Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

El salpicadero del Panda

Hay un clamor popular que pide mi intervención en este asunto tan traído y llevado. Creo que va quedando bastante claro ya que de iguales, nada de nada; más bien los unos con sus cosillas y las unas con las suyas otras. Ser hombre o mujer, determina: hay un equipamiento de serie que nos condiciona el comportamiento social y, desde luego, el emocional.

Previo que tenemos que tener en cuenta: excepciones, haberlas, haylas. Pero hagamos de este espacio un lugar donde podamos reconocernos en generalidades; seamos comprensivos y tolerantes y enfrentemos estas líneas con sentido del humor.

"Mi marido tiene menos detalles que el salpicadero de un panda". Testimono real (hemos distorsionado los caracteres, para que la autora de este comentario revelador no pueda ser reconocida por su marido). Sucedió ayer y yo estaba allí. Era la segunda parte de una conversación pelín más dilatada, imagino, en la que no estuve presente. Fui debidamente informada del contenido de la misma y se activó el protocolo de crisis: manifestemos al mundo las propiedades curativas del tunning. Hagamos del vehículo familiar, metáfora. Llevémoslo a nuestro terreno. Una huída hacia adelante con un plan arriesgado que consiga el objetivo: rescatar de una la ilusión de ser la chica de sus sueños.

No puede ser que ese panda siga aún sin un ambientador de flores enganchado en la rejilla del aire. No cabe en cabeza asentada que en el bonito lugar donde se aposentan las multas, no haya remota esperanza de encontrar una notita tierna que ponga a volar las mariposillas adormiladas en el estómago. No puede ser que al retirar la chaqueta de él -siempre reposante en el sitio que en breve ocuparemos- no encontremos un paquetito con sorpresa tipo: "He encajado a los niños. Te invito a cenar esta noche". O "Mira a ver qué tal te queda este vestido, que a mí no me vale...".

No puede ser que en ese panda no suene, casualmente, esa canción que has dicho mil veces que te encanta. No puede ser que cuando te bajas del Panda con la bolsa de la merienda de los niños, las chaquetas, mochilas, carpetas, el papelito de que vuelve a haber piojos en el cole y tu bolso, no haya un mozo estupendo que se brinda sin pensarlo a cargar con todo, para que tú consigas encontrar la llave del portal sin echarte a llorar de impotencia.

No puede ser que ese Panda haya conseguido bonus en el seguro, porque no se inmuta cuando ve la raja de tu falda. No puede ser. Ese Panda está echándose una siesta demasiado larga ya. Que arranque ese Panda. Tanta gasolina en el tanque y ahí parado, como a la espera de que le cagolee un pajarito que no viene sino a desmotivar, por otra parte.

Esta entrada ha comenzado como llamamiento y se despide con el grado superlativo de clamor. Y si después de poner en marcha el operativo descrito, la operación fracasa, sólo nos quedará ya entregar la inscripción para un taller que tengo visto, en el que te pasas el fin de semana pintando mandalas de afuera hacia dentro. O sea, lo más, para encontrarse una misma y regenerarse la ilusión por seguir siendo yo.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Un hombre bueno

Tengo el inmenso placer de haber conocido recientemente a un hombre realmente bueno. Me tiene conmovida su compromiso, su entrega a la causa, su humanidad, la amabilidad que derrocha y su solvencia profesional. Le escucho hablar y sus palabras transmiten seguridad, convicción y esa sensación de haber encontrado al protagonista de aquel bonito cuento de Tolstoi: la camisa del hombre feliz.

Quien motiva estas líneas tiene camisa y algunas cosas más, es cierto. Pero lo que a mis ojos le viste es su humildad. Creo que ésta es la prenda que de verdad puede curar la enfermedad del zar del cuento, los dolores del alma, las frustraciones y las heridas. Nos sentimos tan importantes que nuestros problemas parecen igual de grandes. El hombre feliz no tenía camisa que dejarse arrebatar: su riqueza estaba en el reconocimiento de su suerte.

¿No es cierto que por estos lares tenemos mucha, pero que mucha suerte? ¿Por qué entonces tantos sintomas de malestar en los hombres y mujeres que habitamos esta parte favorecida del mundo? Decía esta mañana mi recién descubierto hombre bueno que sólo teme a la soledad y a no poder valerse por sí mismo; que el resto de los problemas se solucionan con actitud, tesón y esfuerzo. Bueno: quizá no todos los problemas, pero sí un puñado generoso de ellos.

Me quedo con la actitud. Un "progresa adecuadamente" podría ser un objetivo razonable a corto plazo. Venga: a ver si nos sale...

viernes, 9 de septiembre de 2011

Muévete, muévete.

Últimamente hay muchas personas a mi alrededor que lloran. Unas con lágrimas y otras sin ellas. Y entonces yo también lloro: casi siempre con las tripas, pero también con lágrimas.

No sé que está pasando. No sé si estaríamos tan revueltos si hubiéramos tenido sobre nuestras cabezas un poco más de sol calentándonos el alma. Pero no deberíamos seguir con esta espiral de insatisfacción, de sueños rotos, de desamor, de soledad, de insomnio, de miedo. Porque todo esto nos destruye.

Ojalá este blog tuviera la “Mickyherramientapara sanaros a todos los que estáis por aquí y también a los que estáis en mi corazón desde otros rincones. Ya somos grandes para saber que no se solucionan los problemas con un dibujo animado, pero también para saber que al frío se le combate con un abrazo, que el silencio deja de dar miedo cuando alguien te habla cerquita, que la angustia disminuye cuando se tiene un plan, cuando se reanuda el movimiento, cuando se busca desde dentro la paz.

No puede ser que nos quedemos quietos con la de cosas que tenemos que hacer. Muévete, muévete, muévete. Hacia donde quieras, hacia donde puedas. Emborrona un papel con tu rabia, tíralo a la papelera, entrégalo, pide perdón, pide amor, cierra una puerta, abre una ventana; inicia un proyecto, acepta un fracaso, grita, escribe, canta una canción, vete de viaje, limpia los cristales, pasa una tarde jugando al parchís. Muévete, muévete. Porque si te quedas quieto, quizá te alcance la ficha roja y se vaya danzando hasta contar 20.  Volverás a estar más lejos de la casilla de llegada y lo peor: podrías perder la ilusión por la partida. Y eso no quisiera verlo yo.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Lavadora de madrugada

Son las seis de la mañana. Hace más de media hora que le espero, pero creo que esta vez se ha olvidado de mí. Bueno, no se lo he puesto fácil. Afronté esta noche cargada de inquietudes, preocupaciones, inseguridades con las que enfrentar el día que vendría y que en poco tiempo, asomará ya. Tengo sobre las piernas mi pequeño ordenador, sobre la espalda una manta que es lo más parecido a un abrazo y en los dedos, urgencia.

La noche es un escenario propicio para desparramarse en exageradas percepciones de lo que nos pasa. Esta hoja en blanco sobre la que vuelco los pensamientos que me distancian del descanso, no es más que una lavadora de madrugada: meto esas inquietudes/preocupaciones/inseguridades de las que hablaba y cierro la puerta del tambor; en el cajetín grande meto palabras y en el pequeño un poco de suavizante… En un rato tengo la colada dispuesta para tenderla al sol.

Y cuando arranque el día, pensaré que tengo mucho sueño; compartiré con los míos la experiencia de mi insomnio recién experimentado y empezará de nuevo mi acoplamiento diario con el reloj y sus exigencias. Y las imágenes que durante la noche robaron mi sueño, se colocarán discretamente a la sombra: intimidadas por las voces, las presencias, las tareas e imágenes nuevas.

De repente, tengo calor… No puedo parar de bostezar, me lloran los ojos… Tengo mucho sueño… Miro el reloj. A la lavadora aún le queda un rato, así que yo me voy a ver si queda algún angelito con el que tener un dulce sueño, aunque sea cortito.

martes, 6 de septiembre de 2011

Tirita para ti

He echado en falta tu sonrisa entera, la luz de tu mirada limpia, amiga. He querido abrazarte fuerte y decirte cuánto te quiero, pero como casi siempre, demasiada ropa tendida... 
Me duele tu tristeza omnipresente, pero tu aparente fragilidad no me confunde. Esas lágrimas contenidas no consiguen desdibujar la fuerza que llevas en tu alma creadora, en tu corazón amable, en tu cuaderno de ruta. Me gusta tu compañía, tu serenidad, tu dulzura.
Me entristece tu mal trago y sabes que nos lo podemos tomar juntas, a sorbitos, cuando quieras, cuando puedas. Estas palabras son sólo un apósito, ya lo sé. Se despega con el agua y no cura. Pero, quiero pensar que te gustará distraer la atención de tu pupa sabiéndola cubierta con esta tirita que me invento para ti. Si se levanta, no pasa nada: tengo más.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Enséñame una faja que sea mona

Leo en El Correo de hoy que la faja está de moda. Que guapas oficiales como Beyoncé, Jessica Alba, Gwyneth Paltrow, Julia Roberts, Jennifer Aniston o Cate Blanchett dicen usarla; y se sabe que también lo hacen otras como Penélope Cruz y Katie Holmes, aunque ellas no comparten esta información con determinados usuarios (rollo Facebook total).

La prenda antisexy por excelencia se cuela en las cómodas, entre los más finos encajes, por su reconocida eficacia. Y no digo que no lo sea. Pero circular tan apretada por la vida cotidiana revierte, como poco, con migraña a última hora de la tarde. Esa presión que sube para arriba, arriba, arriba, no respiras bien, el tórax no da más de sí, primeros síntomas de asfixia, ansia por rellenar de aire los pulmones, hiperventilación…. No sé, no sé…

Pero y qué decir de ese color… ¿Por qué ese color? Llamémosle visón, si queréis, pero toda la vida se le ha llamado color carne. Y la prenda de color carne por excelencia es nuestra amiga la faja. Y es una prenda horrenda a más no poder. No entra por los ojos, aunque ya sé que por donde debe entrar es por las piernas. En la información de El Correo una dependienta de una tienda de lencería afirma que la neo faja ha llegado con “diversidad de diseños, colores, tejidos, es el 'boom' del otoño”. Pues yo eso quiero verlo. Enséñame una faja que sea mona y me la pruebo.

Sigo citando a El Correo, porque acuña un término divino que pienso usar en adelante. “Desde Manufacturas Teleno, empresa textil leonesa que lleva más de cuarenta años fabricando ropa interior femenina, muestran su sorpresa por esta inaudita ECLOSIÓN FAJERIL: “la faja se ha llevado toda la vida”, aseguran”.

Por lo visto,  el mercado está ya preparado también para la eclosión fajeril masculina: existen camisetas y canzoncillos-faja para ellos. Eso también quiero verlo, jajaja. Queridos amigos varones que me seguís, os vais a caer con todo el equipo: cremas, depilaciones, operaciones bikini, solarium, tintes y, ahora también, la faja va a entrar en vuestras vidas. Os estáis complicando la existencia de mala manera incorporando tamaña presión por estar divinos. Luego decís que no entendéis nuestros cambios de humor repentinos. A ver queridos: no es achacable a nuestros “dias de cambios” (que dice el moñas de Baute). Es cosa de la faja, la de color carne, la de toda la vida: la que no te deja ser tú misma, porque mientras intentas sacar tus quehaceres adelante te agarra, moldea y eleva las carnes.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Voy a pedir una excedencia para ordenar mis calcetines


Ja, ja, ja. Me troncho. Este sublime comentario de mi esposo fue hecho a medianoche de ayer, tras unos pases de trilero bien llevados, pero infructuosos, con cuatro calcetines que no casaban.

Mi experiencia es tozuda en afirmar que algunos de ellos llegan al cubo de la ropa only one. Porque aunque del tendedero los descuelgo en número par, algo ocurre en el universo paralelo de las cuerdas…

Las cinturillas de los calcetines se distinguen unas de otras en anchura y altura: únicamente. La variada gama de negro a gris oscuro que él se empeña en defender, pasa desapercibida a mi humilde percepción. Y yo los agrupo en base a cinturillas y me reconforto tras mi tarea, sintiéndome en cierta medida como esa esposa de los antiguos manuales del régimen que lleva a su marido lavado, planchado y atendido como merece el cabeza de familia que sustenta. Ja, ja, ja.

Pero va, el muy ingrato, y dice que no lo hago nada bien. Que en la semi penumbra de la habitación de las primeras horas del día, todos los gatos son pardos y reina la armonía en el cajón de los calcetines; pero cuando se impone la claridad y la realidad se muestra con todos sus matices, mi chico, tomándose un café en compañía, lamenta un cruce de piernas distraído que pone en evidencia que el emparejamiento no estaba para nada bien ejecutado.

Menos mal que mi niño es plantado y guapo y esta circunstancia le da un toque de imperfecta humanidad. Y qué duda cabe de que detrás de un gran hombre, hay siempre una gran mujer que confunde los calcetines negros con los calcetines negros. Y ésa es, al fin y a la postre, la madre del cordero.