Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

sábado, 25 de marzo de 2017

Una cosita

Hay una cosita. Un destemple, un dolorcito, un sueño sostenido, una pena, un temor, un recuerdo, un escalofrío, un tropezón, un ataque de tos, un dolor de cabeza, un llanto amordazado, una canción, una mirada, una carencia, una ilusión que se aleja, una ausencia.

El sonido olvidado de una risa, el gesto torcido de un rostro apretado, un cortocircuito, una preocupación a plazo fijo, el invierno tras la ventana, la llamada ignorada, las cosas fuera de sitio, un grito, unos minutos robados, una conversación sin interés, el Mediterráneo, Trump, el sentido.

Una piedra en mi zapato, un pendiente sin tuerca, una cremallera que se abre sola, las llaves olvidadas en la puerta, la pluma sin tinta, los plazos, las noticias, la varilla quebrada del paraguas, un no que no se entiende, un no que no se defiende, un sí  sin convicción, una puerta invisible donde haga lo que haga, se me ve.

miércoles, 8 de marzo de 2017

El fantasma

Ayer vino a verme un fantasma. No me di demasiada cuenta. Más bien fue como cuando te cruzas con alguien y te quedas pensando ¿era o no era? Pero ya desde esta madrugada he venido sintiendo su frío, sus palabras insolentes con ese eco que le ponen a cualquier sonido los recuerdos.

He estado muchos años evitando pasar por una calle porque me daba miedo el fantasma. Pensaba que ya lo había sacado de mi cuarto oscuro y había vuelto a poder mirar a esas ventanas sin sentir angustia.

Y resulta que ayer volvió y me encontró haciendo lo que hacía, en el mismo escenario donde aprendí a sentirme pequeña y víctima de un rechazo arbitrario que no pude comprender nunca.

En estos años yo me he hecho mayor, pero no sé si más fuerte. He crecido por dentro y por fuera, he conocido gente buena y menos buena, pero nadie tan oscuro como el fantasma.

Siento que ha regresado porque vuelvo a estar dentro de una batalla que ni he buscado ni quiero, porque siento de nuevo cuerdas inmovilizando mis manos y una red apretada en la boca de mi estómago. El fantasma ha regresado y crece mi inquietud.

Camine por donde camine aparezco en aquella calle, en aquel lugar, con el fantasma. Falta luz, falta aire; faltan rigor, humanidad y respeto. Estoy de nuevo a merced de su desprecio. Tiene otra cara, otra voz, otra edad, pero es el mismo escarabajo.

jueves, 2 de febrero de 2017

La vida en rosa de la flamenca

De repente un día me empezaron a llamar la atención los flamencos. Fue una cosa rara porque no me gustan nada las aves. Me dan grima, miedo y siempre me parecen demasiadas. Tampoco el rosa me resulta un color bonito. Puede ser que mis ojos hayan agotado ya la capacidad de percepción de toda la gama de rosas con todos sus matices, intensidades y brillos. Tener dos hijas somete involuntariamente a un empacho vital de rosa del que no es fácil escapar.

Y sin embargo me fascina ver a los flamencos: su altivez, su elegancia, su equilibrio. Y sí, su plumaje rosa, a veces casi rojo, me cautiva.

Me preguntaba si habría algo en el comportamiento de los flamencos que pudiera darme la clave de mi repentina pasión. Así que busqué. Y encontré: “los flamencos son especialmente exitosos en sus intentos de fuga”. La primera, en la frente. Cuánto que aprender y qué materia más interesante para mí. No sabía yo que cuando viven en cautividad les suelen recortar las alas para que no puedan volar (mi empatía se dispara y empiezo a imaginar lo que podría acabar siendo mi vida en rosa). Pero ocurre que las alas les vuelven a crecer y si no se está muy encima puede ser tarde para frenar el ansia de libertad del flamenco.

Hay más: no es fácil atrapar a un flamenco fugado. Qué maravilla. Fugarse con garantías no es cosa baladí. Parece ser que a mis admiradas aves rosas no les gusta un pelo ser molestadas por otros animales y mucho menos por los humanos, y por eso buscan emplazamientos aislados para asentarse.

Mi buceo por la información sobre los flamencos alcanza su punto álgido cuando leo que estas aves se reparten completamente el cuidado de las crías. Un sentimiento de injusto destino se apodera de mí: ¿por qué ser una mujer si puedes ser una flamenca? El flamenco y la flamenca hacen el nido juntos, se turnan para incubar los huevos y defienden el anidamiento. Pero lo más de lo más es que ambos tienen la capacidad para producir una secreción llamada “leche de buche” y alimentar a sus crías. Ahí lo tenemos: biología y costumbre en alianza suprema por la igualdad de oportunidades de flamencos y flamencas. Siento ganas de llorar ante tamaño descubrimiento.

Además de escaparse como nadie, procurarse la paz en sitios poco frecuentados y establecer hogares igualitarios, los flamencos saben hacer eso de mantenerse sobre una pata sin que peligre un ápice su altanería. Me gusta ese punto de soberbia que no hace daño a nadie.

Me ronda por ahí contaros un día la historia de una flamenca a la que le ha llegado el momento de volar. Sus alas han recuperado envergadura y a punto está de echar a correr, correr, correr… para impulsar ese vuelo hacia su lugar recóndito. Acaba de mudar sus plumas y está preciosa: esbelta, sublime, concentrada y maravillosamente rosa. Algún día, quiza pronto, me lance y cuente...

martes, 31 de enero de 2017

La rosca

Siempre que me ve escribiendo o leyendo sobre la cama, se sube de un salto. Sabe que, en teoría, no puede hacerlo, pero yo le dejo porque me encanta. Se arrima a mi cuerpo y se hace una rosca sobre sí mismo. Se mordisquea un rato y después posa su bonita cabeza sobre una de las patas delanteras. Su cuerpo se eleva al compás de su respiración y transmite... paz. 

Me tiro sobre él con suavidad y me abrazo, hundo mi cara en su pelo, lo beso, acaricio… siento su calor y su afecto cuando me mira. Enseguida se deshace para ponerse panza arriba y rendirse a una suave rascada de cuello y tripa. Sus ojos se entrecierran de placer… No hay un perro más bonito que el mío ni más cariñoso ni más tranquilo ni más zampabollos. Se lo comería todo si le dejara, pero ahí sí soy más estricta porque enseguida se pone malo de la tripa. Las renuncias tienen a veces su recompensa y aunque a Baloo no le compensen las privaciones, lo cierto es que tiene una bonita estampa: es un perro fuerte y fibrado y da gusto verlo correr, ir y venir.

Lo quiero con locura. En primer lugar porque sí: porque es de mi familia. En segundo lugar, porque no me da ni medio problema más allá de “fíjate en lo que queda de este algo no identificado que me he zampado” o “jo, es que era una perrita muy guapa” o “ese cachorro se estaba poniendo muy pesado y tiene que aprender a respetar espacios”.

Un perro es un compañero que te quiere porque sí, porque eres tú. Te acompaña y espera, respeta tus silencios, se suma a tu alegría sin pensarlo. No te juzga y si lo hace no te enteras, lo cual se agradece mucho en estos tiempos del gran hermano. Le da igual si estás guapa o fea; siempre te mira con devoción. Baloo es un bálsamo para mi alma porque tiene un carácter tan suave y brillante como su pelaje.

No digo nada que no sepa cualquier persona que tiene un animal en casa y lo quiere y lo cuida como yo. Pero hoy he querido plasmar que, en estos tiempos de sálvese quien pueda y mundo a la deriva, la sencilla estampa de un perro subido a una cama dejándose querer es lo más parecido a la serenidad que encuentro a mi alrededor. 

Si un día consigo hacer una rosca conmigo misma y abandonarme a un abrazo como lo hace Baloo, poco me va a importar que luego llegue quien yo me sé a reñirnos por haber dejado sobre la cama huellas evidentes de nuestro paso. Que nos quiten lo bailao´.

*Fotografía de Raúl Cerezo

miércoles, 25 de enero de 2017

Cuidados

Esta mañana casi he visto dos accidentes. Los dos desde mi bicicleta. 

Al otro lado de los raíles una niña y su abuelo cruzando, con el semáforo en verde, la carretera. Tras la carretera, un tranvía aproximándose. La niña echa a correr, porque los niños hacen eso a veces, inconscientes, seguros de su vida apenas estrenada... En un instante, las campanillas del tranvía están sonando sin parar y el abuelo grita "Maitaneeeeee...". La niña gira la cabeza, ve el tranvía y fuerza la carrera. El tranvía iba ya frenado sin dejar de tintinear. Maitane salva el peligro. El abuelo con el gesto congelado sin saber qué decirle; solo moviendo la cabeza de un lado a otro. La niña le sonríe queriendo librar la regañina con su encanto de nieta.

Maitane está bien porque la conductora del tranvía ha estado atenta y porque el abuelo le ha advertido a gritos.

500 metros más adelante, un claxon insistente irrumpe en mis pensamientos. A mi izquierda una furgoneta acosa con su cercanía y su pito a un turismo con el intermitente derecho marcado. No entiendo lo que pasa hasta que pasa. El coche gira a la derecha e inmediatamente da un volantazo y recupera el sentido de la marcha: se estaba metiendo en dirección prohibida. Yo estaba a punto de cruzar ese tramo de calzada. De haber seguido, me hubiera embestido. Me he librado yo y también los coches enfrentados porque quien conducía la furgoneta ha cuidado de todos nosotros.

Yo, que últimamente soy a menudo portavoz de la desesperanza, he sentido esta mañana que por encima (no sé si por debajo estaría mejor expresado) de las tropelías que esta humanidad tolera y perpetúa hay un sentido humano de protección mutua que se impone ante la alerta que provoca una amenaza. Es cierto que ocurre entre iguales: hombres, mujeres, niños y niñas que compartimos el tránsito en una calle, un determinado día; personas que no nos conocemos ni competimos por nada ni nos hemos hecho nada; que nos presuponemos gente de bien, con valores, principios...; llamados a ser comunidad y a contar los unos con los otros para sostener lo de todos. Es cierto que nos cuidamos... entre iguales. Pues ya es algo. Eso es que tenemos capacidad para hacerlo y que sabemos hacerlo.

Lo que nos queda ahora es trabajarnos el concepto de iguales y derrumbar todos los requisitos que ponemos a otros y a otras para ser merecedoras de nuestros cuidados.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Veo

Leo el título de mi última entrada y me dan ganas de echarme a llorar. Ya decía yo que no había tanta buena gente como creía en el cúlmen de mi inocencia, pero es que resulta que hay poquísima, poquísima.

Estamos en plenas navidades y se supone que el buenismo campa a sus anchas por los corazones. Pues menos mal, porque en los últimos días a mí la vida solo me regala putadas. Bien es cierto que comparadas con otras cosas que también están pasando en estos mismos días, las que me han ocurrido a mí tienen una importancia menor. Pero me preocupan.

Me preocupan en tanto en cuanto me ofrecen una fotografía desoladora de nuestro tiempo. En este siglo XXI yo veo gente que no es persona sino individuo que conforma masa humana. Veo grupo social que oprime a lo pequeño, a lo sencillo, a lo frágil. Veo valores que agonizan cada minuto que pasa. Veo personas a las que admiraba, perder brillo en baños de vanidades. Veo también personas que envidian y se miden sin descanso con otras. Veo intrigas que buscan alimento y veo regocijo en el destape de errores ajenos. Veo gente que enciende una tele y rompe el silencio que alguien paladeaba.

Veo empequeñecerse la esperanza en hombres y mujeres que un día se sintieron fuertes para trabajar por mejorar este mundo. Y veo gente a la que nunca le tocan lo suficiente los demás. Veo personas a las que su trabajo no permite cubrir necesidades básicas y veo también a las que ni siquiera lo tienen. Y veo un poco más lejos la guerra y la miseria y, aquí cerca, también el abuso y el poder.

Veo niños y niñas maleados por la no vida que ofrecen las servidumbres materiales. Veo madres que no encuentran la salida porque sienten que no tienen derecho a buscarla. Veo gente que sufre porque no se siente amada ni cuidada ni necesaria. Veo a la enfermedad arramplar con todo y veo a la vida mirarme con desilusión.

Veo tiempo perdido y dolor por los rincones. Veo los sueños deshidratarse y mermarse. Veo un no retorno de destrucción consentida y de no mirarse a las almas.

domingo, 11 de diciembre de 2016

La buena gente

En un momento vital en el que la desesperanza me ronda, de pronto no me queda otra que reconocer la fuerza regeneradora que aporta la buena gente.
He compartido tres días con hombres y mujeres con las que creo que podría irme a cualquier parte. Lo tienen todo: inteligencia, formación, capacidad de comunicación, humanidad, generosidad, sentido del humor y un máster en calor; ese calor que prende con el contacto de un abrazo y crepita en un espacio común donde se hablan y reconocen las almas.

La buena gente consigue hacerme sentir que puedo aunque yo ya sepa que no. La buena gente ve de una lo mejor y hace que me sienta importante y necesaria, aunque yo esté tan cansada o sea tan cobarde que no me la juegue con un paso al frente.

Estos días he compartido visiones, pareceres, aprensiones, resistencias... con personas que no piensan como yo. Y qué fácil hubiera sido que no me hubieran ganado el corazón.

Nos han contado recientemente que la auténtica alianza se construye sobre verdad y la verdad hay que perseguirla trascendiendo la incomodidad que todo desencuentro provoca. Estos días he escuchado a diestro y siniestro, planteado contextos posibles que podrían desarmar las desconfianzas en uno y otro sentido. Hay posiciones que se han movido. Algunas. Un poco. Quiero pensar que esos ladrillos que se han desprendido de la muralla, puedan ser primeras piedras de un puente que si no va a servir para el diseño de un proyecto común, sirva al menos para reparar daño y sanar algunas de las heridas abiertas de mi buena gente.

Hay buena gente en muchas partes. Siento que son menos de las que creía (mi desesperanza no hace demasiadas concesiones). Pero yo tengo mucha suerte porque conozco un buen puñado de hombres y mujeres que me hacen sentir que no está todo perdido.

A toda la buena gente que se ha hecho un hueco en mi corazón, gracias por tanto.