Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

jueves, 19 de octubre de 2017

Sueño, red de Cercanías y un informe inofensivo

Apenas he dormido cuatro horas esta noche. He madrugado para coger un tren y me he dicho "dormiré en el viaje". No ha podido ser. Dos hombres han decidido echar ese primer rato charlando. No les debía parecer demasiado temprano. No es que hablaran excesivamente alto, de hecho había varias personas dormidas. Pero cuando quieres discriminar un sonido, es imposible. Como cuando quieres quitarte de la cabeza una imagen... La negación se revuelve sin resultados y el objeto de nuestro rechazo se burla fijándose en nuestros sentidos con contundencia.

Como no he podido dormir me he puesto a trabajar: correo electrónico, las tareas del euskaltegi, lectura de dos documentos y un informe... Con todo mi empeño a favor y todo mi sueño en contra. Se acostumbra una a vivir cansada pero es muy mala vida.

Bajarme del tren y correr... Odiar la red de Cercanías como lo hago siempre. Salir a la calle y correr más... Mis pies... Deben odiarme: tan dañados y yo faltándoles al respeto de esta manera.

Llegar al fin, aunque muy tarde, y ser acogida con sonrisas, café con churros y un resumen de lo hablado para poder seguir la reunión. Buena gente.

Tras el trabajo en equipo, un picoteo y una cañita en buena compañía. Se hace tarde. ¡Me voy! De nuevo, la inseguridad apoderándose de mí ante el mapa de Cercanías. Nadie sabe nada en esta ciudad. Al menos, nada de la red de Cercanías.

Me subo con fe ciega en intuiciones que me fallan casi siempre cuando trato de orientarme. ¿Mi brújula necesita quizá una pila? Así, tal cual, no me ilustra nada.

Me apeo una parada antes. ¡No voy sobrada de tiempo! Sapos y culebras de nuevo para la red de Cercanías. Sé que la culpa es mía por haberme despistado, pero ella ni siente ni padece y debe estar acostumbrada y yo tengo mucho sueño.

Espero al siguiente pero no llega, no llega... Y voy a perder mi tren. Pregunto a un uniformado que ¡sí sabe!: "En cinco minutos". Quedan doce para que salga mi Alvia. Si cuando al fin llegue no acierto pronto con el andén, lo perderé.

Oigo que lo anuncian y en nada lo veo venir. Me subo y me escucho decir "venga, venga, venga...". En pocos minutos estoy. Bajo y echo a correr. ¡Mis pies! ¡Qué dolor! ¡No puedo! Sigo corriendo, cojeando, como soy capaz. Otro uniformado que sabe: "Andén 16". Corro, corro, corro hasta que me paran en la garita: billete. Saco mi teléfono y un uniformado más lee el código BIDI de mi reserva. Vuelvo a correr. Me detienen. Quedan 2 minutos para que el tren se vaya. El bolso tiene que pasar por la cinta para que puedan ver que lo que llevo es pirotecnia: un informe de pobreza de ayer del que hoy ya se ha olvidado casi todo el mundo. Inofensivo. Me permiten pasar. Vuelvo a correr porque hay dos trenes y el mío es el segundo y mi vagón es el primero de todos.

Cuando freno en seco para subir por la escalerilla del vagón quisiera hacerlo a gatas. Me siento sin mirar dónde. Necesito parar. Pinchazos en mis talones, satisfacción por mi proeza: miro el reloj y es justo la hora. El tren arranca. Busco mi 7B y me dejo caer.

Si pudiera dormir un poco... El vagón está muy tranquilo. Mucha siesta y gente sola. Es la mía. Cierro los ojos, me predispongo, pasan los primeros minutos. Pasan los siguientes y unos cuantos más. No puedo dormir.

Empiezo a ver una película pero la mente se me va al dolor de mis pies, al informe de pobreza y a la diabólica red de Cercanías. Me rindo. A Morfeo le pasa algo conmigo. Hace tiempo que deja en "visto" mis guasaps y no me contesta.

domingo, 15 de octubre de 2017

Cuando llega el dolor para quedarse

Acabo de terminar de leer "Martes con mi viejo profesor". Este libro me ha llegado por recomendación y, como me ha ocurrido en otras ocasiones, ha venido a ofrecerme un enfoque diferente, líneas de argumentación, inquietudes nuevas.

Agradezco al Universo que me aporte tantas veces aquello que necesito a través de personas de mi entorno. Es reconfortante sentirse escuchada por el Universo en este tiempo de profundas soledades en los corazones.

Hace unos días, a raíz de varias dolencias que se han instalado en mi cuerpo en los últimos meses, expresé un temor que me rondaba: me preocupa tener que vivir con dolor.

Mis dolores son persistentes pero no incapacitantes, pero me viene a la mente la actriz Silvia Abascal, que vive con un ruido permanente en su cabeza. Lo contó en una entrevista de televisión hace unos años y yo me quedé impresionadísima. ¿Quién quiere vivir en esas condiciones?

El profesor Morries de la novela padece la enfermedad de ELA. El libro recoge las conversaciones que cada martes tiene con un ex alumno periodista que, a petición del maestro, graba lo que se cuentan en cada visita con el fin de escribir una tesina cuando el viejo profesor muera; una tesina sobre el sentido de la vida.

Mitch, el narrador de esta historia real, nos invita a asistir a la decrepitud de Morries y a su involución corporal, de tal forma que puede sentirse la danza de la muerte rondando al viejo profesor; podemos sentir su asfixia, su tos, sus dolores y su necesidad de ser tocado y querido hasta el fin de sus días.

Tras acompañar al alumno Mitch en el relato de las últimas semanas de vida del profesor Morries, no consigo ponerme en el otro lado. Consciente del debate moral abierto sobre el derecho a morir, no consigo encajar que Dios y/o ley puedan imponer una vida con dolor, una resistencia heroica y desesperanzada a la que indefectiblemente seguirá la muerte.

Por mucho provecho que Mitch sacara de las enseñanzas fundamentales que le trasmitió su moribundo profesor en su preparatoria para la muerte. Por valioso y humanitario que fuera el intento de Morries de presentarnos la decrepitud y la dependencia como un estado que ha de entenderse digno y natural, consecuencia involuntaria de una vida avasallada por la enfermedad. Por mucho tesoro antropológico que haya en el talante, positividad, resignación y esmero en el autoconocimiento del que hace gala Morries... asistir a la desintegración del cuerpo de una mente despierta me parece de una crueldad superlativa. Ser la propia mente despierta atrapada en un cuerpo que te abandona y somete a tutela hasta el último aliento, debe ser desgarrador.

Pienso mucho en la vejez últimamente. Pienso en lo que está por venir a mis mayores y a quienes ya tenemos años suficientes para poder mostrar algunas cicatrices y síntomas de afecciones nuevas.

Siempre me había parecido absurdo tenerle miedo a la muerte: llegará sin avisar cuando menos la esperes y será definitivo. Sin embargo, la edad me plantea un escenario posible por el que no había transitado: la muerte puede venir con enfermedad, con dolor, con agonía, con soledad, deshumanizada y cruel.

En "Martes con mi viejo profesor" Mitch no da cuenta de que en ningún momento Morries verbalizara su deseo de morir. Al contrario, el moribundo comparte con su alumno su ejercicio de enfrentarse a la amenaza y reconocerla en el temor que le provoca, para después tomar distancia de la angustia vivida desde una serenidad que le permitirá controlar el temor cuando vuelva a producirse de nuevo.

Tengo que pensar un poco más sobre esta tesina Sobre el Sentido de la Vida. Estas primeras líneas me han surgido a borbotones por la emoción de haberle conocido, acompañado en el dolor y perdido, profesor, en poco menos de 200 páginas.

miércoles, 30 de agosto de 2017

La trampa de la gobernanza

Llevo dos días en casa y ya me han vuelto las ganas de salir corriendo. Volver de vacaciones no es algo que desee nadie pero hay algo de tirón en aquello de recuperar la casa propia. Los espacios creados, experimentados, validados... El aire que se respira, los ruidos o la ausencia de ellos, el arrope del hogar... Es reconfortante volver si se tiene a dónde y ese dónde se siente como propio.

Ay... Pero es que una vez recuperado el hogar vuelve el pack completo: los roles, los vicios convivenciales, la incompatibilidad de los desórdenes confortables de cada cual, la evidencia del desigual afán por el cuidado de lo comunitario, la finísima línea entre el respeto y lo inaceptable. Vuelve la batalla y vuelve la peor versión de mí a sacar las tablas de la ley y a liarla parda por los rincones.

Yo, que me tengo por feminista y observadora permanente de la desigualdad, no me explico cómo caigo una y mil veces en la trampa de la gobernanza del hogar. Da igual que las tareas estén convenientemente repartidas y que la pareja lo asuma con naturalidad, sin pataleos por la pérdida de privilegios. Da igual, porque millones de mujeres del mundo civilizado podemos asegurar que esto no nos libera de liderar la gobernanza del hogar. Aquello que no es particularmente de nadie pero que es sumamente necesario, es nuestro. Adelantarnos a las dificultades que se apuntan, promover la convivencia entre las partes en este mundo tan en red que genera tanta soledad, hacer seguimiento de los temas, espolear a las criaturas para que alguna vez lleguen a tiempo a alguna parte, llevar la agenda de cumpleaños y celebraciones, llamadas que se deben, corresponder a detalles que se esperan... Y sí, también cambiar las sábanas, las toallas y ordenar los armarios.

Hay quien dice que nos arrogamos esta responsabilidad porque tenemos un orgullo patológico transmitido de generación en generación que nos tiene convencidas de que hay cosas que nadie las hace como nosotras... de bien, claro. Niego la mayor. Mi sensación es que hay cosas que nadie las hace si no las hacemos nosotras. Sin más. Si quieres que algo esté hecho hazlo tú. He ahí la trampa.

Una intenta educar a todo quisqui con quien comparte techo, con muchas dudas de que realmente le corresponda hacerlo. Y no sale bien. Es una tarea infructuosa, no resulta, el mensaje no llega, no conmueve, no llama a ser parte de la transformación del hogar. La familia es un organigrama perverso para las mujeres. Se nos ha confiado la tarea imposible de que todo, todos y todas estén bien. Pero entérense: no podemos hacerlo sin renunciar a nuestra estabilidad y salud mental.

Podríamos simplemente dejar de hacer todas esas cosas y que se queden sin hacer... Que levante la mano quien sepa cómo y que proponga un curso online. A mí el espíritu no me permite sumarme a la dejadez y a la indiferencia ante los cuidados que precisan las personas a las que quiero y el entorno en el que vivo.

De toda la pelea por la igualdad, la del hogar me parece la más dura. Cuesta mucho identificar al enemigo dentro de casa.

viernes, 25 de agosto de 2017

Chito y la vuelta al cole

¿Recordáis los gallos de los que hablaba a principios de mes? ¿Los de este pueblo, los que cantan desde que se les pone hasta que se les pone? Bueno, pues se me va terminando el mes y no acabo de acostumbrarme a esta peleadera que se traen entre sí tan de mañana. No conté entonces que un ratito después de la amanecida de la comunidad de la cresta, comienza la happy hour que organizan colectivamente con los perros de caza. Un auténtico festival de la convivencia interracial. Sea. Todos los intentos de acercamiento entre culturas me parecen bien por coherencia personal. Así que, media vuelta en la cama, y a seguir haciendo como que escucho delicados jilguerillos.

Ladridos, cacareos, el sol colándose por las rendijas de las persianas, ese cálido ambiente siendo tan solo las diez de la mañana… Mi perro, que ni se menea porque está pasando unas vacaciones muy duras, el pobre; todo el día por ahí sin parar de marcar territorio y perdiendo una y mil batallas con los gatos, que son mucho más perros que él y no le respetan en absoluto. Es un espectáculo ver a los mininos clavados en las calles, impertérritos ante los aullidos pretendidamente intimidantes de Baloo con los que pretende hacer como que amenaza con exterminarlos. 

El medio rural es territorio hostil para mi perrete. La gente en los pueblos -la de una cierta edad, fundamentalmente- no mira bien a los perros de compañía, no digamos ya si van sueltos. Y Baloo que desde que nació va pidiendo amor por las esquinas, no entiende bien por qué le miran raro los abuelos y abuelas del pueblo que, además de llamarle “¡chito!” le intimidan batiendo bastones al aire, antes incluso de que Baloo haya decidido presentarse con sus ademanes de perrito urbano que se sabe encantador.

En cualquier caso, la capacidad de adaptación de Baloo es admirable. Podría dar talleres a más de uno y a más de una que me vienen a la cabeza de pronto. Así pues lo tiene claro: chito y atado, entre las calles del pueblo; libre y feliz, por las eras, corriendo tras de los ratoncillos y los conejos, llenándose el pelaje de pinchos y pétalos de flores.

Vamos a tener que ir contándole a Baloo que nos estamos terminando de zampar agosto y que, en breve, el solecito que se cuele por las rendijas va a tener que ser en sueños. El año pasado cuando hicimos el último viaje de ascensor subiendo bultos y maletas de vuelta a la rutina, Baloo se quedó mirando el umbral de nuestra casa, se dio media vuelta y se metió de nuevo en el ascensor. No he visto nunca una “vuelta al cole” peor asimilada.

Lo cierto es que el verano está siendo fantástico. Estoy cargada de sol y calor y cuando, en breve, la ciudad me reciba lloviendo como lo hace cada final de vacaciones la muy p., creo que seré capaz de fusionarme con el emoji de la flamenca y ¡que me quiten lo bailao’!

Me voy con el chito a tomarme una cervecita con limón a la plaza del pueblo. Y en tirantes. Flipad. De camino, purita paz. No hay un solo escaparate en todo el pueblo que nos amargue los días que nos quedan con la amenaza de la vuelta al cole. Y eso no tiene precio.

miércoles, 23 de agosto de 2017

El crujido

Anteayer volví a mi ciudad por unas horas para acompañar a una amiga en la despedida de su madre fallecida. Estoy revuelta desde que conocí la noticia. Mi generación tiene ya padres y madres mayores. Eso es así y nos vamos haciendo a la idea; aunque resistiéndonos, es verdad. 

Nos cuesta dejar marchar nuestra juventud y tanto o más asimilar que -si no lo hemos hecho ya- el momento de llorar a quienes nos dieron la vida está más cerca, y saberlo no te prepara para esa pérdida irreparable.

Incluso en el caso de que la relación con la madre, el padre, ambos quizá, no hubiera sido buena, pienso que la ruptura de esa soga original desgastada por el roce de cada minuto compartido debe ser demoledora

Dejar marchar... Aferrarse a una voz, a las facciones, los gestos, los andares, miles de recuerdos. Pedirle todo el esfuerzo posible a la memoria para retener, repartidos entre cabeza y corazón, los pedacitos de vida en común que nos hicieron ser como somos.

Saber que todo aquello que en vida no hicimos ni dijimos nos pesará para siempre cuando ya no quepa volver atrás, y no quedará otra que aliviarnos con el débil pensamiento de haber hecho las cosas como mejor supimos o pudimos.
Puedo imaginar ese frío y ese dolor de haber sido arrancada de la raíz. Puedo imaginar el crujido del alma en el momento del adiós al padre o a la madre.
Hacía muchos años que no veía a Mari Carmen pero la recuerdo muy bien. Siempre me llamaba "Maca". Sonrío pensando por qué a ella nunca le dije que no lo hiciera. Era la madre de mi amiga; simpática, acogedora y muy fumadora. La recordaré siempre con el pitillo en la mano y con el perrillo, ¡que vivió una porronada de años!

El sacerdote que ofició el funeral dijo que podíamos despedir de este mundo a Mari Carmen al tiempo que celebrar su vida: lo que nos aportó, lo que compartimos con ella directamente o a través de la familia que formó. Y creo que es la única manera de esperar que el cielo vuelva a ser azul cuando deje de llover sobre los corazones rotos que ha dejado la pérdida de Mari Carmen. Descanse en paz.  

jueves, 17 de agosto de 2017

Los temores de Maya

Cuando de pequeña veía los dibujos de la abeja Maya, me llamaba mucho la atención que la encantadora abejita y su amigo Willy tuvieran tanto miedo de los humanos. Lo tenían porque habían sido alertados sobre el peligro que corrían si entraban en contacto con esta especie de seres despiadados.

Hoy que ya soy grande, confieso que mi admiración por las abejas y su licenciatura comunitaria en geometría, arquitectura y gestión de equipos no resta un ápice del temor que me producen ellas a mí. Me inquietan porque no puedo decirles amablemente “¿puedes apartarte de mi melón?” y esperar que me entiendan. Por lo tanto, me queda palmear el aire que nos rodea y exponerme a que me piquen. En cualquier caso, no tengo ninguna duda de que si alguna abeja me hiciera daño sería como respuesta a un sentimiento de amenaza.

Después de la noticia que conocí ayer no me ha quedado más remedio que ponerme del lado de Maya. Los humanos y humanas somos muchas veces terribles en nuestra relación con otros seres vivos. La alta estima que nos tenemos por encima de todas las especies nos convierte en déspotas, egoístas, carentes por completo de empatía con el sufrimiento animal.

El pasado viernes una cría de delfín perdida murió en una playa de Mojácar, víctima del acoso al que fue sometida por un grupo numeroso de bañistas que la gozaron haciéndose selfies con ella, sacándola del agua, mostrándola a sus niños y niñas… Hasta que de purito estrés la cría murió. 

Conocí la noticia por un informativo de televisión y pude escuchar un par de voces que decían con preocupación “Devolvedlo al mar…”. La voz de alarma definitiva la puso, al parecer, un socorrista que llamó al 112 y se hizo paso entre la multitud para auxiliar al delfín lactante que ya había sufrido un fallo cardiorrespiratorio irreversible.

¿Qué nos pasa? ¿A alguien se le ocurre hacerse un selfie con un niño perdido o enseñarlo como trofeo a las amistades? Si, ya sé, ya sé. Ya sé que no es exactamente lo mismo porque un niño no es una especie exótica difícil de tener ante los ojos. Pero también porque en un niño perdido vemos automáticamente a una personita desamparada que sufre, y también a una madre o a un padre que lo buscan con desesperación. Activamos todos nuestros protocolos de emergencia para reagrupar a esa familia sí o sí. 

¿Qué ocurrió para que toda esa gente que se acercó a ver al delfín desenfocara el hecho y viera un espectáculo familiar donde había una cría perdida sin posibilidades lejos de su madre? ¿Qué pasa con la empatía, la responsabilidad comunitaria del cuidado de la Naturaleza y sus especies? 

Estaba en Almería cuando ocurrió esto; en Mojácar, la víspera. Podría haber estado en esa playa cuando arribó el delfín. Creo que me hubiera puesto como una loca si llego a ver lo que la televisión me mostró días después. Porque no alcanzo a comprender cómo pasó. ¿Dónde estaba la gente con sentido común y sensibilidad que podía haber frenado a la pandilla de cafres del selfie con todo y en todas partes? ¿No es de cajón avisar al socorrista o llamar a emergencias, Policía, no sé… pedir ayuda? 

Yo pensaba que habían quedado lejos aquellos tiempos en los que la chiquillería se entretenía metiendo petardos a las ranas por el ano, arrancando las alas a las moscas, cortando el rabo a las lagartijas, echando pintura sobre el pelo de los gatos… Pero, visto lo visto, no sé… Me preocupa la vigencia de los temores de Maya y que sigamos teniendo sin aprobar esta asignatura pendiente tan, tan básica.

sábado, 12 de agosto de 2017

Un indalo en la Playa de los Muertos

Me fascina este paisaje, estas montañas concatenadas que parecen pechos de mujer ofreciéndose al sol impenitente de esta tierra, con su cielo azul como paspartú.
Al pie de esta cordillera de paredes fascinantes, el mar. 

Estoy en Cabo de Gata, en la Playa de los Muertos. Hemos llegado aquí por un sendero pedregoso en bajada. Baloo feliz, subiendo y bajando con la locura de la energía que regalan la juventud y la libertad. Es hora tardía para playa y no hay apenas gente. 

Ahí la tenemos rugiendo, majestuosa: la mar que baña esta playa que recuerda la llegada de náufragos y navegantes muertos arrastrados por las corrientes marinas que se dan en esta zona del mar de Alborán.

Nuestros niños y niñas se dejan embaucar fácilmente por los susurros que llegan desde la orilla: les tienta con su espuma rota y su risa quebrada. Busca bañarles los pies, sentir la vida que desprenden sus correteos sobre el terreno de piedrecitas de la playa. 

Hay bandera roja en la Playa de los Muertos; viento, nubes sin autoridad, risas, anécdotas, avispas merodeando las bocas de las latas de los refrescos. Unos instantes con los ojos cerrados para escuchar... Pero quién se pierde durante más de ese tiempo el espectáculo de contemplar el mar...

Mis niñas tienen frío: se cubren y arremolinan junto a mí. La mayor me da besos y me mira como lo hace ella, con ese amor incondicional de pertenencia natural y sana entre madre e hija; la pequeña reserva sus besos como acostumbra, y pide atención arrimándome su carita preciosa, suave y siempre fresca. Quiero ir a pasear por la orilla pero me retiene: "Quédate conmigo, mami". Palabras mayores.

Paz, alegría y vida para compensar la historia de esta playa cuyas olas rugen el lamento eterno por la pérdida de vidas humanas en el mar: por aquellas que hace tiempo ocurrieron, por aquellas que ocurren cada día en nuestro Mediterráneo y en otros mares que tanto saben también de injusticia, pobreza e insolidaridad. Por todas esas personas surco con mi dedo índice un indalo entre las piedrecillas. Cuentan por aquí que este dibujo prehistórico propio de la zona protege contra las tormentas y la fatalidad. Sirva mi modesto indalo para guardar de tanto mal este bello mar.