Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

viernes, 10 de junio de 2011

Aguas estancadas y playas tristes

"Hay una gran lección que da el mar: que todo tiene su momento y su final. Y que cuando los hombres que han sido valientes, geniales, los arroja la vida a la playa y los deja varados entre las piedras, muchos se pudren poco a poco". Arturo Pérez-Reverte.

Estas palabras me emocionan. Hablan de marineros en tierra, pero también de sueños en marca de agua por los que se dejó de luchar. Hablan de resentimiento, hablan de muerte en vida, de aguas estancadas y de playas tristes. Leo en esas líneas la derrota del que deja de redibujar el camino que le conduzca a sus anhelos. Leo la ilusión ahogada que no se sobrepuso a la marejada.
Asumir que nunca pasará es aceptar inmóvil un jarro de agua fría sobre la cabeza, una derrota que apaga la mirada, que te convierte en otro, que condena a una vida en la que se añorará siempre quien uno fue en los años en los que se tenía entre las manos un mapa del tesoro.
Seguramente es más práctico resignarse que permanecer siempre anhelando, aguardando un cambio en el viento de tu destino. Estará uno más cerca de la serenidad, de la paz de espíritu, de la armonía de una confortable rutina. Pero ¿y esa voz? ¿Cómo se apaga esa voz que grita “lucha por mí, lucha por mí”?
“Hay una gran lección que da el mar: que todo tiene su momento y su final…”. Pero no es verdad. Porque hay vidas a las que se les niega el momento y hay personas que se perpetúan en un final instalado en un corazón que aún latirá con fuerza muchos años. Y entonces, ¿de qué habrá servido haber sido niño, soñar con lo que de mayor seríamos, contar a los amigos lo que nos haría felices, buscar un compañero con el que compartir el camino y la emoción del logro?
Una meta que no se alcanza no será nunca un fracaso; es un papelito doblado echado a arder en una hoguera de San Juan; un crepitar que hace bailar el alma y una llama que se eleva irritando los ojos cuando quema la tentación del olvido, llenándolos de luz con el reflejo de las ilusiones que nos ponen en movimiento.

martes, 7 de junio de 2011

Madre Superiora

Escribo estas líneas que no leerás para reincidir en que te pasas mucho, tía. Te aprovechas de mi condición de persona de talante amable y del desconcierto que me provocan los encontronazos contigo. Me incomodas. Me haces sentir despreocupada e irresponsable. Me tortura tu airada expresión corporal y tu desdén al dirigirte a mí para censurar mi conducta e incluso mi ausencia de ella. No sé por qué haces eso, ¿no te gustan los puzzles?

Te digo una cosa: bastante tengo con conciliar mi vida familiar y laboral, para tener que conciliar también mi esperanza en la paz de los pueblos con las ganas de soltarte una fresca definitiva que ponga fin a tu superioridad y a mi apocamiento.
Hazte mirar esa necesidad que tienes de sacudirme las pelusas de tus inseguridades y déjame en paz. Me pregunto por qué te arrogas la autoridad de juzgarme; me cabrea que determines que debería haber estado donde no estaba, que me pongas los objetos personales de mi hija en los brazos sin decirme ni palabra, que no me mires de frente… Y te diré más, querida: mi hija, no se siente desvalida si no tiene una madre excelentísima para cogerle el abriguito y la mochila de camino al gimnasio, sabe vestirse solita para la actuación y no pasa frío con su top de espalda descubierta ¡porque está bailando!

Sé que te hago el caldo gordo, lo sé. Gracias a mí te sientes bien, reforzada en tu misión de madre, ahora sí, Superiora (gracias por tu impagable aportación, Merche). Qué exiguo resulta ya el “excelentísima” referido a tu suprema y maternal condición.

En serio, un puzzle te iría bien. Pongamos 1000 piezas, para acabar sin sobresaltos lo que nos resta de colegio.

viernes, 3 de junio de 2011

Mientras las princesas duermen

Cada noche me asomo a sus refugios de color, para encontrarlas rendidas al abrazo de sus edredones, con sus ojitos cerrados y su pelo revuelto, tan suaves… 

Les acomodo la ropa, retiro los muñecos que les merman espacio, corrijo malas posturas, acaricio sus caritas, las beso. Y pienso en que no hay dos niñas más bonitas en el mundo, más alegres, más tiernas, más mías. 

Pienso en la calma que me transmiten antes de dormir, al verlas así, sumidas en sus sueños de color rosa y purpurina; jugando quizá con sus amigos en el parque, haciendo trastadillas que no encontrarán reprimenda mientras duerman. 

Quiero pensar que son felices, que se sienten seguras en nuestro amor y cuidados; que saben que nos llena de orgullo su existencia, que son nuestro sentido y el proyecto más importante que hemos tenido entre las manos.

Cada mañana, cuando les digo “¿os he dicho alguna vez que os quiero mucho?”, Violeta se abraza a mí con toda la generosidad de su ternura. Olarizu, como un cascabelillo tintineante, me increpa risueña “pues claro, mami: ¡si nos lo dices todos los días!” Y son las dos así tan distintas, tan auténticas, tan contentas de tenerse la una a la otra.

Mis muñequitas. Mis princesitas con polvo de oro en las manos, música en sus risas, primavera en las miradas y trote locuelo en sus pasos.