Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

jueves, 17 de agosto de 2017

Los temores de Maya


Cuando de pequeña veía los dibujos de la abeja Maya, me llamaba mucho la atención que la encantadora abejita y su amigo Willy tuvieran tanto miedo de los humanos. Lo tenían porque habían sido alertados sobre el peligro que corrían si entraban en contacto con esta especie de seres despiadados.


Hoy que ya soy grande, confieso que mi admiración por las abejas y su licenciatura comunitaria en geometría, arquitectura y gestión de equipos no resta un ápice del temor que me producen ellas a mí. Me inquietan porque no puedo decirles amablemente “¿puedes apartarte de mi melón?” y esperar que me entiendan. Por lo tanto, me queda palmear el aire que nos rodea y exponerme a que me piquen. En cualquier caso, no tengo ninguna duda de que si alguna abeja me hiciera daño sería como respuesta a un sentimiento de amenaza.


Después de la noticia que conocí ayer no me ha quedado más remedio que ponerme del lado de Maya. Los humanos y humanas somos muchas veces terribles en nuestra relación con otros seres vivos. La alta estima que nos tenemos por encima de todas las especies nos convierte en déspotas, egoístas, carentes por completo de empatía con el sufrimiento animal.


El pasado viernes una cría de delfín perdida murió en una playa de Mojácar, víctima del acoso al que fue sometida por un grupo numeroso de bañistas que la gozaron haciéndose selfies con ella, sacándola del agua, mostrándola a sus niños y niñas… Hasta que de purito estrés la cría murió. 

Conocí la noticia por un informativo de televisión y pude escuchar un par de voces que decían con preocupación “Devolvedlo al mar…”. La voz de alarma definitiva la puso, al parecer, un socorrista que llamó al 112 y se hizo paso entre la multitud para auxiliar al delfín lactante que ya había sufrido un fallo cardiorrespiratorio irreversible.


¿Qué nos pasa? ¿A alguien se le ocurre hacerse un selfie con un niño perdido o enseñarlo como trofeo a las amistades? Si, ya sé, ya sé. Ya sé que no es exactamente lo mismo porque un niño no es una especie exótica difícil de tener ante los ojos. Pero también porque en un niño perdido vemos automáticamente a una personita desamparada que sufre, y también a una madre o a un padre que lo buscan con desesperación. Activamos todos nuestros protocolos de emergencia para reagrupar a esa familia sí o sí. 


¿Qué ocurrió para que toda esa gente que se acercó a ver al delfín desenfocara el hecho y viera un espectáculo familiar donde había una cría perdida sin posibilidades lejos de su madre? ¿Qué pasa con la empatía, la responsabilidad comunitaria del cuidado de la Naturaleza y sus especies? 


Estaba en Almería cuando ocurrió esto; en Mojácar, la víspera. Podría haber estado en esa playa cuando arribó el delfín. Creo que me hubiera puesto como una loca si llego a ver lo que la televisión me mostró días después. Porque no alcanzo a comprender cómo pasó. ¿Dónde estaba la gente con sentido común y sensibilidad que podía haber frenado a la pandilla de cafres del selfie con todo y en todas partes? ¿No es de cajón avisar al socorrista o llamar a emergencias, Policía, no sé… pedir ayuda? 


Yo pensaba que habían quedado lejos aquellos tiempos en los que la chiquillería se entretenía metiendo petardos a las ranas por el ano, arrancando las alas a las moscas, cortando el rabo a las lagartijas, echando pintura sobre el pelo de los gatos… Pero, visto lo visto, no sé… Me preocupa la vigencia de los temores de Maya y que sigamos teniendo sin aprobar esta asignatura pendiente tan, tan básica.

sábado, 12 de agosto de 2017

Un indalo en la Playa de los Muertos

Me fascina este paisaje, estas montañas concatenadas que parecen pechos de mujer ofreciéndose al sol impenitente de esta tierra, con su cielo azul como paspartú.
Al pie de esta cordillera de paredes fascinantes, el mar. 

Estoy en Cabo de Gata, en la Playa de los Muertos. Hemos llegado aquí por un sendero pedregoso en bajada. Baloo feliz, subiendo y bajando con la locura de la energía que regalan la juventud y la libertad. Es hora tardía para playa y no hay apenas gente. 

Ahí la tenemos rugiendo, majestuosa: la mar que baña esta playa que recuerda la llegada de náufragos y navegantes muertos arrastrados por las corrientes marinas que se dan en esta zona del mar de Alborán.

Nuestros niños y niñas se dejan embaucar fácilmente por los susurros que llegan desde la orilla: les tienta con su espuma rota y su risa quebrada. Busca bañarles los pies, sentir la vida que desprenden sus correteos sobre el terreno de piedrecitas de la playa. 

Hay bandera roja en la Playa de los Muertos; viento, nubes sin autoridad, risas, anécdotas, avispas merodeando las bocas de las latas de los refrescos. Unos instantes con los ojos cerrados para escuchar... Pero quién se pierde durante más de ese tiempo el espectáculo de contemplar el mar...

Mis niñas tienen frío: se cubren y arremolinan junto a mí. La mayor me da besos y me mira como lo hace ella, con ese amor incondicional de pertenencia natural y sana entre madre e hija; la pequeña reserva sus besos como acostumbra, y pide atención arrimándome su carita preciosa, suave y siempre fresca. Quiero ir a pasear por la orilla pero me retiene: "Quédate conmigo, mami". Palabras mayores.

Paz, alegría y vida para compensar la historia de esta playa cuyas olas rugen el lamento eterno por la pérdida de vidas humanas en el mar: por aquellas que hace tiempo ocurrieron, por aquellas que ocurren cada día en nuestro Mediterráneo y en otros mares que tanto saben también de injusticia, pobreza e insolidaridad. Por todas esas personas surco con mi dedo índice un indalo entre las piedrecillas. Cuentan por aquí que este dibujo prehistórico propio de la zona protege contra las tormentas y la fatalidad. Sirva mi modesto indalo para guardar de tanto mal este bello mar.

martes, 8 de agosto de 2017

Otros mundos que están en este, si.

El parón de las vacaciones es también el arreón de otras cosas. Aquellas que durante el curso no encuentran fácilmente su espacio: la lectura, el cine, las series... A mí me cuesta mucho rascarle tiempo de calidad a la lectura, la tele no me cae demasiado bien, el cine no me suele cuadrar y las series... las series son mi asignatura pendiente... ¡Hace falta mucho tiempo para ver con continuidad una serie! Hay un montón a las que me apetece hincarles el diente, pero me suelo limitar a mirarlas de reojo mientras se me abre un bocadillo sobre la cabeza que reza : "Ya te pillaré".

Pero llegó agosto y con él la posibilidad. Así que me he tirado al libro electronico como una loca y he reservado unos momentos de tranquilidad para una de las series que tenía por recuperar: "El cuento de la criada" y "Narcos". Sí, si. Purita violencia en contraste con el remanso de paz que supone cualquier retiro vacacional que se precie. La primera, violencia psicológica del más alto nivel; la segunda: violencia, violencia, de la clásica. Si habéis oído hablar o visto "Narcos", ya sabéis: "plata o plomo". Si no tenéis referencia alguna de la serie, solo con el título...

"El cuento de la criada" es puro terror. Las páginas de esta novela muestran un mundo en el que, en el marco de la dictadura puritana que domina la República de Gilead, son suprimidos todos los derechos de las mujeres. Pierden hasta sus nombres. Su único valor (y bastante relativo) reside en la capacidad que tengan de ofrecer niños y niñas sanos a parejas estériles. Cuando digo ofrecer es justo eso. La mujeres potencialmente fértiles (porque han debido tener previamente al menos un hijo) son acogidas en casas de las familias de mayor estatus para que el cabeza de familia las monte y las preñe. Una vez parido el bebé es entregado a la señora de la casa para ser criado como hijo o hija legítimo. Las mujeres que tras tres intentos no son fecundadas, son rechazadas y degradadas a la categoria de "no-mujer". Lo peor. O casi lo peor. Hay otras castas de mujeres con sus respectivos uniformes y cometidos perfectamente definidos, sometidas a una violencia estructural brutal. No destriparé más.

Este es el planteamiento central de la novela, pero es mucho más que eso. Margaret Atwood describe una sociedad patriarcal, esclavista, alienante -incluso para los propios varones-, que recupera mucho de lo peor de las sociedades que nos han precedido hasta lograr la nuestra que, con sus carencias y retos pendientes, es para mirarla con cariño, leído lo leído.

Lo más inquietante de la narración, a mi modo de ver, es que la protagonista nos hace saber desde el principio que lo que ocurre no ha sido siempre así. Es una mujer joven, pero tiene la edad suficiente para haber conocido nuestra sociedad tal como era antes de que todo el mundo quedara preso de una histeria colectiva por la supervivencia de la especie, el sometimiento de las mujeres como arma absoluta de control y la regulación represiva de todos los ámbitos de comportamiento social.

La protagonista va y viene del pasado reciente al presente y confronta los tiempos de tal forma que transmite una claustrofobia insoportable y el drama de una tragedia personal y social silenciada que busca rebelarse.

Sumergirme en historias como estas me hacen sentirme a salvo y agradecer la suerte y la oportunidad de vivir como vivo y dónde vivo. Pero también me hace renovar la consciencia de que hay otros mundos cerca del nuestro que requieren nuestra visión crítica, nuestro apoyo y nuestra denuncia permanente. No están demasiado lejos los pueblos y las personas que viven bajo el yugo de múltiples violencias. Quienes crean historias que suceden en entornos tan hostiles y asfixiantes como el de la criada del cuento beben de ahí, de esa realidad insoportable que se muestra cuando tenemos la valentía de asomarnos al mundo real y dejarnos tocar y conmover.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Gallos y gallitos


En este pueblo en el que estoy los gallos cantan cuando les da la gana. No es nuevo de este verano. Desde que vengo por aquí cada mes de agosto me hago la misma pregunta: ¿estos gallos están sin educar, son de una variedad rebelde de gallo o han perdido intuición y responsabilidad de despertar a los lugareños con el alba? O resulta que esto es así de siempre y yo no tengo ni idea de gallos ni de medio rural.
 
Hay un estudio por ahí que recoge que estas aves no necesitan la luz del sol para despertarse (doy fe). Aseguran que los gallos tienen un reloj interno que les alerta a la hora del amanecer. De hecho, cantan dos horas antes del amanecer, ofreciendo así un margen holgadete para el pis de la mañana, el aseo personal y un cafelito con un cacho de pan. Con dos horitas da también para zumito natural con exprimidor de mano, incluso. 

Quizá el ser humano se haya servido de este despertador natural durante años, pero lo cierto es que el gallo canta durante todo el día y no lo hace para alertarnos de nada. Lo hace para demostrar su estatus de macho dominante que marca su territorio y a sus gallinas. Ahí un completo de testosterona que ya nos constaba, ¿no?

Una vez lanzado aviso a navegantes de que esta corrala es mía y sigo siendo el rey, leo que, con su canto, el gallo también se dirige a las gallinas para poner en su conocimiento que ahí está él, que tiene mucho que ofrecer y que está activo sexualmente. Todo va bien, porque “existen estudios que parecen probar que el cacareo emitido por el gallo es del agrado de las gallinas. Lo es hasta el punto de que estimula su ovulación y hace que se les acerquen”. 

Bueno, pues en el reino animal parece que todo el mundo conforme; gallos y gallinas dando y recibiendo lo que la Naturaleza ha previsto para un equilibrio en la especie. Bien.

¿Pero qué pasa con los otros gallos? Los de nuestra especie. Los gallitos. ¿Qué pasa con ellos? ¿Están sin educar, son de una variedad rebelde de gallo o han perdido intuición y respeto por toda la que se mueve? 

Aquí donde estoy -y no solo aquí- escucho a gallos jóvenes que cacarean a niñas que empiezan a asomarse al mundo. Lo hacen en grupo, con sus voces sin acabar de armar… Se les ve ufanos, seguros, herederos de la misión de mostrar cuanto antes a las niñas que la calle es de los machos y que tienen la patente para intimidar, asustar y violentar a las hembras, sean de la edad que sean. He sido plenamente consciente hace muy poco de lo pronto que las niñas aprenden esto que va a limitar su comportamiento como seres sociales durante toda su vida.

Me pregunto durante cuánto tiempo más tendremos que educar a nuestras hijas en la libertad personal y en la confianza, y ser capaces de hacerlo compatible con el kit de supervivencia en la calle que necesariamente pasa por la prudencia, el temor y la tutela: evita situaciones, no te quedes nunca sola y llámame si te vuelve a molestar. 

Si los que saben de fauna aseguran que a las gallinas les gusta el arrebato de los gallos y se sienten estimuladas con sus cantos, nada que decir. Todo tan natural, tan de toda la vida…

Pero resulta que tan de toda la vida es también esto otro que comentaba y ahí sí que tenemos mucho que decir niñas, chicas, mujeres, educadoras y educadores de niños y de niñas.Tenemos que ser capaces de decir con convicción a nuestras niñas que la calle también es su espacio, sin ponerlas en riesgo cuando lo hacemos. Tenemos que poner mucho esfuerzo en enseñar a nuestros niños que comportarse como un gallo en la calle no es de recibo, que la calle es de todos y también de todas; y que tenemos que poder compartirla en paz, armonía y libertad. Tenemos que echar toda la carne en el asador con las nuevas generaciones y procurarles modelos sanos de conducta respetuosa y compañera.

De lo contrario, nos vamos a pasar muchos años soportando gallitos que cantan a destiempo y fuera de lugar; que nos arrinconcan sin miramientos en cualquier calle y que se creen con derecho y saben de su impunidad.

sábado, 29 de julio de 2017

Mi verano

Desde hoy es verano en mi corazón. Hoy arrancan mis vacaciones, mi paréntesis, mi recompensa. El verano empieza para mí cuando pongo kilómetros de por medio, me coloco la tobillera y me pinto de nuevo las uñas de los pies.
Para mí el verano no es una estación. Es un estado mental que permite reconciliarse con el modo de vida y, sobre todo, con la forma de ser. El verano me da todos los permisos, no me pone hora, acaricia mis ganas de sentir y me arremolina la melena con una pinza. Me agranda los ojos y me sopla sobre las pestañas; dora mi piel y arropa mis destemples vitales con abrazos de limpio sol.

Mi verano es una pedorreta ruidosa a las nubes de mi ciudad, al viento norte y al reloj. Mi verano es un silencio conquistado en mi cabecita repleta de discursos. Mi verano es una escapada consentida y breve que me concede la tregua necesaria para escuchar lo que mi cuerpo intenta contarme durante todo el año. Mi verano es casi creerme que vuelvo a ser yo. Mi verano es una voz dulce que me pregunta: ¿Qué te apetece hacer?

Mi verano es una añoranza tierna de mis amigas, a las que tanto -y cada vez más- debo y quiero. Mi verano es ocasión, lectura, descanso, mar, sandía y melón todos los días. 

Mi verano es el regodeo de tener castigada y sin salir a la rutina. Mi verano es escuchar a Javier; recuperarlo y pasear juntos. Es contemplar con devoción lo grandes que están ya mis hijas y sentir que merece la pena. Sé que mi verano es así porque los quiero tanto.

Mi verano es Baloo en la calle a todas horas; tener tiempo de mirarle con regocijo, de acariciar su pelaje maravilloso y de agradecerle que sea parte de mi vida y me acompañe como lo hace, desde su calma y su afecto.

Mi verano es pasearme por esta placita de "Ya sé yo mis cosas" para compartir mi paz, mis palabras, mi corazón contento y el dibujo expandido de mi sonrisa.

viernes, 23 de junio de 2017

Un lugar a donde no sé ir

Se puede quedar una ciudad pequeña aún más chiquita, cuando no hay un lugar al que ir. He buscado un tramo recóndito en los parques, una esquinita que respeten otros pasos y otras voces, pero hay demasiada gente en todas partes.

No me ha quedado otra que apoyar mi bicicleta en un banco, sentarme a un lado y echar mis dedos sobre esta pantalla para contarle que no sé a dónde ir.

Se está haciendo de noche pero le cuesta. Es la noche de San Juan, de las hogueras, de las brujas. Pero la bruja que llevo dentro está consumida, con la cabeza metida entre las piernas, sola por opción, sola entre la gente.

Estoy haciéndome la loca, evidenciando concentración sobre el móvil para que nadie me moleste, para que quien quiera que me conozca no me salude, no me pregunte, no me mire más, no me intimide, no me rompa la escapada que pretendo así, a la vista de quien quiera que pase.

Hay un lugar a donde no sé ir donde hay personas que seguro entienden que la tristeza y la ira son la cara y la cruz de un corazón roto al que no le llega la sangre. Hay un lugar en alguna parte donde las cosas no se cuentan ni se comparten; un lugar donde no cabe ni la reclamación ni la protesta porque el silencio tras la derrota lo ha colonizado todo.

Hay un lugar a donde no sé ir que me espera para ayudarme a desaparecer de todas las miradas. Pero no sé dónde está.

Cojo la bicicleta y reanudo mi camino sin meta en esta noche de San Juan tan triste.

viernes, 16 de junio de 2017

Mediocres con poder

Esta mañana he vivido una situación que me ha puesto del revés. La escuela últimamente me da muchos quebraderos de cabeza. Me gustaría ser justa y no generalizar pero me cuesta. Durante este curso que parece que no vaya a terminarse nunca, me he topado con personajes a los que puedo etiquetar sin miedo a equivocarme de mediocres; mediocres con su pequeño poder en el mundo, con su invasivo poder en la vida de los niños y niñas que están a su merced en sus aulas.

Me pasa últimamente con el profesorado como con los profesionales uniformados: me provocan una rabia y una desazón infinita con su prepotencia y su sartén por el mango. Agentes de policía, de la OTA, médicos, incluso. Pueden hacer contigo lo que quieran porque estás a su merced. Da igual si aportas argumentos, sensatez, actitud de entendimiento, alternativas... Da igual, si el placer de dictar sentencia provoca una complacencia tal que el sentido común, la empatía y los valores se diluyen en la relación entre personas.

Si hay algo por lo que estoy agradecida en la vida es por la sólida educación en valores que he recibido de mis padres. A pesar de que me ha complicado y complica mucho la existencia, hace que me sienta merecedora de respeto y amor. Hace que sienta que pago a plazos el privilegio de mi existencia a este lado del mundo.

Pongo el máximo empeño en transmitir esos mismos valores a mis hijas pero, en días como hoy, me llego a plantear si no sería más humano dejarse llevar por el impulso defensivo-agresivo ante una injusticia empoderada e impertinente en su victoria frente al débil.

No lo hago porque estoy comprometida con mi rol de educadora. Me tanteo la espada en mi cadera y la dejo estar. Me retiro de escena derrotada, dolida y queriendo creer que quizá algo de lo que aporté en la confrontación dejó una pequeña huella, un pensamiento al que darle una vuelta, una duda sobre si fue correcto o quedó en lo que pareció: otra batalla ganada de alguien mediocre con un poquito de poder y un ser más pequeño en la escala sobre el que volcar la carencia de otras cosas.