una conocida franquicia. Saludo y me entretengo en los estantes buscando algunas cosas que necesito. Pasados unos minutos, llamo la atención de la dependienta: “Perdona: ¿me puedes dar un contorno de ojos”. Me mira fijamente. Se gira y atrapa una cajita alargada. Me la tiende: “Éste es anti arrugas y anti edad”, me dice ¡la muy perra! “No te cortas un pelo”, le digo sin acritud. Y ella sonríe, pillada en falta, esbozando una disculpa: “No, bueno: son recomendables a partir de una determinada edad…”. Pues a ver si lo vamos a acabar de arreglar, pienso.
Ella es muy joven y me bato en retirada. La insolencia de su corta edad le ha colocado frente a mí en el rin, sin comerlo ni beberlo. Pero yo no busco pelea. Además, tiene razón, jajaja: su recomendación es la adecuada.
Suerte que mi autoestima no depende de comentarios como éste y suerte también, que me encuentro resultona para la edad que tengo… Pero hubo un tiempo en el que mi reconocimiento personal era infinitamente peor ¡y era mucho más joven! No tenía arrugas, pero tenía un acné tardío que unas cuantas (y ningún cuanto, es curioso) se encargaban de recordarme cada poco.
La tiranía del canon estético es demoledora. Es un sinsentido en el que quien más quien menos tendría algo que contar. Y es difícil escapar. Ser guapa, estar guapa, sentirse guapa… visten. También a ellos. Adornan más que la bondad o la lealtad. La inteligencia, el sentido del humor, el don de gentes… aún tienen en nuestros días una oportunidad. Pero, primero, hay que ocuparse de los kilos, de las arrugas y de la batalla anti edad.
Lo tenemos tan arraigado que no me siento siquiera capaz de apuntar cómo combatir esta esclavitud. Pero una cosa diré antes de cerrar esta entrada: la dependienta no tuvo ovarios para ofrecerme el 2x1 de la crema anti celulítica. Se las hubiera regalado a ella (maldad que nace desde el resquemor, jajaja).

lunes, 13 de febrero de 2012

De hoy para mañana y siempre

Esta entrada está escrita hoy para leerse mañana. Es un alegato a favor del buen amor y una manifestación en contra del sentimiento apagado, de la falta de ilusión, del proyecto agotado. Es una felicitación para los que luchan cada día por la reconquista, un acicate para los que no arriesgan, un sentido pésame para los que asisten a la agonía y se resignan a sonreír tan sólo con los labios.
Estas palabras son para recordar la felicidad que nos invade al sentirnos amados, especiales, únicos para él, para ella. Estas líneas quieren ponerle una guinda a la rutina y una banda sonora a una sorpresa aún sin diseñar.
Quiero colgarme del calendario para ponerle celofán a un abrazo de verdad, a un beso con los ojos cerrados. Quiero esparcir confetis rojos con mis manos sobre quienes olvidaron la fuerza de ser dos en el camino. Quiero celebrar contigo que eres afortunada (o afortunado) porque tu primer pensamiento del día tiene dueño (o dueña); porque al cerrar los ojos buscas una mano con la que despedir el día o el calor de unos pies con los que enredarte hasta abandonarte al sueño.
Esta entrada quiere contagiar el impulso de hacer una llamada, de mandar un email, sms, Whats App, de hacer una perdida… 
Esta entrada es una ilusión, un deseo, una suerte, un sortilegio, un sentimiento de bienestar lanzado al aire. Feliz día si amas, si amaste y si volverás a amar.

jueves, 2 de febrero de 2012

Frases célebres en la madrugada

Holaaa… No puedo dormir. 4:45 a.m. ¿Por qué? Ah, pues no lo sé. Llevaba un rato dando vueltas en la cama recuperando, sin saber por qué ni a santo de qué, frases que he escuchado recientemiente y pienso: ¿vale con juntar palabras que parezcan frases, para decir algo coherente? Sí, lo sé: este espacio de disertación que me dispongo a abrir a estas horas de la madrugada, tampoco tiene mucho sentido. Pero estamos a lo que estamos: la noche tiene este puntito de distorsión de las emociones y de las cosas.

Va la primera frase: “Por un lado está la ley de protección de datos, pero por otro, todo el mundo puede enterarse de la vida de todo el mundo… Se contradice…”. ¿Sí? ¿Se contradice? Ahora que la estoy escribiendo, no la encuentro tan descabellada… ¡Qué cosas! La noche. Puede incluso que se  trate de una reflexión de calado. Igual se estaba poniendo sobre el tapete el derecho a la intimidad en relación con la protección de datos y, por ende, de la vida privada, así en general. El caso es que, en su momento, a mí me pareció que lo que venía a decir esta frase que asciendo a la categoría de célebre, es “Menuda chorrada lo de la protección de datos, si yo cuando quiera y donde quiera saco información de debajo de las piedras si hace falta, con sólo preguntar aquí y allá, y despeloto al más pintado”. Os lo dejo ahí. Es la voz de la calle. Soberana, siempre.
Otra, para vuestro disfrute: “Mi hijo va a religión y a catequesis, porque es el único sitio donde se les enseña el respeto. En mi casa siempre ha sido así. En otro sitio, no lo ven. En las clases no hay tiempo para estas cosas y si no van a la catequesis no lo ven”. Estoy haciendo un esfuerzo por reproducir las frases tal y como fueron volcadas, para no restarles un ápice de fuerza expresiva. Esta proclama a mí me quita el sueño. Lo estáis viendo. Me duele. Me hace daño: en su continente y contenido. ¿Qué quiere decir esto, Señor, que incorporas en las niñas y niños del mundo el concepto de respeto, a través de tus pastores? En serio, no voy a ir más allá, porque si lo hago, creo que no volveré a pegar ojo nunca más.
Vaya por delante, aunque sea al final (licencia que me tomo, por ser las horas que son) que yo sí fui a religión toda mi infancia y, desde luego a catequesis, y que se me presupone el respeto al prójimo. Con lo que quiero decir que estas frases célebres merecen mi reconocimiento, máxime cuando estoy dedicando mi velada a darlas a conocer en la placita de “Ya sé yo mis cosas”, para vuestro desparrame intelectual y sociológico. Sacarle punta a lo que se oye por aquí y por allí no es baladí. Siempre, siempre, hay de fondo una verdad como la copa de un pino. Aunque a veces cueste encontrarla entre la amalgama de palabras que se arrojan con pretensión de enunciado sin vuelta de hoja. Siempre hay vuelta de hoja. ¿Qué haría yo de madrugada si se me negara esta golosa posibilidad? Dormir, sí. Más me valdría. Pues allá que voy. 5:15 a.m. Me voy a poner horizontal, a ver si me llevan los guardias…

martes, 31 de enero de 2012

Tendiendo puentes

Que no me había perdido por ahí… Si me habéis echado en falta, en primer lugar, daros las gracias por vuestra fidelidad. En segundo lugar, la explicación: he estado padeciendo efectos adversos. Ésta es la forma apropiada de definir lo que mi cuerpo ha padecido ayer, hoy… y ya veremos. En este momento, me pilláis bajo los efectos del Nolotil y me siento por primera vez en muchas horas, persona capaz de permanecer en una misma posición más de un cuarto de hora. 

Antecedentes. La pasada noche del viernes, por prescripción facultativa especializada, inicio tratamiento con pirula desconocida hasta el momento para mí. Hasta ahí, nada que destacar. Pero, hete aquí , que rescato de la caja el prospecto: ese papelillo fino, en blanco y negro, doblado primero por la mitad y después, absurdamente, en horizontal y después de nuevo por la mitad. Una vez desdoblado no vuelve jamás a su posición original. Desengáñate.
Y leo: “No tome la dosis más alta si tiene problemas renales moderados, si su glándula tiroides no funciona, si tiene dolores o calambres musculares repetidos o injustificados, si ingiere regularmente grandes dosis de alcohol y ¡si es de origen asiático!” Y aclara “(japonés, chino, filipino, vietnamita, coreano o indio)”. Creo que esta dosis de culturilla general asiática ha hecho merecedor de un quesito al redactor del papelillo.
De momento, pensé: ¿por qué no pueden tomar este medicamento los chinos? ¿Sólo por ser chinos? Ay, madre… En estos tiempos, estas aseveraciones no quedan bien, amigos del Crestor 20g (si es que los tienes).
Pero esta historia ha dado un giro inesperado: yo tampoco puedo tomar Crestor 20g. Ahí me han dado, pero bien. Obviamente, no por asiática; pero el caso es que tampoco puedo. Me duelen todos los músculos de cintura para abajo y me han suspendido el tratamiento. Efectos adversos, dicen.

Hoy siento que, en cierto modo, China y Lakua han tendido puentes. No sé en qué quedará este episodio de dolores o calambres musculares repetidos o injustificados versus ser de origen asiático. Pero el caso es que hoy tenemos un enemigo común. Crestor 20g: no me caes bien. Nada bien.

martes, 24 de enero de 2012

Animalillos

Mis niñas están estudiando en el cole los animalillos... Y nos estamos jartando de reír... Porque yo no sabía tantas cosas. Qué bonito aprender de las hijas...
Dice Violeta: yo sé que los gatos por la noche no ven con los ojos... Se mueven gracias a los bigotes.
Dice Olarizu: hay muchos animales que tienen que nacer de la tripa de la madre porque si no, el huevo sería enorme.

Estamos aprendiendo que en la bolsa de los canguros hay tetillas para que se queden tan agustillo las crías, que los rinocerontes tienen mucho genio, que hay serpientes que se comen personas, pero que también comen ratones y nacen de los huevos. Las serpientes, además, no tienen ni brazos ni piernas; sólo ojos y boca y por eso son tan lisitas. Los hombres y las mujeres también somos mamíferos, los caballos duermen de pie, los leones comen carnen, las jirafas tienen un cuello muy largo, para llegar a las hojas más altas de los árboles y -apúntate ésta- tienen el mismo número de huesos en el cuello que nosotros, aunque más anchos y más estirados... Está por llegar la pregunta que un día no sabremos responder y nos henchiremos de orgullo: ya saben más que nosotros.

Hoy me siento orgullosa de mis niñas que, además, saben decir del tirón hipercolesterolemia familiar (no es broma). Hay que sacarle provecho a todas las circunstancias de la vida, está claro.

jueves, 19 de enero de 2012

Lo que quiero ahora

Cuando algo está tan bien escrito, envaino mi pluma y cedo el paso:

Lo que quiero ahora, por Ángeles Caso.

Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.
Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.
Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.
Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.
También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada. O todo.

lunes, 16 de enero de 2012

Sal de pollito

El pollito no es sólo una cría de gallina. Sería muy poco ambicioso limitarse a esta acepción. La que nos reúne hoy es la de pollito en su expresión de actitud ante la vida. Mi chiquitina, en una ocasión de su corta existencia, en un momento de descuido que tenemos estos padres de hoy en día, se zampó un pollito. Y desde entonces, somos cinco en casa: papi, mami, Violeta, Olarizu y su pollito.

El pollito de Olarizu se pasea por nuestras vidas con familiaridad. Se deja ver en ocasiones cada vez más predecibles: no me quiero ir a la cama, no me quiero bañar, no me quiero comer la piña, no quiero ponerme esa ropa, es que Violeta…
Al principio no nos caía nada bien el pollito, pero tengo que confesar que yo le he cogido cariño. Nuestra pequeñita debe pensar que sin su pollito no llamará nuestra atención y este deberse al llanto de mi niña como recurso para reclamar nuestro amor, me pone triste.
En los últimos días el pollito está que se sale. Debe ser que no nieva, que se estaba mejor de vacaciones o, simplemente, que estamos de que no. Así que le he propuesto a Olarizu sacarle partido a esta situación que nos produce tensión y, en demasiadas ocasiones, alteraciones del comportamiento no deseadas.
Esta noche, reunidos de nuevo en torno al pollito, le he descubierto a mi chiquitina un secreto milenario, que ha hecho redondearse aún más sus preciosos ojitos llorosos: que las lágrimas saben a sal. Y que si va a montar el pollito, mejor le servimos la sopita sin sazonar y que se pase la lengüecita por encima del morrillo después de cada cucharada. O también, le he dicho, “podemos tener a mano un salerito con tu nombre y cada vez que montes el pollito, recogemos de tus papillos las lágrimas… ¡y vamos llenando el salerito con sal de pollito”. Y entonces, le he visto marcharse… al pollito. Y en su lugar, una sonrisa de niña preciosa ha bañado de ternura mi cuento.

martes, 10 de enero de 2012

Esos misteriosos lugares que vuelven invisibles a las mujeres

Sospecho que se trata de una purpurina que nos envuelve discretamente al atravesar la puerta. Sin ser conscientes de ello, el proceso acaba de comenzar. Se acerca el responsable y se interesa por mis demandas. Y hasta ahí, todo normal. Comunico con soltura la avería de mi coche y él parece comprender. Formula preguntas que sé responder e, insisto, la normalidad reina en el taller mecánico.

Pero entonces aparece él: el marido. Y una pregunta es lanzada al aire:
-“¿Cuál es la matrícula del coche?”
-“CBV 2873”,  responde mi esposo.
Yo le miro intentando que capte mi reproche. Tarde. Ha ocurrido. Me desdibujo… Nadie me ve. Eoooo…. Estoy aquiiií… Se trata de mi coche.

Quiero gritar, pero mi garganta ahoga todos mis intentos.
-“¿Entonces, cuando cierras la puerta, se vuelve a abrir?”
-“Sí. Eso es”. De nuevo, contesta él.

Me rindo. La purpurina de la puerta me ha neutralizado: soy invisible en el taller mecánico. Pero no está todo perdido: el empleado hace una pequeña concesión:
-“Firmáis (me incluye; vergüenza torera, se ve) aquí, por favor…”
¡Ni de coña! Esta reparación la firmo yo; sólo faltaba. Rauda, rubrico.

Y salgo. Acompañada de mi marido. Atravieso de nuevo –ahora junto a él- la puerta purpurizadora y el hechizo se rompe. Soy de nuevo visible, en el universo paralelo en el que las mujeres saben desenvolverse solas en el taller de reparación de coches.

Afeo su conducta a mi partenaire y recibo jocosillas disculpas. Vaya tela.

En su descarga diré que, para resarcirme, por la noche me fui de chicas y al llegar a casa, la deuda con mi persona estaba generosamente condonada: la ropa tendida y el montón de plancha ventilado. Por esta vez, pase.

jueves, 5 de enero de 2012

Que vienen, que vienen…

Los Reyes Magos son lo más. Yo vi la barba del Rey Melchor cuando era pequeña y no se me va a olvidar nunca ni la imagen ni lo que sentí. Cada vez que recupero esa visión me vuelve también la sensación de transgresión, de haberme colado en un universo mágico, mientras sus majestades me hacían dormida. Recuerdo la barba y después la capa bordeada de pelo blanco… Buahhh… La pera.

La magia vuelve un año más a las miradas de los pequeños y me parece increíble que los adultos nos hayamos puesto de acuerdo al menos en esto. Hombres y mujeres dándolo todo, para regalar a nuestros niños y niñas una infancia de purpurina y luces. Y entre todos custodiamos un secreto a voces, que se silencia con la complicidad, incluso, de los Reyes Magos más jóvenes, que saben que tienen entre manos una información importante y altamente sensible.

Ayer les contaba mi padre a mis hijas, que cuando éramos pequeños nos despertaba en el día de Reyes al grito de Les rois, les rois! No lo recordaba, pero cuando lo dijo recuperé ese llamado, para mi archivador de recuerdos bonitos de mi niñez. Los Reyes Magos traían a casa regalos, claro, pero lo mejor de todo aquello fueron esas imágenes fotografiadas con mis ojos de niña: el vestido azul de flamenca, el caballito blanco, el Mazingerzeta, la Nancy… y los botes de cristal llenos de chucherías, que mi madre preparaba como si fueran tarritos de miel de dibujos animados. Y todos juntos, en pijamas y camisones, despeinados, con la ilusión en las caras, los nervios…

Ahora soy parte de la corte real y me toca decir Les rois! Pero esto no es posible ningún año… Porque son mis princesas las que olfatean la magia desde sus habitaciones y se ponen en pie a horas tempranas… Con temor abren la puerta de nuestra habitación y susurrando dicen: "Mamiiii, papiiii… me parece que han venido los Reyes, ¿eh?"
Lo que viene a significar: venid con nosotras, que nos da cosa…, jajaja…

Y no me extraña: que vengan los Reyes Magos a casa de una es una cosa muy grande.

domingo, 1 de enero de 2012

¿Navidad?

Qué Navidad más rara… Ayer pasé por la calle Dato y una banda de músicos tocaba “Ande, ande, ande… la marimorena…” Y me vino esa sensación: es Navidad, qué bien, qué bonito. Sin embargo era la primera vez que la tenía en estos días.

La Navidad ya no parece Navidad: a mí no me llega, no me toca, no me emociona. Ni siquiera hace frío… No hablemos de nieve. Apenas se oyen villancicos por ninguna parte, nadie habla del Niño Jesús y para colmo, el Olentzero se nos ha colado por todas las rendijas descafeinando a nuestros queridos Reyes Magos, que son los que llegan tarde, cuando está todo el bacalao cortado ya. Buff.
¿Por qué celebramos la Navidad? El sentido religioso de la fiesta se ha diluido tanto que no tiene sentido llamarlo así. Nos metemos de lleno en unas vacaciones dedicadas al zampabollismo, el rejuntamiento familiar y la compra compulsiva. Yo entre todo este jaleo, cada vez me siento más rara y más incómoda. Y tanto gasto… Una piensa en complacer, en hacer realidad las ilusiones de los suyos y si se lo puede permitir, allá que se lanza a recrear la magia de la Navidad. Pero unas semanas más tarde, metida de lleno en festejos, me chirría tanto exceso; me convulsiona, me martillea la conciencia. No es necesario. Lo estamos haciendo todos muy mal.
Siempre he creído que las personas a las que no les gusta la Navidad son unas aguafiestas cortarrollos. Pero mira por dónde es en eso en lo que me he convertido. No entiendo esta Navidad en la que se supone que celebramos el nacimiento de un Dios que elige un humilde pesebre para nacer, para lanzar con su gesto un mensaje al mundo: en la humildad y la sencillez está la verdad. No hace falta creer en Dios para darse cuenta de que lo que nos hace grandes como personas no es todo esto en lo que hemos convertido la Navidad.
Ya está aquí el 2012. Mi propósito de aquí a un año: villancicos en mi casa y en las voces de mis hijas, una visita al Niño Jesús en el día de su cumpleaños, regalos más valiosos y menos caros y una ilusión renovada ante estos días, al llegar el mes de diciembre de 2012.
Me pongo a ello ya, con todo el empeño del sinsabor que me deja en el corazón esta Navidad que enfrenta su recta final. He pedido a los Reyes Magos, paz. Para mí, para ti, para todos vosotros y vosotras. Paz en el corazón. La que siente uno cuando sabe que lo está haciendo bien.
Feliz Año 2012.