Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Celebrar la vida.

Treinta y cuatro años, un niño de cuatro y un viudo desconsolado. Una familia destrozada y la más razonable de las preguntas en el aire: ¿por qué? 

Izaskun se ha zafado de su enfermedad al fin y su pérdida ha hecho saltar por los aires las piezas del puzle. No la conocía mucho, pero la estimaba. Era guapa, tenía unos ojos preciosos, buena conversación, sabia cocinar de maravilla y siempre le restaba importancia al trabajo y al resultado final de sus platos. 

No se me olvida esa descarga negativa que atacó mi cuerpo la noche que nos contó que tenía que operarse de una malformación en el cerebelo. Sus palabras pretendían serenidad y su lenguaje gestual y su mirada transmitían gravedad y miedo. 

Hoy Izaskun está muerta y las cosas que pasan parecen no saber nada de la ley de la vida. Uno no debe morirse cuando no le toca, cuando tiene pendiente modelar una personita para que sea un día un hombre de bien, cuando le quedan tantos años para llevar a cabo el proyecto vital que asumió con ilusión un día, mirando a su chico a los ojos... 

Izaskun está muerta, no voy a verla nunca más y me parece mentira. Hace tan poco tiempo que compartimos mesa y risas. 

Apremia en mi alma la necesidad de celebrar la vida. Ésa que motejamos con tanta frecuencia y que nos da tantas cosas que no valoramos. Pienso en mis hijas, en mi marido, en la gente que me quiere, en mis padres y en mis hermanos. En mi salud. En la casa que tengo, en mi trabajo, en mis proyectos, en mis capacidades, en mi alma dañada y reparada tantas veces... Y sé que necesariamente tengo que celebrar la vida, mi vida. Porque sólo estando viva puedo asumir los retos, solucionar los problemas, abrazar a la gente que quiero y llorar por los que se van dejándome su recuerdo.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Ya sé yo mis cosas.

Tampoco es que lo tenga yo muy claro, pero a veces es la única manera de que le dejen a una tranquila con sus cosillas. Es necesario dar tantas explicaciones, a veces... A ver: pero si es que cuando una no quiere contar, se nota. Conseguir una confesión no depende del léxico empleado por el interrogador, no depende de que sea o no el momento adecuado. Es simplemente que todo el mundo tiene sus cosillas que se guarda. Y yo tengo la tira de ellas. Y me encanta que sean sólo mías. Y no me parece que con eso dañe la confianza de nadie. Oye es que menudo rollo lo de "no tener secretos entre nosotros". ¡Venga ya! Yo tengo secretos a puñados. Secretos que no van a ningún lado, que no protegen la seguridad nacional ni un trascendental secreto de familia. Secretillos, cosillas de una, ires y venires que prefiero no detallar. Ya sé yo mis cosas. Suerte que cuando aplico este latiguillo, recibo siempre una sonrisa. Una sonrisa que me satisface y me reconforta porque implica la rendición, el final del proceso. Se asume el secreto del sumario y yo me siento tan independiente como si lo fuera.